Ann Pettifor: Billete verde, billete verde, billete de un dólar

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Las cosas se están desmoronando. La mera anarquía se desata en el mundo. La globalización no puede sostenerse.

Lo sabemos porque Henry Paulson, que fue CEO de Goldman Sachs y luego Secretario del Tesoro de EE.UU. durante la última crisis, está reuniendo a los capitalistas del mundo para defender la globalización de la relocalización, el proteccionismo y los controles de inmigración. Ya advirtió en el Financial Times que "la inminente batalla enfrentará a las fuerzas de la apertura arraigadas en los principios del mercado contra aquellas que promueven el cierre, en cuatro frentes: el comercio, los flujos de capital, la innovación y las instituciones globales".

Esta "inminente batalla" ya está sesgada a favor de la clase acreedora del mundo, respaldada por los banqueros centrales, y en particular por la Reserva Federal (FED), que despliega su arma más potente, el dólar de EE.UU., ese "pequeño pedazo de papel cubierto de clorofila". Sus acciones han dejado claro que puede que no exista un comité internacional para salvar a la gente de la pandemia global, pero existe un comité internacional que está creando una "gigantesca red de seguridad" para salvar las finanzas privadas de la pandemia. Los gobernadores de los bancos centrales se han comprometido en una acción decisiva, expansiva e internacionalmente coordinada para salvar el capitalismo rentista, incluso mientras los gobiernos de los presidentes Trump, Bolsonaro, Modi y Johnson hacen payasadas y manejan penosamente la crisis de Covid-19. El auge del nacionalismo y el proteccionismo que ha llevado al poder a estos líderes autoritarios, junto con la extraordinaria acción de los bancos centrales en apoyo de Wall Street y la City de Londres, son reacciones y consecuencias de los factores externos negativos que son el sello distintivo de la globalización: la conectividad y la integración. La pandemia también es una consecuencia de los riesgos de salud sistémicos inherentes a la conectividad e integración del proyecto de globalización.

¿Dónde se encuentran los progresistas en este campo de batalla internacional de ideas sobre la globalización y la política monetaria? A juzgar por el nivel y el tono del debate público occidental, los progresistas están al margen del escenario de debate pro y anti-globalización. Tanto la campaña electoral de Jeremy Corbyn como la candidatura presidencial de Bernie Sanders en los Estados Unidos ofrecieron un sólido análisis, una profunda compasión y una sincera solidaridad con las víctimas de la globalización y el colapso climático. Pero sus campañas se centraron mayormente en cuestiones domésticas—sistemas de salud, vivienda asequible, nacionalización de los ferrocarriles, generosidad con los pobres y los sin techo—e ignoraron tanto la infraestructura financiera globalizada que hace que la reforma de estos sectores sea prácticamente imposible, como el establishment político que luchará hasta la muerte para defender el sistema.

Esta ignorancia de los elementos perniciosos del sistema monetario internacional y su impacto en el Sur Global amortigua el debate e inhibe las "posibilidades radicales". Al fin y al cabo, no es posible transformar un sistema y rediseñar una arquitectura financiera internacional cuando ese sistema no se entiende, discute y debate.

En otras palabras: para decidir a dónde vamos debemos entender cómo llegamos aquí.

¿Cómo llegamos aquí?

En contraste con la experiencia reciente de la crisis internacional, el trauma de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial dieron lugar a un gran debate público sobre el sistema financiero internacional. John Maynard Keynes era un colaborador habitual de la prensa popular, incluido el derechista Daily Mail, y hacía partícipe al público con sus frecuentes emisiones de radio sobre la política macroeconómica. El Presidente Roosevelt hizo lo mismo. Los Acuerdos de Bretton Woods de 1944 fueron en parte el resultado de esos debates y condujeron a la construcción de una arquitectura financiera internacional diseñada para gestionar y estabilizar los desequilibrios, tanto en el comercio como en las finanzas, que habían perturbado el sistema mundial, aumentado las tensiones políticas y llevado a una guerra catastrófica. Esta arquitectura ayudó a gestionar los desequilibrios comerciales en todo el mundo durante casi treinta años. Aseguró que las monedas individuales estuvieran ancladas a un activo de valor fijo. Esto evitó la especulación monetaria y permitió que la moneda de una nación reflejara las fortalezas y necesidades de la economía nacional, no los intereses de los mercados de capitales en la economía internacional.

Sin embargo, pronto hubo tensiones y estrés. Ya en 1963, Robert McNamara advirtió que el gasto militar de los EE.UU. en el extranjero se había vuelto tan masivo que amenazaba lo que él llamaba "la cubierta dorada" del dólar estadounidense. En su estudio magistral de la estrategia económica del imperio estadounidense, Michael Hudson relata que en mayo de 1970 el Secretario del Tesoro, David Kennedy, advirtió que si los países extranjeros no permitían que los Estados Unidos aumentaran sus exportaciones, el Congreso podría restringir las importaciones a los Estados Unidos. "En esencia", escribe Hudson, "afirmaba que a medida que el capital privado de los Estados Unidos seguía apoderándose de las industrias y empresas de Europa y Asia, estableciendo un déficit en la cuenta de capital de la balanza de pagos, las naciones que se veían forzadas a una posición de superávit al recibir estos dólares debían aumentar sus importaciones de los Estados Unidos en cantidades equivalentes al costo de la toma de control de sus industrias y empresas por parte de los Estados Unidos".

Frustrado en este objetivo por obstinados aliados como el Presidente de Gaulle, Nixon desmanteló unilateralmente y sin consulta el Sistema de Bretton Woods al suspender toda venta adicional de oro estadounidense a bancos centrales extranjeros. En adelante la deuda líquida de 61 mil millones de dólares que se debía a los países extranjeros se pagaría solo en forma de "un billete verde de dólar, un pequeño pedazo de papel cubierto con clorofila". Con la suspensión de pagos en oro, la deuda externa de los Estados Unidos fue, en efecto, repudiada. Aunque los economistas e historiadores nunca lo describen como tal, la acción de Nixon—"el shock de Nixon"—llevó, en su momento, al mayor incumplimiento de deuda soberana de la historia.

A partir de ahí las monedas extranjeras ya no serían convertibles en un activo seguro cuyo valor fuera fijo, sino en dólares estadounidenses de papel. Y en lugar de oro, la deuda estadounidense a corto plazo (bonos del Tesoro) se mantendría en el futuro entre las reservas monetarias de los bancos centrales extranjeros. En otras palabras, el oro fue sustituido por obligaciones de deuda a corto plazo del gobierno de los Estados Unidos, que así se convirtieron en la reserva monetaria oficial del mundo.

Pero Nixon debía hacer más para consolidar a los Estados Unidos como potencia hegemónica global.

La desvinculación del dólar al oro en 1971 condujo, como era de esperar, a una caída del valor del dólar. Los ingresos obtenidos por los países productores de petróleo tenían ahora menos poder de compra en los mercados internacionales. Para aumentar la angustia de los productores de petróleo del Medio Oriente, Estados Unidos respaldó a Israel en la guerra árabe-israelí de 1973. Como respuesta, el cartel del petróleo (OPEP) aumentó drásticamente el precio del crudo. Las ganancias masivas de las ventas de petróleo de Oriente Medio inundaron los bancos y las instituciones financieras occidentales, que informaron de tasas de crecimiento neto anual promedio de los depósitos de entre 25 y 30 por ciento. El aumento de los precios del petróleo combinado con la desregulación financiera posterior a Bretton Woods desencadenaron la inflación en todo el mundo.

En esta coyuntura el presidente Nixon y Henry Kissinger encargaron a William Simon, recién nombrado secretario del Tesoro, y a su adjunto, Gerry Parsky la tarea de negociar un acuerdo con los saudíes. El objetivo era claro: persuadir al rey saudí para que invirtiera los ingresos de sus campos petroleros en deuda estadounidense. El rey saudí Faisal bin Abdulaziz Al Saud exigió una sola condición a cambio: las compras del Tesoro de su país para financiar el déficit estadounidense deberían mantenerse "estrictamente en secreto", según un cable diplomático obtenido por Bloomberg de la base de datos de los Archivos Nacionales.

El secreto saudí se mantuvo durante más de cuatro décadas, y el acuerdo convirtió al Reino de Arabia Saudita en uno de los mayores acreedores extranjeros de Estados Unidos. Esto ha demostrado ser un arma diplomática útil, y ayuda a explicar la reticencia del gobierno de EE.UU. a investigar el brutal asesinato del periodista del Washington Post y disidente saudí, Jamal Khashoggi, en 2018. En abril de 2016, Arabia Saudita advirtió que comenzaría a vender hasta 750 mil millones de dólares en bonos del Tesoro y otros activos si el Congreso aprobaba un proyecto de ley permitiendo que el reino fuera considerado responsable en los tribunales de EE.UU. por los ataques terroristas del 11 de septiembre, según el New York Times.

La dolarización de los combustibles fósiles transformó el sistema internacional y dio lugar a la creación del petrodólar, "la clave del funcionamiento del dinero neocolonial", como ha argumentado el exministro ecuatoriano y asesor de la Internacional Progresista, Andrés Arauz.

El 'Nixon Shock'y el petrodólar fueron fundamentales para la creación y mantenimiento de la hegemonía global. Ambos contribuyeron a la desregulación, la conectividad y la integración que financiaron y carbonizaron la economía mundial. En ese sentido, las actuales crisis económica, ecológica y sanitaria son, en gran parte, una consecuencia de las decisiones geopolíticas tomadas en 1971.

¿Cuál es el actual sistema monetario internacional?

Ya que el sistema monetario internacional de hoy en día es el resultado de las decisiones del gobierno de los EE.UU., funciona en la práctica para proteger los intereses de la clase rentista globalizada, al igual que el patrón oro del siglo XIX y principios del XX protegía los intereses globales de la City de Londres.

En la cúspide del sistema se encuentra la FED: emisor de la moneda de reserva mundial. El dólar estadounidense es la viga principal de carga de la arquitectura monetaria internacional.

Como tal, la FED es ahora la única fuente de liquidez global, proporcionando dólares (a través de "líneas swap") no solo a todos los bancos privados y acreedores del mundo, sino también a unos pocos y elegidos bancos centrales. Los excluidos de esta generosidad imperiosa incluyen a la mayoría de los países de bajos ingresos, pero también a China.

A pesar de su mandato oficial, la misión de la FED en estos tiempos no es la seguridad y prosperidad de la economía nacional que presiden sus gobernadores y de la que derivan su mandato. En cambio, la FED es, en efecto, una institución respaldada públicamente cuyas operaciones son impulsadas en la prática por una autoridad privada, casi completamente aislada de la supervisión o la rendición de cuentas democráticas.

Las variadas y numerosas intervenciones tanto de la FED como de otros bancos centrales se llevan a cabo cada vez más para proteger a una sola clase de las que operan en el sistema internacional: los acreedores, los inversores y los especuladores. Como ejemplo podemos tomar las inyecciones de liquidez de la FED (destinadas a respaldar los mercados de capital privado) que se realizan en realidad en el sector bancario en la sombra, mediante operaciones de mercado de repos (en las que, como en una casa de empeños, la garantía se intercambia temporalmente por efectivo), en lugar de mediante la práctica habitual de compras de activos en el mercado abierto a cambio de liquidez.

En otras palabras, las operaciones de la FED y de otros bancos centrales ahora proporcionan seguridad y protección a una clase de rentistas globales, incluidas las empresas de capital inversión (Private Equity) que "aprovechan el secreto para desplumar a los inversores y contribuyentes” En lugar de pedir prestado en su propio nombre, las empresas de capital inversión, reacias al riesgo, cargaron de deuda a las empresas objetivo, y luego, como "bancos en la sombra" comenzaron a conceder préstamos a los hogares y empresas de los Estados Unidos. Cuando la pandemia de coronavirus “hizo caer en picado en marzo a los mercados crediticios”, la empresa de capital inversión Apollo, tras haber evitado pagar impuestos, presionó con fuerza y éxito para ser rescatada por el contribuyente. Las intervenciones espectaculares y sin precedentes de la FED en marzo de 2020, como afirma Trevor Jackson, consistieron en "inundar los mercados financieros con dinero en efectivo lo antes posible, para que los bancos pudieran seguir prestando, los compradores de acciones pudieran seguir comprando y las instituciones pudieran seguir cumpliendo con sus pagos de deuda" (Énfasis añadido). Lejos de desinflar la burbuja de la deuda global, la FED mantiene la deuda y a sus propietarios boyantes.

También es la razón por la que, a pesar de su impresionante poder, la FED no ha conseguido gestionar una economía global profundamente inestable. De hecho, puede haber contribuido al fracaso económico. Como explica el FMI en el Informe de Estabilidad Financiera Mundial de 2020, la FED hizo la vista gorda cuando los mercados de crédito privado se expandieron rápidamente después de la crisis financiera mundial de 2007-9, alcanzando los 9 billones de dólares a nivel mundial.

Al mismo tiempo, la débil regulación de los bancos centrales disminuyó la calidad del crédito de los prestatarios y debilitó las normas de suscripción de los préstamos y la protección de los inversores. Estos mercados crediticios arriesgados—en bonos de alto rendimiento ("basura"), préstamos apalancados y deuda privada—siguieron mostrando tensiones hasta principios de abril, a pesar de la masiva inyección de efectivo de la FED.

Por lo tanto, en interés de los acreedores internacionales, la FED está apuntalando a empresas fuertemente sobreendeudadas, cuando la economía real muestra todos los indicios de que está cayendo en una espiral de deflación. ¿Quién se beneficia de una espiral deflacionaria? Lo ha adivinado: la clase rentista. A medida que los precios y los salarios caen, el valor de la deuda aumenta, así como el costo de cumplir con ella.

La deflación ahora acecha a la economía mundial. Aunque provoca la caída de precios, de beneficios y el aumento del desempleo, enriquece a los acreedores. Como escribió Keynes en su Breve Tratado Sobre la Reforma Monetaria esto se debe a que la deflación "implica una transferencia de riqueza del resto de la comunidad a la clase rentista… al igual que la inflación implica lo contrario. En particular implica una transferencia de todos los prestatarios, es decir, de los comerciantes, fabricantes y agricultores a los prestamistas. De los activos a los inactivos".

¿Cuáles son las consecuencias para el Sur Global?

Como resultado de las acciones inconstantes y volátiles de los inversores mundiales, los mercados emergentes y fronterizos experimentaron la inversión más brusca de flujo de cartera de la que se tenga constancia, según el FMI. Las salidas de capital por valor de 100.000 millones de dólares en las últimas semanas de marzo y principios de abril de 2020 aplastaron las monedas de los países de bajos ingresos, inflando simultáneamente el valor del dólar. Debido a que únicamente el dólar estadounidense es reconocido por los mercados internacionales para el pago de importaciones vitales, su fortaleza aumentó el coste de las importaciones en dólares. Esto a su vez provocó desequilibrios en el comercio y en la cuenta de capital, lo que impulsó a los demonios de la economía mundial—agencias de calificación crediticia con sede en Occidente—a rebajar la calificación de los países que eran víctimas de la fuga de capitales. A su vez, estas rebajas elevaron los costes de los préstamos y restringieron la disponibilidad de crédito en un momento en que los mercados mundiales para las exportaciones de productos básicos de los países pobres ya eran débiles, lo que redujo sus ingresos. Al mismo tiempo, el debilitamiento de las monedas elevó el coste de la compra de equipos y productos farmacéuticos vitales en el extranjero.

Los países empobrecidos fueron sacrificados eficazmente en la cruz del dólar estadounidense.

Esa reciente estampida de capital y sus repercusiones en la vida y los medios de subsistencia de millones de personas en el Sur Global ha pasado en gran medida desapercibida en los círculos progresistas. Pero la fuga de capitales por mero capricho de los inversores, junto con el consiguiente fortalecimiento del dólar estadounidense, no son consecuencias accidentales ni inevitables de la pandemia. Después de todo, el virus augura un mayor fracaso económico en los Estados Unidos que en muchos mercados emergentes. Tampoco puede explicarse directamente por los cambios repentinos en las circunstancias económicas de los países pisoteados por la prisa de los inversores por salir. En cambio, es una consecuencia del diseño del sistema internacional: una arquitectura financiera internacional destinada a acomodar los caprichos, por irracionales que sean, de los inversores y proteger los intereses de los acreedores.

¿Puede el FMI ir al rescate?

Entre toda la diversidad de comentarios sobre "lo que hay que hacer" con la crisis financiera internacional inducida por Covid-19, existe un consenso casi unánime sobre la necesidad de que el Fondo Monetario Internacional (FMI) asuma un papel más importante. En particular, muchos abogan por que el FMI emita Derechos Especiales de Giro(en inglés Special Drawing Rights, SDR)por valor de miles de millones de dólares, distribuyéndolos entre los bancos centrales de los países miembros. EstosSDRse han convertido en un instrumento para solucionar el problema de liquidez de dólares en el contexto de la actual pandemia.

Pero desde una perspectiva progresista hay verdaderos inconvenientes en legar este gran poder al FMI.

En primer lugar, los países deudores no confían en la institución debido a su defensa sostenida de los intereses de los acreedores internacionales, tanto soberanos como comerciales. El FMI actúa como agente en nombre de los acreedores e impone condiciones políticas a los países cuyo propósito específico—aunque a menudo disfrazado de "programas de estabilización"—es generar recursos para los acreedores extranjeros, y asegurar que no sufran pérdidas en los préstamos a los gobiernos soberanos.

En segundo lugar, la emisión deSDRpor el FMI es simplemente otra forma de que los países de bajos ingresos adquieran dólares de la potencia hegemónica a través del FMI, no del mercado abierto.

Además, el poder de voto de la potencia hegemónica en el FMI le permite vetar cualquier propuesta de asignación deSDRque se considere perjudicial para los intereses estadounidenses, según lo definido por el presidente de EE.UU. De ahí la decisión de la administración Trump de vetar, "por ahora", el apasionado alegato por una mayor asignación de SDR, según se informa, "porque no quiere dar a China e Irán acceso a reservas adicionales incondicionales".

¿Qué cambios se necesitan en el sistema financiero internacional?

Si queremos ganar la batalla de ideas, si queremos revertir la hiperglobalización y su cruel preferencia por el rentismo por encima de los intereses de las personas y el planeta, los progresistas debemos desarrollar un plan para desmantelar el sistema actual y construir una nueva arquitectura monetaria internacional más justa, democrática y, en última instancia, sostenible.

Éste debe comenzar desafiando la supremacía del dólar.

Un objetivo que debería explorarse es la posibilidad de crear un sistema en el que todas las monedas puedan utilizarse en las transacciones internacionales y nacionales, independientemente del tamaño de las economías en las que se emitan. Como sostuvo Jane D'Arista en 2003, "el activo de reserva internacional (la moneda mundial) debe responder a la necesidad de inclusión: su valor debe basarse en una cesta de monedas de todos los países miembros ponderada desde el punto de vista comercial".

En la cúspide de la arquitectura monetaria internacional progresista habrá un banco: una institución internacional que facilite las transacciones entre naciones o regiones de naciones. Podría utilizar su poder para desalentar a los países que acumulan "sobregiros" (déficit en su comercio) y disciplinar a los países miembros que acumulan superávits masivos, ya que el superávit de un país es el déficit de otro. De ese modo podría ayudar a poner fin a los actuales desequilibrios mundiales en los que países como China y Alemania tienen grandes superávits comerciales, mientras que Estados Unidos, España y Gran Bretaña tienen déficits insostenibles. Esos desequilibrios son política y económicamente desestabilizadores.

Pero podría hacer más. Podría guardar los bonos soberanos de los países miembros y utilizar estos activos o reservas para generar liquidez adicional. En otras palabras, los activos seguros con garantía soberana permitirían al banco hacer lo que actualmente hace la FED: crear liquidez y desempeñar el papel de "prestamista de último recurso".

La supervisión y gestión democráticas del sistema internacional serán fundamentales para la salud del mismo, no por parte de la autoridad privada, sino por parte de la autoridad pública. Las finanzas deben convertirse una vez más en sirvientes, no en dueñas, de la economía mundial, la economía europea o cualquier economía nacional.

Estas ideas pueden parecer utópicas, pero algunas figuras del establishment, sintiendo la gravedad de la coyuntura actual, se están moviendo rápidamente para adoptar ideas más radicales. "Las monedas de reserva múltiples aumentarían la oferta de activos seguros, aliviando las presiones a la baja sobre el tipo de interés de equilibrio mundial que puede ejercer un sistema asimétrico", dijo recientemente el exgobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney. "Y con muchos países emitiendo activos seguros globales en competencia entre sí, la prima de seguridad que reciben debería disminuir".

Carney propone una alternativa: una nueva Moneda Hegemónica Sintética (SHC del inglés Synthetic Hegemonic Currency) que sería preferiblemente proporcionada por el sector público, tal vez a través de una red de monedas digitales de los bancos centrales. "Una SHC en el Sistema Monetario y Financiero Internacional (IMFS del inglés International Monetary and Financial System,) podría fomentar mejores resultados globales, dada la escala de los desafíos del actual IMFS y los riesgos en la transición a una nueva moneda de reserva hegemónica como el Renminbi. Una SHC podría amortiguar la influencia dominante del dólar en el comercio mundial. Si aumentara la proporción del comercio facturado en SHC, los sobresaltos económicos en los EE.UU. tendrían repercusiones menos potentes a través de los tipos de cambio, y el comercio estaría menos sincronizado entre los países. Del mismo modo, el comercio mundial se volvería más sensible a los cambios en las condiciones de los países de las otras monedas de la cesta que respalda al SHC".

Sería difícil describir a Carney, que ganó sus galones en Goldman Sachs, como un progresista. Pero el hecho de que Carney esté impulsando estas ideas novedosas sólo demuestra hasta dónde deben avanzar los progresistas para reclamar el sistema financiero internacional como su propio terreno de lucha.

La izquierda tiene muy poco que decir sobre una economía mundial gobernada en la práctica por tecnócratas no elegidos y que no rinden cuentas a nadie. Por el contrario, algunos en el extremo progresista del espectro político aplauden el rescate por parte de los bancos centrales de acreedores arriesgados y a menudo imprudentes. Adam Tooze se mostró entusiasmado recientemente con la idea de que la FED había creado una "gigantesca red de seguridad pública... que se extendía por todo el sistema financiero". Muchos otros comentaristas y economistas se sumaron a la adulación, que a esta autora le recuerdan los elogios concedidos en los años 90 y principios del siglo XXI al infalible "maestro" de la economía estadounidense y mundial, Alan Greenspan.

Este entusiasmo por las soluciones tecnocráticas y esencialmente antidemocráticas puede explicarse en parte por el fracaso de la economía. "La financiarización es la razón menos estudiada y explorada detrás de nuestra incapacidad para crear una prosperidad compartida", argumenta Rana Foroohar en su libro Makers and Takers (2016). Y eso ayuda a explicar por qué los progresistas no logran comprender la estructura y el propósito del sistema financiero internacional y sus ganancias para la clase rentista. También explica la admiración que muchos profesan a los tecnócratas de los bancos centrales, y el enfoque miope y doméstico de la mayoría de los debates económicos de izquierda. Sin mencionar la ausencia de una verdadera preocupación por las crisis que afrontan los países de bajos ingresos.

Ya es hora de que nos organicemos para comprender mejor el sistema y transformarlo.

Conclusión

La transformación del sistema financiero internacional es urgente si el mundo quiere revertir el daño causado tanto a las sociedades humanas como al ecosistema por el actual sistema desenfrenado de "crecimiento" económico exponencial y acumulación de capital a través del rentismo financiero.

El actual colapso del sistema capitalista internacional hace que esta transformación entre dentro de la gama de "posibilidades radicales". Pero no lo olvidemos: la crisis puede resolverse mediante el conflicto—con la potencia hegemónica recurriendo a su todopoderoso poder militar—o por una transformación razonada y progresiva del sistema.

Las grandes preguntas a las que nos enfrentamos son estas: Primero, ¿por qué los progresistas no están en la vanguardia de este debate? Segundo, ¿cómo ampliar la educación y la comprensión públicas del sistema y sus consecuencias? Tercero, ¿cómo movilizar el apoyo público para una solución progresista de las crisis actuales?

Tal vez esta Internacional Progresista, al convocar un diálogo mundial en esta coyuntura crítica, pueda responderlas. Tal vez juntos podamos acabar con nuestra dependencia del "billete verde de dólar", que después de todo es "sólo un pequeño pedazo de papel cubierto de clorofila".

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Authors
Ann Pettifor
Translator
Alvaro Perales Eceiza
Published
01.05.2020

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