Construyendo el partido de vanguardia en Kenia

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En Building the Future, una colección de investigación sobre construcción socialista contemporánea, nos enfocamos en el Partido Comunista Marxista de Kenia — un proyecto para construir un partido de vanguardia equipado para liderar al pueblo keniano hacia el socialismo.

“El camino hacia la libertad está lleno de sacrificios, lágrimas, hambre, ropa plagada de piojos, sangre y muerte.”

― Dedan Kimathi

“Uno no escala un árbol desde su copa.”

— Proverbio africano

Un partido que se necesita

En la tradición marxista, el partido de vanguardia es un medio indispensable en la lucha por la emancipación. En un mundo estructurado por el imperialismo, la democracia se encuentra gravemente restringida, sobre todo en la periferia global. Ante todo, sirve los intereses de los poderes imperiales y de aquellas élites nacionales quienes trabajan en su nombre. Estas relaciones sociales no solo determinan la vida diaria de miles de millones de personas, sino que también mantienen un férreo control en las esferas de política, cultura, educación e información. En gran parte, las elecciones ofrecen alternativas entre partidos políticos que se comprometen, en muchos sentidos, con la preservación del capitalismo. En este contexto, los trabajadores, los campesinos y los sectores urbanos en situación de pobreza están forzados a alinear sus horizontes políticos con aquellos establecidos por sus opresores, los cuales no desafían fundamentalmente las relaciones sociales impuestas por el capitalismo y el imperialismo. Por eso los oprimidos requieren un medio político que pueda representarles como clase. Este es el rol del partido revolucionario, que busca desarrollar, avanzar y llevar las aspiraciones de las personas trabajadoras y oprimidas en un camino hacia el socialismo.

¿Por qué se necesita un partido revolucionario? En el Manifiesto Comunista, Karl Marx y Friedrich Engels escribieron que el capitalismo “crea sus propios sepultureros”. 1 La concentración del capital en las manos de una sola clase también forma una clase trabajadora, que es la creadora de toda la riqueza de la sociedad. Dicha clase, como demostraron Marx y Engels, puede tomar los medios de producción y redirigir las utilidades para mejorar la vida humana. Pero este proceso no se da de forma espontánea. Inicialmente, los trabajadores experimentan la explotación de forma individual, antes que de forma colectiva y la ideología de la clase dominante permea en la sociedad, dificultando la organización colectiva. El partido revolucionario actúa como vehículo para sobreponerse a estas limitaciones, concentrando la experiencia de la clase trabajadora; abordando, desarrollando y compartiendo teoría revolucionaria; y proveyendo dirección estratégica a la lucha de clases.

La Revolución de Octubre de 1917 dio pie a un ensayo. Vladimir Lenin mostró que la clase trabajadora, limitada al activismo sindical que tiende a enfocarse estrechamente en cuestiones salariales y de horas de trabajo, no desarrolló por sí misma las demandas más amplias de representación política. No era consciente de su capacidad de gobernar un Estado. Requirió un partido de revolucionarios profesionales para introducir conciencia socialista al movimiento obrero, ayudarlo a organizarse y cumplir su misión de tomar el poder del Estado. De esta manera, el partido revolucionario se vuelve la expresión concentrada de la conciencia de clase, la institución que transforma la clase trabajadora de una “clase en sí misma” (como categoría económica objetiva) a una “clase para sí misma” (un actor político consciente y un agente en la historia). La misión no puede ser cumplida por una ONG, un club de debate o un partido electoral vacío. Necesita un partido afianzado en experiencia histórica, arraigado entre el pueblo y reforzado por teoría.

Hoy, en mucha de la periferia global, los rangos de los oprimidos incluyen a una población rural significativa y, de manera progresiva, un número de personas que están completamente fuera de las fuerzas de trabajo. Alrededor del mundo, hay un éxodo de trabajadores rurales a las ciudades causado por factores como el acaparamiento de tierras y el cambio climático. Estas poblaciones son forzadas a abultarse en barrios en la periferia urbana, donde entran en condición vulnerable al empleo informal o formal, o no tienen prospectos de trabajo del todo. En el continente africano, alrededor del 40 % de toda la población enfrenta esas condiciones. Son poblaciones para quienes un cambio político revolucionario es una necesidad existencial. Aquí, el rol del partido de vanguardia en unir a los oprimidos y transformar su resistencia espontánea en una acción revolucionaria consciente es de suma importancia. 

El Partido Comunista Marxista de Kenia (PCMK) es un esfuerzo contemporáneo de construir esa organización, un partido de vanguardia de las personas trabajadoras, las personas pobres urbanas y el campesinado de Kenia que busca protagonizar en la lucha continua contra el capitalismo, neocolonialismo e imperialismo. Sus experiencias no solo revelan la continuidad vital del pensamiento revolucionario marxista, sino que también las maneras en que el marxismo es aplicado a las condiciones particulares de la Kenia contemporánea.

De colonia a neocolonia: El camino de Kenia bajo el imperialismo

El PCMK emergió dentro de un contexto de lucha prolongada contra la dominación colonial y subversión imperial, el menoscabo abierto y, después, encubierto de la soberanía nacional. El colonialismo británico, establecido a finales del siglo XIX, acaparó la mejor tierra y recursos naturales para el beneficio de los colonos blancos y el poder colonial. A través de instrumentos legales como la Ordenanza de las Tierras de la Corona en 1902, el Imperio Británico declaró que toda tierra “desocupada” sería propiedad de la Corona, efectivamente criminalizando las formas africanas de tenencia y desposeyendo a millones de sus territorios ancestrales. Las tierras más fértiles, las infames “White Highlands”, fueron reservadas exclusivamente para colonos europeos, mientras que las mayorías africanas fueron pastoreados a reservas o reducidos a ser ocupante ilegal en sus propias tierras. Para forzar a los africanos al trabajo asalariado en granjas de colonos y en industrias emergentes, la administración colonial impuso impuestos por choza y por cabeza, implementó toques de queda para controlar el movimiento y buscó aplastar la resistencia con castigo corporal y ejecuciones.

La resistencia al yugo colonial no tardó en emerger, con varias formas de revueltas espontáneas detonándose en conjunto con movimientos organizados hacia la liberación nacional. La Asociación Central Kikuyo (Kikuyu Central Association, KCA) fundada en 1924 y la Unión Africana de Kenia, establecida en 1944, fueron intentos iniciales de organización política frente al yugo colonial. La administración colonial respondió con represión incrementada, prohibiendo organizaciones políticas africanas y arrestando a sus líderes.

La lucha de liberación nacional llegó a su pico con la rebelión Mau Mau de los años cincuenta, un movimiento campesino revolucionario que se levantó en armas contra la ocupación británica. La rebelión, liderada por el Ejército por la Libertad y la Tierra de Kenia, organizada bajo el slogan Gĩthaka na Wĩtĩkio! (¡Tierra y Libertad!), que reflejaba las realidades de millones de kenianas y kenianos que se enfrentaban a la alienación de su tierra, explotación económica y exclusión política. La rebelión sacudió al régimen colonial hasta la médula. La respuesta británica fue salvaje. Más de 1,5 millones de personas, principalmente de la comunidad Kikuyu, fueron forzados a campos de concentración. Miles fueron torturados, ejecutados o sujetos a trabajo forzado y condiciones inhumanas. Comunidades enteras fueron desplazadas y el castigo colectivo se volvió una rutina. Lo que fue enmarcado como contrainsurgencia fue una campaña de terror diseñada para aplastar cualquier resistencia y reafirmar el control colonial. Datos oficiales reconocen la muerte de alrededor de once mil luchadores Mau Mau, aunque el número real de kenianos que murieron como resultado de la violencia británica es significativamente más alto.

Mientras se intensificaba la lucha armada, los británicos cambiaron de estrategia de represión directa a diseñar una transición de poder que podría, bajo el manto formal de liberación, preservar sus intereses económicos. Esto llevó a la “Falsa Independencia” de 1963, un momento que no desmanteló el Estado colonial pero transformó los mecanismos por los que ejerció su yugo. A través de conferencias en Lancaster House, de las cuales el ala radical de la lucha anticolonial fue excluida, Gran Bretaña pasó las riendas del poder a un leal comprador burgués, una clase que, a partir de su propio enriquecimiento, podría sostener la lógica económica del colonialismo sin los esquemas políticos formales. Esta nueva élite aceptó el acuerdo neocolonial que dejaba los intereses comerciales británicos, propiedad de tierra e influencia militar intacta. El resultado fue el nacimiento de un Estado neocolonial, una fachada negra para un control blanco. 

Como dice el manifiesto del PCMK:

“Más allá de las pocas y limitadas reformas, los gobiernos que tomaron control del colonialismo han mantenido el sistema que recicla los problemas contra los que nuestro pueblo luchó. Aquellos que sus tierras fueron tomadas a la fuerza por colonos, siguen sin sus tierras… Condiciones de trabajo que rozan la esclavitud todavía existen en plantaciones locales y foráneas que pagan salarios miserables al trabajo pobremente organizado.”

La era post-independencia bajo Jomo Kenyatta consolidó el orden neocolonial en Kenia. Radicales como Pio Gama Pinto, un marxista comprometido con la liberación panafricana, fue asesinado, mientras que la fuerza de izquierda, la Unión Popular de Kenia, fue proscrita en 1969. En los años que siguieron, escritores e intelectuales que se alinearon con las luchas de campesinos y trabajadores también fueron apuntados, de forma más notable Ngũgĩ wa Thiong’o, a quien detuvieron en 1977 sin juicio después de montar una obra de teatro radical en Gikuyu con un grupo comunitario de teatro.

Cuando Daniel arap Moi asumió la presidencia en 1978, Kenia descendió a una dictadura de un partido caracterizada por represión severa, tortura generalizada incluyendo la infame Nyayo House, y la imposición de los Programas de Ajuste Estructural por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que privatizó los activos estatales, profundizando la desigualdad y socavando las provisiones sociales débiles que existían en el país.

La reintroducción de política multipartidista en los años noventa probaron ser una ilusión. Las élites reconfiguraron exitosamente como una serie de facciones en competencia dentro de la misma clase compradora. Desde KANU y NARC a Jubilee y Kenya Kwanza, usaron los nuevos partidos políticos para competir por el control del aparato estatal, usualmente a través de la movilización deliberada de las identidades étnicas, que sirvieron para opacar las divisiones materiales y atrincherar el poder de la élite. Inclusive la celebrada Constitución de 2010, aunque conteniendo reformas progresistas, mantiene su orientación capitalista. “La verdad es que los valores nacionales descritos en la constitución,” el PCMK dice, “no pueden ser realizados bajo el capitalismo; solo el socialismo.”

Soberanía nacional y la Lucha de dos etapas

Para romper el ciclo de dominación neocolonial, el PCMK ha puesto en marcha un camino revolucionario en la aplicación de la teoría marxista-leninista a las condiciones específicas de Kenia. Esta estrategia rechaza el camino del reformismo. El Estado neocolonial, forjado para sostener la subordinación de Kenia al imperio, no puede ser enmendado. Tiene que ser derrocado y reconfigurado para servir a los trabajadores, campesinos kenianos y a la creciente masa de personas viviendo y trabajando de manera informal en las ciudades. El corazón teórico de esta estrategia es la teoría de las dos etapas de revolución, que dice que en una sociedad semi-feudal y neocolonial como Kenia, la lucha tiene que proceder por dos fases distintas, pero ligadas dialécticamente.

La primera etapa es la de la Revolución Democrática Nacional (RDN). Esta es una etapa democrática revolucionaria donde el primer objetivo es completar la destrucción del neocolonialismo y sus polares domésticos. Sus tareas incluyen destruir la clase terrateniente para regresar “la tierra a quien la trabaja”; terminando la dominación imperialista expulsando fuerzas militares extranjeras y rompiendo el yugo financiero del FMI y el Banco Mundial; y aboliendo la maquinaria neocolonial del Estado para reemplazarla con órganos del poder del pueblo. El partido argumenta que saltarse esta etapa ignora la realidad material de Kenia: la cuestión irresuelta de la tierra, el amplio campesinado como fuerza revolucionaria, y el poder atrincherado de la clase compradora sirviendo al capital extranjero.

Central a la RDN es la lucha para reclamar la Soberanía Nacional. El PCMK define soberanía no como una frase legal o una bandera en Naciones Unidas, sino como la capacidad material del pueblo de controlar su propia tierra, trabajo, recursos y destino. La soberanía keniana fue traicionada por la clase compradora en la independencia y continúa siendo vendida a través de la deuda, acuerdos comerciales inequitativos y pactos militares. Reclamar la soberanía es, por lo tanto, una precondición estratégica para embarcarse en el camino de una construcción socialista. Sin el control sobre la economía, recursos y Estado, cualquier intento de construir socialismo va a ser frenado por poderes extranjeros.

La segunda fase en la lucha revolucionaria es la Revolución Socialista. Esta fase involucra la socialización de los medios de producción, el establecimiento de una dictadura del proletariado para defender la revolución como enemigos externos e internos y la transformación comprensiva de la sociedad para eliminar pobreza, desigualdad y todas las formas de opresión.

Este marco de dos etapas está reflejado en el programa político del PCMK. El Programa Máximo del partido representa las metas finales del socialismo y el comunismo. El Programa Mínimo consiste en tareas democráticas revolucionarias del RDN, éstas no son demandas reformistas, socialdemócratas, sino reflejan aspiraciones claras necesarias para avanzar en las dos etapas del proceso revolucionario. Esta distinción es central para la teoría de cambio del PCMK y refleja su relación con el poder electoral. Mientras que el partido pueda participar tácticamente en elecciones, su meta estratégica no es ganar un cargo público dentro del estado neocolonial, sino desplegar el proceso electoral para construir el poder de organización de las masas.

Génesis y rectificación: forjando la vanguardia

El PCMK no emergió en un vacío. Emergió de lo que este determina: “el largo hilo de comunismo keniano,” una tradición revolucionaria arraigada en la resistencia anticolonial y forzada a la clandestinidad por décadas. Este linaje data del ala radical protorevolucionaria de Mau Mau, que aterraba ambos al capital colono y al corazón imperial con sus demandas de redistribución de tierra y anti-imperialismo. Esta chispa la mantuvieron figuras como Bildad Kaggia, el nacionalista radical; Pio Gama Pinto, el mártir marxista; y Oginga Odinga, quien lideró el UPK de izquierda. Siguiendo el asesinato de Pinto y la proscripción del UPK, la organización de la izquierda fue suprimida brutalmente, sobreviviendo solo en formaciones clandestinas como el Movimiento del Doce de Diciembre y círculos de estudio socialistas que desafiaban la dictadura de Moi con un gran costo.

El partido en su formato actual emergió del Partido Social Demócrata de Kenia (PSD), que se formó después de la reintroducción de la política multipartidista en los años noventa. Por años, la etiqueta de “social demócrata” fue la concesión pragmática de un ambiente político empapado de anticomunismo. Pero para el año 2019, el núcleo de izquierda del partido determinó que se daban las condiciones para una ruptura decisiva del reformismo. En el Tercer Congreso Nacional, el partido fue formalmente transformado al Partido Comunista de Kenia (PCK). Esto marcó la fractura definitiva de las limitaciones de la política e ideas socialdemócratas.

La reacción del Estado fue rápida. El Registro de Partidos Políticos se negó a registrar el nuevo nombre, argumentando que Kenia “no puede permitir partidos socialistas/comunistas”. El partido respondió mediante una combinación de acción legal y movilización pública, obteniendo una victoria jurídica histórica en abril de 2019 que afirmó su derecho a existir y sentó un precedente para el pluralismo ideológico en Kenia. El cambio posterior de nombre a Partido Comunista Marxista – Kenia (PCMK) representó una consolidación ideológica adicional, afirmando sus raíces en el marxismo-leninismo aplicado a las condiciones kenianas, y respondió a una crisis interna.

En las elecciones de 2022, dos altos funcionarios del partido, Mwandawiro Mghanga y Benedict Wachira, referidos en documentos internos como “la banda de los dos”, traicionaron la posición oficial de no alineamiento del partido y declararon unilateralmente su apoyo a la coalición burguesa Kenya Kwanza. La mayoría del partido rechazó este acto de “colaboración de clases” y emprendió un proceso extenso de reflexión crítica y rectificación para fortalecer la disciplina y coherencia internas. La crisis reflejó debilidades organizativas heredadas del CPK, que había desarrollado una membresía de masas durante la lucha contra la proscripción, asentándose sobre lo que denomina una “base comprometida”, con una dirigencia cada vez más atravesada por elementos burgueses. La ruptura de 2022 y el cambio de nombre contribuyeron a consolidar al PCMK en torno a un bloque de vanguardia disciplinado, cuya determinación fue puesta a prueba en las contradicciones de la lucha de clases interna.

Las herramientas de la revolución: organización, disciplina y línea de masas

Como partido de vanguardia, el PCMK asume cinco tareas principales. Forma conciencia de cuadros mediante educación marxista-leninista, para que cada militante sea pensador, organizador y agitador. Organiza, estableciendo células en fábricas, escuelas, granjas, universidades, asentamientos informales y comunidades de la diáspora. Agita, llevando la línea política a cada lucha de masas, desde vivienda y hambre, hasta opresión de género y falta de tierra. Une, construyendo un frente común de fuerzas progresistas sin diluir el liderazgo de la clase trabajadora. Y se prepara para crisis más profundas, para mayor represión y para una futura insurrección.

La fuerza del partido de vanguardia no está determinada únicamente por su ideología y línea política, sino también por su organización revolucionaria, capaz de institucionalizar y sistematizar el poder colectivo de trabajadores, pobres urbanos y campesinos, transformando la teoría en fuerza material. Su principio nuclear de organización es el centralismo democrático, tradición clave en la historia de los partidos revolucionarios. Se sostiene en cuatro pilares: democracia en la discusión, permitiendo el debate interno pleno; centralismo en la acción, exigiendo que todas y todos acaten las decisiones colectivas; la minoría obedeciendo a la mayoría; y los órganos inferiores obedeciendo a los superiores. Esta estructura busca combinar democracia interna real con acción unificada, evitando la parálisis por faccionalismo.

El puente entre el partido y el pueblo es la línea de masas, método de dirección desarrollado por Mao Zedong durante la Revolución China. La línea de masas refleja un proceso dialéctico continuo de estudiar las ideas dispersas y no sistematizadas del pueblo, organizarlas en una línea política clara, y devolverlas al pueblo para unificarlo y conducirlo en la lucha organizada. Este proceso es central para la democracia socialista y asegura que la dirección del partido esté enraizada en la realidad concreta de los oprimidos, previniendo la burocratización y garantizando que las necesidades populares orienten la teoría y la práctica revolucionarias.

Para institucionalizar su trabajo, el PCMK ha desarrollado brazos organizativos específicos. La Pio Gama Pinto Ideological School (PGPIS) funciona como el “fogón de la educación marxista” y el “cuartel teórico de la revolución”. Es responsable de la formación de cuadros en marxismo-leninismo, del desarrollo de materiales educativos bilingües en inglés y swahili, y de aportar claridad teórica al movimiento. Asimismo, el partido ha creado organizaciones de masas para liderar luchas en frentes específicos, como la Revolutionary Women’s League (RWL) y la Revolutionary Youth League (RYL). Estas ligas operan con relativa autonomía bajo la guía política del partido, encargadas de movilizar a sus respectivas bases y formar nuevas generaciones de liderazgos.

El objetivo de toda esta estructura es el desarrollo de cuadros. El partido busca forjar “guerreros-intelectuales”: militantes comprometidos, sólidamente formados en teoría, enraizados en las masas y templados por la disciplina revolucionaria. Esto se logra mediante la combinación del estudio teórico en la PGPIS y su aplicación práctica en el calor de la lucha de clases, elevando la conciencia de lo espontáneo a lo organizado. Esta institucionalización marca el paso de una red informal de activistas a una organización madura, capaz de sostener una lucha prolongada.

El frente amplio de lucha: unir a los oprimidos

Por si sola, la clase trabajadora no puede avanzar en la lucha por la RDN. Requiere una alianza estratégica más amplia de fuerzas progresistas entre clases y estratos sociales que puedan actuar conjuntamente contra los enemigos principales del Estado: el imperialismo, la clase compradora y los terratenientes. En la tradición maoísta, el PCMK denomina a esta alianza Frente Unido. En su corazón se encuentra la “alianza básica” entre la clase trabajadora, la población urbana pobre y los campesinos, las clases más explotadas de Kenia, cuya fuerza combinada constituye la columna vertebral de la revolución. El papel del partido es proporcionar liderazgo ideológico y político, evitando que el frente derive en un bloque populista manipulable por las élites.

Con base en su análisis de la estructura de clases en Kenia, el PCMK integra otras cuestiones sociales como expresiones inseparables de la lucha de clases en el contexto neocolonial. En la cuestión de género, por ejemplo, el partido rompe con el feminismo liberal impulsado por ONGs y plantea una posición de “feminismo proletario”. Las mujeres trabajadoras y campesinas kenianas enfrentan una “triple opresión”: como parte de una clase explotada, como mujeres bajo el patriarcado y como sujetas de una nación neocolonial. La RWL encabeza esta lucha, desde los derechos sobre la tierra y la igualdad salarial hasta el fin de la violencia contra las mujeres, vinculando estas demandas con la lucha revolucionaria contra el imperialismo y por el socialismo.

En materia de derechos LGBTQ+, el PCMK combate la opresión que enfrentan las y los camaradas LGBTQ+, reconociéndola como producto de leyes coloniales, fundamentalismo religioso y tradiciones patriarcales persistentes. El partido rechaza la política del odio, al tiempo que mantiene una crítica a las “políticas identitarias” liberales que fragmentan la unidad de clase y al “capitalismo arcoíris” promovido por ONGs imperialistas, que mercantiliza la identidad sin alterar las estructuras de explotación. Su objetivo es integrar la liberación sexual y de género en un marco marxista-leninista, evitando tanto la negación dogmática como la cooptación liberal.

En cuanto a la crisis ecológica, el PCMK la entiende como parte inseparable de una “guerra de clases” más amplia y como producto directo de la acumulación imperialista. El imperialismo es responsable de más del 80% de las emisiones históricas de CO2, pero quienes padecen sus efectos son los campesinos africanos, no los terratenientes europeos; los pescadores de Lamu y del Lago Victoria, no los ejecutivos de Wall Street; y los pobres urbanos de Mathare y Kibera, no los multimillonarios de Davos. El partido rechaza el “lavado verde” del capitalismo y falsas soluciones como los mercados de carbono, a los que denomina “imperialismo verde”, y plantea una “Ecología del Pueblo”, vinculada a la revolución agraria, la soberanía alimentaria y el antiimperialismo, exigiendo reparaciones ecológicas a las potencias imperialistas.

Finalmente, el partido sostiene un firme compromiso con el internacionalismo y el panafricanismo revolucionario. Rechaza el panafricanismo vacío y dirigido por élites compradoras de instituciones como la Unión Africana, y aboga por una unidad continental basada en la lucha por el socialismo y contra el imperialismo. Las corrientes progresistas de la diáspora keniana son concebidas como un destacamento estratégico de la revolución, encargado de la educación política, la organización y la solidaridad internacional. Este trabajo es coordinado por el Departamento Internacional del Comité Central de Organización (IDCOC), que establece vínculos con movimientos revolucionarios de todo el mundo, desde Palestina y Filipinas hasta Cuba y Venezuela.

Hacia la victoria

La historia de la lucha revolucionaria africana está marcada por traiciones y derrotas profundas. Líderes que buscaron desarrollar proyectos de soberanía nacional, desde Pio Gama Pinto a Thomas Sankara, y desde Patrice Lumumba a Muammar Gaddafi, fueron derrocados y asesinados por potencias occidentales en colusión con élites compradoras nacionales. Cada una de estas luchas se apoyó en organizaciones de masas orientadas a unificar al pueblo en una lucha común por la emancipación y el socialismo. En todo el continente, estas luchas sufrieron retrocesos con la imposición del neoliberalismo y la desmovilización impulsada por ONGs, que transformaron la liberación en demandas de reforma.

Pero la lucha continúa. África sigue siendo el continente más explotado del planeta. Sus recursos son saqueados, su trabajo es devaluado hasta su destrucción sistemática, sus tierras robadas. Las deudas impuestas a sus naciones asfixian su capacidad de gobernar. Sus territorios están ocupados por fuerzas militares extranjeras que garantizan los intereses imperiales. ONGs, medios y proyectos académicos financiados desde Occidente ejercen un poder significativo. Como resultado, la vida del pueblo africano se acorta trágicamente, una crisis que el cambio climático amenaza con generalizar.

El PCMK se inscribe así en una larga tradición histórica que reconoce que la transformación revolucionaria de Kenia, y de otras naciones, es tanto una condición para la supervivencia como una consecuencia necesaria de las profundas contradicciones entre oprimidos y opresores. El partido avanza con el curso de la historia, aprendiendo de los éxitos y fracasos del pasado, para establecerse en cada lugar de trabajo, aldea rural y asentamiento urbano, elevando la organización y la conciencia de las masas hasta hacer posible su victoria final.

References

01
Karl Marx and Friedrich Engels, Manifesto of the Communist Party, trans. Samuel Moore (1888; repr., London: Penguin Classics, 2002),
02
Paris Yeros, "The Fifth Great Power and Polycentrism in the 21st Century," Agrarian South: Journal of Political Economy 13, no. 1 (2024): 6-32.
Available in
EnglishSpanishPortuguese (Brazil)FrenchItalian (Standard)ArabicChinese (PRC)
Translators
Santiago Martínez and Juan Pablo Fernández
Published
23.01.2026
Progressive
International
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