La memoria

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¿Somos prisionerxs de un pasado imaginario?

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El mundo actual está sobrecargado de formas reaccionarias de nostalgia que inducen fantasías renovadoras de un pasado glorioso. En años recientes, el eslogan de Trump –"Make America Great Again"– es quizá la más famosa invocación del pasado al servicio de un proyecto de derecha ascendente. Una imagen depurada de una comunidad étnicamente homogénea y políticamente estable en el pasado, es presentada como alternativa a las incertidumbres de un presente neoliberal y multicultural. Esta yuxtaposición ha sido utilizada por diferentes movimientos reaccionarios para invocar ansiedades culturales y masculinas con una precisión mortal. Desde Modi de India, Bolsonaro de Brasil y Duterte de Filipinas hasta las fantasías del califato en el mundo musulmán, los movimientos de extrema derecha han utilizado esta artimaña para despertar pánico, atacar a las fuerzas progresistas y desmantelar las infraestructuras democráticas –aprisionando el presente en un pasado imaginado.

Nosotrxs, sin embargo, nos enfrentamos a un reto aún mayor en cuanto a la temporalidad de la política. Parece como si el capitalismo hubiera logrado borrar los recuerdos de las rebeliones del pasado para presentar la forma mercantil como eterna y más adecuada a la naturaleza humana. La fantasía del Capital siempre ha sido apoderarse del tiempo dentro de su propio movimiento repetitivo en busca de plusvalía, aniquilando así la violenta prehistoria del capital y las posibles trayectorias que desafían su ciclo reproductivo. Esta tendencia se evidenció claramente durante la pandemia, cuando una perturbación económica y social sin precedentes no logró romper el dominio de la fantasía del capitalismo en la imaginación popular. En cambio, nuestra fijación con el "crecimiento", el "beneficio" y las "cadenas de suministro" ha resultado en la reproducción de los peores aspectos del sistema, con un reciente informe de Oxfam que muestra cómo lxs multimillonarixs han duplicado su riqueza durante la pandemia.

Al someter a la humanidad a un estado de sitio, sin salida hacia el futuro, las clases dominantes han conseguido convertir el presente en una jaula temporal permanente. Parafraseando a Fredric Jameson, hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Esta parálisis de la imaginación se hace más palpable con las pandemias planetarias, las guerras y las catástrofes ambientales inminentes. En ausencia de un horizonte futuro que pueda impulsar la resistencia a la distopía en curso, ¿se puede recurrir al pasado para abrir nuestra imaginación colectiva hacia una trayectoria diferente para la humanidad? En otras palabras, ¿puede la memoria, aunque exista en las recesiones más profundas de nuestro inconsciente, reactivarse para ayudar a la política emancipatoria? Esta pregunta nos exhorta a imaginar formas de romper el monopolio de la derecha reaccionaria sobre la memoria popular.

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Memoria y contrarrevolución

Sería un error considerar el presente como una época marcada por una victoria absoluta del capitalismo neoliberal. En su lugar, propongo que es mejor considerar el momento actual como una contrarrevolución, con una maquinaria global activa desplegada para acabar con las posibles amenazas al sistema. Podemos considerar esta violencia contrarrevolucionaria como el núcleo de la política del siglo XX. Como muestra Vincent Bevins en su reciente libro El método Yakarta, los gobiernos reaccionarios, en complicidad con la CIA, atacaron a lxs comunistas y activistas de izquierda en Indonesia en las décadas de 1950 y 1960, con el fin de eliminar una alternativa al sistema gobernante. El mismo método fue desplegado por las dictaduras militares en América Latina y en otros lugares para borrar la oposición al consenso global, un conflicto que estableció el sangriento trasfondo para asegurar el neoliberal "Consenso de Washington" en la década de 1980.

Es fundamental señalar que la violencia contrarrevolucionaria, particularmente en el mundo no europeo, precedió a los verdaderos levantamientos revolucionarios y atacó preventivamente a los potenciales movimientos revolucionarios. Esta reversión temporal fue el resultado del miedo generado por la Revolución de Octubre entre las élites coloniales y postcoloniales, que reaccionaron con excesiva violencia contra el movimiento comunista en todo el mundo. Uno de los aspectos clave de la estrategia utilizada por las fuerzas contrarrevolucionarias es negar, reprimir y distorsionar activamente la idea de una vía alternativa, tarea prioritaria del Estado para disciplinar la memoria popular.

Bajo las dictaduras militares y los gobiernos autoritarios, las visiones anticapitalistas e incluso reformistas fueron prohibidas tachándolas de "comunistas". Gobiernos en diversos lugares, como los dirigidos por el general Pinochet en Chile, el general Zia-ul-Haq en Pakistán y el general Suharto en Indonesia, se unieron para eliminar la "amenaza comunista" con el pleno respaldo de Occidente. Los partidos comunistas y la literatura marxista fueron prohibidos en la esfera pública, lo que obligó a lxs pro-demócratas e izquierdistas a entrar en el mundo secreto de la clandestinidad. Debates sobre ideas políticas alternativas se suprimieron y prohibieron a punta de cañón.

Sin embargo, las clases dirigentes no podían negar la poderosa memoria producida por los trascendentales movimientos democráticos que dieron forma a la segunda mitad del siglo XX, incluidos los movimientos por la igualdad racial, el feminismo, la liberación nacional o la justicia ambiental. La estrategia desplegada para hacerles frente consistió en cooptar su simbolismo, separando los elementos más subversivos y de izquierda que fueron cruciales para su éxito. Los movimientos de derechos civiles y feministas se reformularon para llamar a la inclusión dentro de un sistema roto, el capitalismo verde sustituyó a los debates sobre la irreconciabilidad del capitalismo con la naturaleza, mientras que las luchas por la liberación nacional y la soberanía económica se reinterpretaron como búsquedas de una democracia liberal bajo la tutela de Occidente. Este replanteamiento del pasado crea una narrativa torpemente tejida donde los elementos disruptivos se integran en una historia de progreso lineal, negando la posibilidad de un espacio fuera del capitalismo global.

La única historia que tiene el potencial de romper decisivamente con la mediocridad del presente es la de las inmensas luchas populares y las victorias obtenidas por lxs socialistas en el siglo XX que abrieron un camino diferente para el mundo. Aquí, la ideología dominante ha inculcado una campaña de desinformación masiva para equiparar el proyecto socialista con el fascismo bajo la sospechosa categoría de "totalitarismo". Tal procedimiento borra el contenido político de los movimientos emancipatorios y pretende pintar el gulag como el destino final de la política anticapitalista. Como ha argumentado Bruno Bosteels, esta táctica busca invocar la subjetividad de la vergüenza en relación con la memoria de la política revolucionaria, desarmando el potencial subversivo en el recuerdo de las luchas del pasado. Como resultado, sólo se puede intentar ajustarse a la desorientación del presente recordando que rebelarse llevaría a tragedias aún mayores, reduciendo nuestra existencia a una forma de no-ser carente de cualquier idea valiosa para el futuro.

El pasado como exterior

Supresión, cooptación y vergüenza forman la tríada ideológica que bloquea la imaginación de una política más allá de los confines del presente. Explica en parte por qué el sistema sigue reproduciéndose a sí mismo con monstruosas desigualdades a pesar de la crisis universalmente reconocida que ha provocado el Covid-19. Al plantear como imposible el pensamiento más allá de la lógica del Capital, la ideología dominante está eliminando la posibilidad misma de la política en un momento en que desesperadamente necesitamos debatir alternativas.

Sin embargo, las huellas de los levantamientos populares del pasado siempre persisten insistentemente en el presente e impiden la victoria completa del statu quo. En las recientes elecciones chilenas, fuimos testigos de cómo una disputa por la memoria determinó el resultado electoral. El candidato de la derecha, José Antonio Kast, evocó el pinochetismo (llamado así por el general Augusto Pinochet) para reforzar su imagen de firme anticomunista que podía restaurar el orden reprimiendo a los elementos "antisociales". Por otro lado, Gabriel Boric movilizó su apoyo basándose en parte en invocar la memoria de Salvador Allende, el presidente socialista derrocado en un golpe militar por Pinochet en 1973. Esta reedición de la batalla de los años 70, aunque como "batalla de recuerdos", apuntaba al eterno retorno del antagonismo político en momentos de grave crisis para un orden gobernante.

Una crisis es un momento en el que el ciclo reproductivo del poder se interrumpe, produciéndose una desconexión entre la ideología y la práctica real del sistema. La violencia contrarrevolucionaria se acentúa como respuesta a posibles desafíos al orden dominante, haciendo insostenibles las afirmaciones sobre la naturaleza eterna del capitalismo. Para citar a Walter Benjamin, en esos momentos "la memoria relampaguea" para añadir elementos de no contemporaneidad en el flujo del tiempo abstracto, abriendo la posibilidad de reimaginar la historia.

La repetición de viejos conflictos es un rasgo estructural de una crisis, ya que estos antagonismos aparentemente anacrónicos apuntan en realidad a un punto muerto en el corazón de la forma mercantil, a saber, la subordinación de las relaciones sociales y el medio ambiente a la búsqueda de ganancias privadas. Esta subordinación no es natural y, por lo tanto, debe asegurarse mediante la fuerza bruta y la propaganda. Con el regreso de las ideas emancipatorias en la crisis actual, el reto principal es no dejar que lxs propagandistas nos abrumen con sentimientos de vergüenza cuando nos encontramos con las luchas de nuestro pasado –una estrategia que nos ha robado nuestra propia historia.

En lugar de sentir vergüenza, es importante profundizar en las preguntas específicas planteadas a lxs revolucionarixs en el pasado y cómo respondieron a ellas. Desde la dictadura del proletariado hasta la democracia popular y la guerra popular, los conceptos políticos surgieron a la par de las cuestiones de la práctica política de su época. La crisis no sólo pone de manifiesto las contradicciones del orden contemporáneo, sino también las cuestiones no resueltas del pasado. Nuestro momento actual nos permite plantearlas en un contexto diferente para evitar repetir los errores del pasado y superar los obstáculos que se plantean al movimiento revolucionario en circunstancias históricas concretas. Debemos recordar que la historia no es sólo lo que ocurrió en el pasado, sino lo que podría haber ocurrido pero nunca lo hizo, añadiendo un elemento de contingencia al desarrollo histórico. Nuestra tarea debe ser explorar con valentía los caminos no recorridos en la historia, unos que tal vez aún puedan iluminar una salida a las pesadillas recurrentes de las crisis financieras, las pandemias y la catástrofe ambiental.

En una época de olvido universal, recordar las luchas revolucionarias del pasado es un acto revolucionario en sí mismo. En su esclarecedor estudio sobre el legado del revolucionario indio Bhagat Singh, el historiador Chris Moffat muestra cómo el legado de lxs mártires es invocado a menudo como una provocación para la acción política en el Aquí y el Ahora, una presencia que se siente más palpablemente en los eslóganes de los recientemente victoriosos movimientos campesinos en la India. De manera similar, la reciente victoria de Gabriel Boric contra José Antonio Kast, y su decisión de nombrar a la nieta de Allende, Maya Fernández, como Secretaria de Defensa es una prueba de que en la repetición, la historia puede tomar una trayectoria diferente, derrotando la nostalgia por un pasado reaccionario al invocar la memoria de quienes se sacrificaron valientemente por un futuro más justo. En tales situaciones, la reactivación de la memoria latente de la resistencia nos permite asumir una subjetividad en desacuerdo con los ritmos temporales del statu quo, con la valentía desafiando la supresión y la cooptación por parte del mismo. En cuanto a la vergüenza, su función sólo debería recordarnos que habitamos un mundo con monstruosas desigualdades –una forma de existencia indigna de la dignidad humana.

Ammar Ali Jan es un historiador que trabaja sobre el pensamiento comunista en el mundo no europeo. Es miembro del Movimiento Haqooq-e-khalq, una organización anticapitalista que trabaja entre trabajadorxs, agricultorxs, estudiantes y mujeres para construir un proyecto político alternativo. También es colaborador habitual de varias publicaciones, incluidas The News International, Al Jazeera y Jacobin.

Este ensayo forma parte de la colección "Futuros de la Libertad" del pilar del Plan de la Internacional Progresista. Para saber más, escribe a [email protected]

Diseño: Gabriel Silveira

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Authors
Ammar Ali Jan
Translators
Daniela Santalla and Nicole Millow
Published
04.05.2022

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