“Palestina es realmente el centro del mundo”, afirma Angela Davis. Esto puede implicar dos proposiciones simultáneas e igual de pertinentes. En primer lugar, al cometer en Gaza el primer genocidio del mundo transmitido en vivo, posibilitado por el Occidente colonial, la impunidad total de Israel ha dado paso a una era regida por la ley del más fuerte que no se había visto en décadas y que supone una amenaza para la humanidad en su totalidad, no solo para el pueblo palestino.
La fase actual del imperialismo estadounidense, sin precedentes en su abandono de toda farsa de respeto hacia los derechos humanos, la democracia, la paz o el derecho internacional, se fundamenta en y se ve envalentonada por las doctrinas y los mecanismos que Israel somete a prueba en el pueblo palestino. Por lo tanto, la resistencia a esta nueva fase destructiva y desenmascarada del imperio debe empezar con la finalización del genocidio en curso y de la impunidad de Israel. Tal como advirtió la sociedad civil palestina desde el comienzo del genocidio y como lo expresó el presidente colombiano Gustavo Petro: “Gaza es solo el primer experimento para considerarnos a todos y todas desechables”.
La segunda implicación de la afirmación de Davis es que la resistencia a este orden regido por la ley del más fuerte comienza desde Palestina, al tomar conciencia de la interseccionalidad de las luchas por la liberación, por la justicia y contra todas las formas de opresión, racismo y supremacismo en todo el mundo. Por el ataque ilegal y devastador de Israel y Estados Unidos contra Irán, que ha desencadenado una desastrosa guerra regional, se demuestra que detener a Israel y hacer que responda junto con sus cómplices por lo que ha hecho son las tareas más urgentes para evitar una Tercera Guerra Mundial.
Cuando la mayoría de los estados, incluidos los estados absolutamente colonialistas de Europa, están apaciguando al autoproclamado emperador del mundo y cuando el equipo perfecto para Israel está al frente de la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos, puede resultar bastante perjudicial mostrar solidaridad con la libertad y la justicia palestinas tal como el Grupo de La Haya se ha comprometido a hacer, pero es de extrema necesidad. Como dijo Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Para defender el derecho internacional, se debe primero terminar con la complicidad que existe en la comisión de crímenes atroces en cualquier lugar, incluidos Palestina, Sudán, el Congo e incluso Cuba, que está sometida a un bloqueo criminal. Esto es esencial para salvar a la humanidad de su caída al abismo distópico israelí-estadounidense.
Nuestra teoría del cambio en el movimiento BDS consiste en construir una masa crítica de poder popular para incidir en el cambio de políticas públicas, desde las bases hasta las cúpulas del poder. Para resistir y desmantelar un sistema de opresión, quienes la sufren invariablemente necesitan distintas clases de poder: solidario y efectivo, popular de base, mediático, cultural, de coaliciones interseccionales, de activismo jurídico, entre otros. Estamos logrando construirla con el respaldo de decenas de millones de personas en todo el mundo.
Hace unos meses, el primer ministro israelí Netanyahu, buscado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad, compartió su impactante pronóstico en el cual Israel se convierte en una súper Esparta, por lo que en efecto admitió por primera vez el aislamiento mundial sin precedentes de Israel. Incluso Trump, el presidente de Estados Unidos acusado de ser parte del caso Adelson-Epstein, advirtió a Israel sobre su aislamiento mundial en su reciente discurso ante el Parlamento israelí, donde dijo con su infinita elocuencia: “La cosa se estaba poniendo un poco fea ahí fuera, en el mundo. Y, al final, el mundo gana. No se puede vencer al mundo…”.
El mundo somos todas las personas que hemos luchado de forma persistente y estratégica para poner fin al genocidio de Israel y desmantelar su apartheid colonizador. El movimiento BDS ha sido el principal motor detrás del aislamiento de Israel y su sistema apartheid, tal como los propios grupos de poder israelíes han admitido en varias ocasiones. No hay duda de que cada boicot académico, cultural o deportivo, cada desinversión, cada política de adquisición ética, cada Espacio Libre de Apartheid (ELA) y cada presión para que se realicen embargos militares y energéticos o para que se lleve a cabo un aislamiento marítimo del apartheid contribuye a nuestra liberación.
Se dice a menudo que la esperanza no es una estrategia, y es así, pero colonizar con desesperanza las mentes de las víctimas de opresión es una de las armas más letales que empuñan quienes oprimen. El movimiento BDS, liderado por la mayor coalición palestina en la Palestina histórica y en el exilio, nutre una esperanza radical al canalizar nuestro dolor e ira indescriptibles en una energía estratégica basada en principios para construir un poder popular y así poner fin a la complicidad.
El pueblo palestino discrepa en muchas cosas. Sin embargo, es por medio de un consenso casi unánime que le pide a las personas con conciencia moral y al movimiento de solidaridad en todo el mundo dos cosas:
Estas obligaciones éticas trascendentes implican un esfuerzo para poner fin a todas las formas de complicidad estatal, corporativa e institucional en los crímenes de Israel contra nuestro pueblo.
Ante una amenaza, tanto los seres humanos como los animales se ven a menudo obligados a elegir entre la lucha o la huida. De manera similar, cuando las naciones se enfrentan a una amenaza común, cada una puede optar por luchar o por salvar su propio pellejo mediante el apaciguamiento y el sometimiento ante la presión, lo que debilita a la comunidad y aumenta la vulnerabilidad. Si eligen luchar, pueden hacerlo solas o en coalición con otras naciones que se enfrentan a la misma amenaza. En el "tiempo de los monstruos", como lo llama Gramsci, formar la coalición más amplia para luchar colectivamente por la humanidad no es una opción, sino una necesidad existencial.
Para concluir, hay integrantes del movimiento de solidaridad que han expresado fatiga ante el genocidio y la desesperación. Pues bien, el pueblo palestino no tiene el lujo de sentir fatiga ante el genocidio ni de abandonar toda esperanza. Además, como dice el escritor británico-pakistaní Nadeem Aslam: “La desesperación hay que ganársela. Personalmente, no he hecho todo lo que puedo para cambiar las cosas. Todavía no me he ganado el derecho a caer ante la desesperación”. La persistencia de la complicidad exige una solidaridad significativa para ponerle fin; para no hacer daño.
Palestina puede o no ser el centro del mundo, pero ahora es un prueba de fuego de la capacidad de la humanidad, de la mayoría mundial, del Sur y del Norte, para empezar a desmantelar cinco siglos de supremacismo blanco, colonialismo y esclavitud. Palestina, aunque sufre un dolor indescriptible, debería inspirar al mundo a resistir a los monstruos para alcanzar la emancipación, la justicia, la dignidad y la igualdad.
Podemos prevalecer. Vamos a prevalecer.
Omar Barghouti es cofundador del movimiento BDS por los derechos del pueblo palestino y receptor del Premio Gandhi de la Paz 2017.
