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Identidad y política anticapitalista en Indonesia

Para poner fin a todas las formas de discriminación sistémica, necesitamos una clara perspectiva y acción anticapitalista, tanto en la política formal como en la cotidiana.
En Indonesia y en todo el mundo, la cuestión es cómo restablecer la lucha de clases y el proyecto de liberación nacional en el contexto de un panorama de movimientos sociales fragmentado.
En Indonesia y en todo el mundo, la cuestión es cómo restablecer la lucha de clases y el proyecto de liberación nacional en el contexto de un panorama de movimientos sociales fragmentado.

La política de identidad se ha convertido recientemente en terminología de moda, aunque exista desde finales de los años 70. Sin embargo, en la actualidad suele referirse al centrado de las identidades de grupos marginados para su inclusión política. Inicialmente acuñado por el Colectivo del Río Combahee, una organización feminista negra, el concepto se lo han apropiado tanto las tradicionales fuerzas liberales como las conservadoras de las democracias desarrolladas y en vía dedesarrollo de todo el mundo.

Si bien la política de identidad ha servido de muchas maneras para celebrar y respaldar las diversas identidades y el pluralismo político de lxs liberales, ha provocado una intensa oposición por parte de lxs conservadores que ven la versión liberal de la política de identidad como una forma de imposición político-cultural sobre la mayoría olvidada. En un absurdo giro político, la derecha ha utilizado hábilmente la política de identidad para reafirmar su propio derecho. Al reimaginar la mayoría de una manera identitaria, ha atraído un apoyo masivo y ha obtenido importantes victorias políticas, como lo demuestra el ascenso en los últimos años de Donald Trump y otras figuras y fuerzas populistas de derecha en todo el mundo.

Esto plantea un desafío a la izquierda socialista y a otros movimientos progresistas de todo el mundo, que tratan de ir más allá de la mera política de inclusión basada en la identidad y avanzar hacia una política de redistribución y reconocimiento para todxs. La necesidad apremiante de esa política es especialmente pertinente en Indonesia, donde el reciente desarrollo capitalista ha desatado la derecha, el populismo islámico, la opresión sistemática contra lxs papúes y la marginación social de lxs trabajadorxs durante la pandemia de Covid-19.

Nuestro debate sobre la "política de identidad" trata de explicar la especificidad cultural de las diversas luchas contra la opresión en Indonesia y su conexión con estructuras de explotación más amplias que interactúan con la evolución del capitalismo. Mientras escribimos, los titulares cubren las protestas contra el asesinato del afroamericano George Floyd por un policía blanco. Esto no habría sido tan ampliamente conocido si un video del evento no se hubiera vuelto viral en las redes sociales. La velocidad con la que el video se difundió tampoco habría sido tan acelerada si la gente no hubiera estado más pegada a sus teléfonos de lo habitual, con el Covid-19 obligando a muchxs de lxs que pueden permitírselo a trabajar desde casa.

En Indonesia, el caso de George Floyd desencadenó #PapuanLivesMatter en la esfera de Twitter en Indonesia, una derivación de #blacklivesmatter y #Aboriginallivesmatter. La motivación discursiva detrás del hashtag #PapuanLivesMatter es un llamado a poner fin al racismo hacia las personas negras, incluidos lxs papúes. En los diversos llamados a la solidaridad racial, y en cierta medida interseccional, se enfatiza la experiencia subjetiva de la identidad. Esto significa un mayor énfasis en la propia experiencia de opresión racializada, de género, religiosa y étnica, pintando a nuestrxs enemigxs en otras personas y cada vez menos en nuestro sombrío destino común como trabajadorxs bajo el capitalismo.

Sin embargo, ese enfoque tiene sus limitaciones. Una tarea crucial para cualquier progresista que apoye la lucha por la justicia racial y la igualdad para lxs afroamericanxs, lxs papúes y otros grupos marginados es analizar críticamente el origen del racismo y la lucha en el contexto de estructuras capitalistas más amplias. Tenemos que desentrañar la paradoja de exigir el reconocimiento de la propia estructura que oprime a lxs trabajadorxs de todos los orígenes. Como tal, argumentamos que para poner fin al racismo y a otras formas de opresión es necesario comprender cómo el desarrollo capitalista se transforma con la política de las relaciones raciales. Podemos evaluar la especificidad cultural de la reorganización capitalista en Indonesia tomando prestado el marco del Colectivo de Investigación Simbiosis para analizar el proceso de formación del Estado y la experiencia colonial de Indonesia, así como su propia versión del colonialismo interno en Papúa Occidental.

Como la mayoría de los movimientos nacionalistas de principios del siglo XX, Indonesia comenzó como un proyecto anti-estado, o más específicamente un estado anticolonialista. Pero este tipo de anticolonialismo, centrado en la oposición al Otro Occidente, no logró abordar el problema de la colonización interna entre lxs propixs indonesixs. El proyecto fue impulsado por la intelectualidad nacionalista educada en el sistema educativo colonial, y con sede en su mayoría en Batavia (el antiguo nombre de Yakarta). De hecho, la Indonesia actual y su modelo de gobierno centralizado es en gran medida un legado colonialista. El proyecto nacionalista tenía contradicciones inherentes. Las primeras organizaciones que se unieron al movimiento prepararon el terreno para las orientaciones étnicas y religiosas del futuro. Estos grupos se apropiaron de la jerga colonialista: Jong Java (Java Joven), Jong Islamietenbond (Liga de Jóvenes Musulmanes), Jong Minahasa (Minahasa Joven), por nombrar algunos. En su aspiración por un estado nación moderno y antiimperialista, estas organizaciones minimizaron los colonialismos locales como los de los reyes de Aceh sobre los Minangkabau, lxs aristócratas javanesxs sobre lxs sundanesxs y lxs señorxs balineses en la isla de Sasak.

Como otros países del Sur, la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial aceleró la declaración de independencia de Indonesia. En los primeros años de la independencia (1945-1949), jóvenes de diversas clases y niveles de educación, incluidos lxs que tenían alianzas problemáticas con el submundo de Yakarta en los años cuarenta, se alinearon con la creciente agenda de lucha anti- y de descolonización. Este tumultuoso proceso de construcción del Estado y la nación continuó hasta bien entrado el período de democracia electoral de la década de 1950, cuando facciones políticas rivales trataron de ganar influencia mediante elecciones y movilizaciones de masas. A medida que avanzaba la Guerra Fría, el primer presidente Sukarno fue perdiendo gradualmente el control a nivel nacional debido a los efectos desestabilizadores de varias rebeliones regionales a finales de los años 50 —una serie de respuestas regionales al ascenso del poder comunista, en combinación con un gobierno central corrupto centrado en Java. Esto llevó a Sukarno a establecer la llamada Democracia Guiada, supuestamente un gobierno unificado centrado en su liderazgo y fundado en la unidad política construida con nacionalistas, religiosxs y comunistas, o Nasakom. Este inestable frente político se construyó para equilibrar la tensión entre movimientos sociales y políticos cada vez más divididos que ya no estaban vinculados por una lucha compartida contra un enemigo colonial común.

El Nasakomde Sukarno colapsó cuando el Partido Comunista de Indonesia (PKI) fue eliminado por una alianza entre el ejército y el Islam político. En 1965, entre 500.000 y más de un millón de miembros del PKI y simpatizantes comunistas (una categoría que abarcaba intelectuales y artistas de tendencia izquierdista, musulmanxs sincréticxs de Java y chinxs de clase trabajadora) fueron sistemáticamente asesinadxs. Se expulsó a lxs comunistas del cuerpo político de Indonesia, se prohibió el partido y muchxs intelectuales calificadxs de simpatizantes del partido fueron obligadxs al exilio. Este momento marcó el ascenso del régimen autoritario del Nuevo Orden del General Suharto.

Suharto consolidó el poder otorgando a lxs militares un papel activo en los asuntos estatales, suprimiendo la disidencia y allanando el camino para el desarrollo capitalista. Durante todo el régimen (1965-1998), el proceso de construcción autoritaria del Estado se hizo cumplir a través de los medios de comunicación y los planes de estudio nacionales controlados por el Estado, que demonizaron al comunismo y lo borraron de la historia de la lucha anticolonialista. El control prácticamente absoluto de Suharto sobre el aparato estatal convirtió a lxs intelectuales en funcionarixs públicxs, suavizó el flujo de capital extranjero hacia Indonesia para financiar los ambiciosos programas de desarrollo económico del presidente y fortaleció la clase capitalista dependiente del Estado. Probablemente el ejemplo más destacado de la expansión capitalista extranjera es la Compañía Internacional de Níquel y la Compañía de Azufre Freeport en Papúa. Junto con el enfoque militarista del régimen, el desarrollo proporcionó la piedra angular del neocolonialismo en Papúa.

Indonesia experimentó el lento ascenso del proyecto político neoliberal en la década de 1970. Ahora es la lógica política dominante en Indonesia. La continua liberalización económica, que comenzó en la década de 1980 con la promoción de los mercados de tierras, ha tenido efectos devastadores en los medios de vida de la población. En las zonas ricas en recursos, esto se traduce en la intensificación de la "acumulación por desposesión" y la expansión del mercado en el campo. Lxs campesinxs son expulsadxs de sus tierras, algunxs se ven obligadxs a buscar oportunidades en la ciudad, donde lxs trabajadorxs de las fábricas, lxs pobres de las ciudades y lxs profesionales asalariadxs cada vez más precarixs experimentan una depresión salarial, el aumento de los costos de vida y el cercado del espacio público, todo en nombre del "desarrollo urbano".

Es aún peor para lxs papúes, ya que ha significado la continua represión estatal y el sometimiento de las aspiraciones papúes a la autodeterminación. Para "encubrir" esta represión y obtener el apoyo del público en general, el Estado legitima el colonialismo interno enmarcándolo como un esfuerzo nacionalista para mantener la integridad territorial de la república.

La cuestión para los progresistas, entonces, en Indonesia y también a nivel mundial, es cómo restaurar la lucha de clases y el proyecto de liberación nacional en el contexto de las persistentes realidades neoliberales y neocoloniales y de un panorama de movimientos sociales fragmentado. La actual democracia electoral en Indonesia, a pesar de su muy celebrada vitalidad, no ha dado lugar a la aparición de un frente unido de movimientos sociales para la política de clases. El breve experimento del Partido Democrático del Pueblo (PRD), la formación de izquierda posterior a 1965 que presentó un gran desafío al régimen de Suharto en sus últimos años, sufrió una fuerte derrota electoral en las elecciones post-autoritarias de 1999. Desde entonces, no hemos visto un resurgimiento de la izquierda en la política electoral de Indonesia. En todo caso, somos testigos de la continua fragmentación de los movimientos sociales y, por extensión, del proyecto político progresista.

Por eso criticamos la actual tendencia a confiar en las políticas de identidad como la principal estrategia de movilización. Si bien su énfasis en el reconocimiento y la justicia racial es elogiable, una excesiva confianza en las políticas de identidad distrae de la primacía de la lucha de clases como bandera general de todas las luchas contra la opresión en las sociedades capitalistas. Además, las políticas de identidad son utilizadas más eficazmente por la derecha que por la izquierda, como es evidente en el populismo del siglo XXI. Esto también es cierto en Indonesia, donde las figuras populistas conservadoras y lxs políticxs oportunistas aprovechan los crecientes agravios socioeconómicos, expresándolos en una retórica islamista o nacionalista para permanecer en el poder y mantener el status quo político.

Es cierto que la lucha de lxs afroamericanxs y lxs papúes muestra la profundidad de la opresión racial. Pero también es un recordatorio de que las estructuras capitalistas configuran nuestras realidades corporales, espaciales y temporales, y nuestra experiencia aparentemente subjetiva de explotación. El desafío entonces es conectar estas diversas experiencias y traducirlas en un programa político común contra una estructura opresiva que explota a cada persona trabajadora.

La lucha y el entusiasmo de lxs trabajadorxs y la juventud, con una clara orientación socialista democrática, sigue viva. Los colectivos de los movimientos sociales —grupos de lectura, movimientos religiosos progresistas, redes de defensorxs de la justicia agraria y movimientos de mujeres, entre otros— se forman como respuesta a la expansión capitalista o simplemente como canales para expresar la frustración colectiva hacia la política neoliberal. En nuestra experiencia como académicxs afiliados a IndoProgress, una revista en línea que conecta a lxs activistas progresistas y académicxs indonesixs, también somos testigos de la necesidad de análisis socialistas sólidos de la situación política actual.

Generar análisis rigurosos de los perfiles del capitalismo contemporáneo y sus intersecciones con las identidades es fundamental para un programa político socialista que une la experiencia diversa de la opresión bajo el capitalismo. Esto abarca la represión política, la desposesión agraria, la marginación en el lugar de trabajo, las amenazas a la libertad académica y de prensa, la discriminación religiosa, el racismo, y más, bajo la bandera revitalizada de la lucha de clases, en lugar de las consignas divisorias de la política de identidad. Haciéndonos eco de Jodi Dean, proponemos el rejuvenecimiento de la camaradería, o la construcción de un sujeto político colectivo e igualitario comprometido con la rectificación de los problemas de la sociedad capitalista. Esto implica el fin del aliadx, la cómoda política individualizada de la alianza representativa de grupos oprimidos, que hace poco por abordar el tema de la explotación de clase.

La política de identidad no debería ser el objetivo final de quienes simpatizan con el socialismo democrático y otros movimientos sociales progresistas. Para poner fin a todas las formas de discriminación sistémica, necesitamos una clara perspectiva y acción anticapitalista, tanto en la política formal como en la cotidiana. La tarea de lxs progresistas de Indonesia y otras partes del mundo, por lo tanto, es volver a centrar la lucha de clases en nuestras democracias.

Inaya Rakhmani es profesora asistente del Departamento de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Indonesia.

Iqra Anugrah es becario de postdoctorado en el Centro de Estudios del Sudeste Asiático de la Universidad de Kioto.

Foto: fullres

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Available in
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Authors
Inaya Rakhmani and Iqra Anugrah
Translators
Esteban Lozano and Daniel Felipe Guana
Date
04.08.2020

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