Colonialism

Tras bloquear el suministro de combustible, los Estados Unidos apuntan ahora al abastecimiento alimentario de Cuba

Los Estados Unidos están endureciendo las sanciones contra las importaciones de alimentos y la infraestructura portuaria de Cuba, utilizando el hambre como herramienta de presión para forzar un cambio de régimen, al tiempo que mantienen su propio monopolio sobre el comercio agrícola cubano.
Aunque Estados Unidos sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Cuba, las nuevas sanciones generan enormes riesgos de incumplimiento para las empresas de terceros países, lo que, a la práctica, aísla a Cuba de proveedores alternativos de alimentos. El bloqueo petrolero de EE. UU. ha reducido la producción agrícola nacional en un 60 por ciento y ha obligado a Cuba a importar entre el 70 por ciento y el 80 por ciento de sus alimentos; además, a través del alcance extraterritorial de la Ley Helms-Burton y la hegemonía del dólar estadounidense, Washington presiona a las empresas globales para que abandonen el comercio con Cuba. Es evidente que Estados Unidos está generando deliberadamente una situación de dependencia, utilizando los alimentos como arma política para desestabilizar al gobierno cubano y abrir el país a la propiedad privada estadounidense.

El derecho de Cuba a cultivar, procesar y consumir sus propios alimentos se encuentra bajo asedio.

En julio, el Departamento de Estado de los Estados Unidos anunció una ronda de amplias sanciones económicas contra Cuba dirigidas a sectores que históricamente se habían mantenido al margen, lo que limita la capacidad del gobierno cubano para adquirir productos agrícolas y equipos de procesamiento de alimentos de Terceros países al señalar específicamente al importador estatal de Cuba (GECOMEX) y al operador portuario (GEMAR).

Esto ocurre en el contexto del bloqueo petrolero que los Estados Unidos mantienen desde hace meses contra Cuba, el cual ya ha sumido en la miseria a la población general al obstaculizar los servicios básicos de salud y la seguridad alimentaria, y ha causado la muerte de decenas de pacientes en los hospitales cubanos. Una delegación del Congreso de los Estados Unidos que visitó el país a principios de julio describió la situación sobre el terreno como una «Gaza silenciosa».

Dado este contexto, tal vez le sorprenda saber que los Estados Unidos siguen siendo uno de los principales socios comerciales de Cuba, con exportaciones de más de $828 millones en mercancías el año pasado. Detrás de la aparente contradicción de que los Estados Unidos impongan sanciones a un país con el que hacen negocios, se esconde una estrategia tan antigua como el propio imperialismo. Los Estados Unidos están totalmente dispuestos a vender alimentos y otros productos selectos a Cuba, pero desean tener el monopolio de ese comercio.

Una pesadilla en materia de cumplimiento normativo

Durante décadas, las sanciones de los Estados Unidos contra Cuba se han enfocado en sectores controlados como la minería y el turismo, ambos importantes fuentes de divisas para el gobierno cubano. Durante este tiempo, los Estados Unidos se abstuvieron de sancionar a las entidades que importan ciertos bienes a Cuba, ya que esas transacciones provocan la salida de divisas del país —muy a menudo hacia empresas estadounidenses, pagas en su totalidad y por adelantado.

Las operaciones mineras y las cadenas hoteleras que operan en Cuba están acostumbradas a desenvolverse en entornos normativos complejos (al igual que la mayoría de las grandes empresas de esos sectores). Además, suelen ser empresas más pequeñas que no cotizan en bolsa. Sin embargo, el hecho de que el Departamento de Estado haya señalado específicamente a GECOMEX y GEMAR —que facilitan la importación y exportación física de prácticamente todo lo que entra y sale de la isla— aumenta los riesgos de cumplimiento normativo para las empresas manufactureras y de transporte. Esto, en sí mismo, constituye una escalada notable.

Por ejemplo, una empresa como el Grupo Bühler, un conglomerado industrial suizo, ahora enfrenta riesgos de cumplimiento si vende equipo de molienda de granos a Cuba. Lo mismo ocurre con una empresa de un tercer país que pudiera vender maquinaria para la limpieza y clasificación de legumbres. Si GECOMEX no puede importar equipo, sus filiales no pueden procesar de manera eficiente productos agrícolas como el trigo y los frijoles, lo que a su vez reduce la cantidad de alimentos básicos que llegan a los hogares cubanos.

Las sanciones contra GEMAR, el operador portuario, son aún más directas, ya que generan riesgos de incumplimiento para cualquier empresa naviera que le pague tarifas de atraque. Más de siete mil contenedores con destino a La Habana se encuentran ahora varados en todo el Caribe, después de que empresas como Hapag-Lloyd y CMA CGM suspendieran sus operaciones en Cuba. Por lo tanto, aunque existen excepciones humanitarias que permiten la importación de alimentos a Cuba por parte de Terceros países, esta nueva ronda de sanciones podría obstaculizar gravemente dichos envíos.

«Este tipo de medidas demuestran la intención genocida que subyace a la estrategia de “máxima presión” de los Estados Unidos», afirma Helen Yaffe, profesora de la Universidad de Glasgow y autora de *¡Somos Cuba! Cómo un pueblo revolucionario ha sobrevivido en un mundo postsoviético*. «La alimentación es una terrible vulnerabilidad que le fue impuesta a Cuba por la historia colonial e imperial. Todo el país se convirtió en un campo de caña de azúcar».

Los altibajos de la agricultura cubana

Inmediatamente después de la revolución, el gobierno cubano nacionalizó las fincas agrícolas, plantaciones y haciendas más grandes, mientras que dejó independientes a muchas pequeñas explotaciones campesinas. Durante el Período Especial (tras el colapso de la Unión Soviética), Fidel Castro promulgó la Tercera Ley de Reforma Agraria de Cuba, que asignó más tierras a las cooperativas y a los agricultores familiares mediante derechos de usufructo. Esto descentralizó la producción agrícola del gobierno, transformando las granjas estatales dependientes de las importaciones en Unidades Básicas de Producción Cooperativa.

«Las redes de agricultor a agricultor capacitaron a más de 200,000 familias campesinas en métodos agroecológicos», afirma Margarita Fernández, del Instituto de Agroecología del Caribe (CAI), que promueve prácticas agrícolas sostenibles y la soberanía alimentaria. Durante el Período Especial, los huertos urbanos (organopónicos) proliferaron por toda La Habana; el gobierno cubano estimó que más del 50 por ciento de las frutas y verduras que se consumían en la capital se cultivaban allí.

En su libro The Greening of the Revolution, el activista por el derecho a la alimentación Peter Rosset sostiene que este fue «el mayor intento de conversión de la agricultura convencional a una alternativa, semiorgánica, en la historia del mundo».

«Durante un tiempo, Cuba se convirtió en un símbolo mundial de cómo podría ser la agricultura tras la era de los combustibles fósiles», afirma Fernández.

En el apogeo de este movimiento, a mediados de la década de 2000, entre el 35 y el 40 por ciento de todas las caloríasconsumidas en Cuba provenían de la agricultura nacional. Sin embargo, el Período Especial finalmente llegó a su fin cuando Cuba estableció una asociación comercial más estrecha con Venezuela bajo el mandato de Hugo Chávez. Una vez más, Cuba tuvo acceso a los insumos de petróleo que hacen posible la agricultura industrial.

«A medida que las condiciones económicas mejoraban de manera intermitente, legisladorxs a menudo volvían a la agricultura industrial convencional», afirma Fernández. «La agroecología nunca se institucionalizó plenamente como la base del sistema alimentario. En cambio, se la trató como un sustituto de emergencia».

De hecho, los rendimientos de los cultivos y la ganadería ya estaban disminuyendo antes del Período Especial. A finales de la década de los 80, el modelo de agricultura industrial de Cuba provocó una grave compactación y degradación del suelo, lo que causó una caída en el rendimiento de la producción agrícola no relacionada con la caña de azúcar.

Los rendimientos también habían venido disminuyendo en los últimos años antes de que los Estados Unidos tomaran el control del gobierno venezolano en enero y desencadenaran la crisis actual. Entre 2018 y 2023, la cosecha nacional de cultivos básicos como el arroz se redujo en más del 50 por ciento. La filial estadounidense del Programa Mundial de Alimentos estima que Cuba ahora depende de las importaciones agrícolas para satisfacer entre el 70 y el 80 por cientode sus necesidades.

Puede que eso no parezca una reducción muy grande, pero es importante recordar que no todas las calorías son iguales. Históricamente, Cuba se ha mantenido un 90 por ciento autosuficiente en lo que respecta a frutas y verduras, que están llenas de vitaminas y fibra, pero contienen muy poca proteína. Sin embargo, Cuba produce ahora menos del 1 por ciento de las aves de corral que consume, y su industria porcina se derrumbó recientemente.

Muchas siguen dependiendo de métodos de riego que funcionan con gasolina y diésel. Y aunque el uso de biofertilizantes y biopesticidas, en lugar de derivados de combustibles fósiles, está muy extendido, estos dependen de un transporte estable para distribuir los cultivos vivos desde los laboratorios hasta los campos remotos antes de que se echen a perder —algo prácticamente imposible dado el brutal bloqueo energético de los Estados Unidos.

Las estimaciones varían, pero las defensorxs de estos métodos sostienen que ampliar las prácticas agroecológicas podría reducir la dependencia de las importaciones agrícolas entre un 35 y un 40 por ciento. Otrxs estiman que podría cubrir el 70 por ciento de todas las calorías que se consumen en Cuba. Esto también ayudaría a reducir los déficits comerciales agrícolas, que organizaciones como el CAI consideran un impedimento para una mayor soberanía alimentaria.

El gasto cubano en importaciones agrícolas extranjeras fue de 2.7 mil millones de dólares en 2024, dominado por la carne (458 millones de dólares) y los cereales (177 millones de dólares).

Cuba también debe lidiar con un vecino del norte agresivo que no solo limita su capacidad para comerciar libremente y recibir combustible, sino que además defiende ferozmente sus mercados existentes.

«Cualquier intento de cultivar alimentos para el consumo local enfrenta la oposición del lobby agrícola estadounidense», afirma Yaffe.

Un mercado claramente poco libre

De los alimentos que importa Cuba, $403 millones provienen de los Estados Unidos, $328 millones de Argentina y $282 millones de Brasil. Pero, una vez más, no todas las calorías son iguales. Cuba importa el 85 por ciento de su trigo de Canadá y —quizás lo más importante— el 80 por ciento de sus aves de corral de los Estados Unidos.

Los cuartos y muslos de pollo congelados son la proteína animal más asequible y accesible en la dieta cubana. Cuba ha sido uno de los cinco principales mercados de exportación de aves de corral estadounidenses durante más de diez años, por delante de países con poblaciones enormes como Filipinas y China. El año pasado, los Estados Unidos exportaron 298 millones de dólares en aves de corral a Cuba, prácticamente todo ello en forma de cuartos y muslos de pollo congelados.

Se espera que las últimas sanciones inclinen aún más la balanza del comercio agrícola a favor de los Estados Unidos.

Es poco probable que el sector agroindustrial canadiense vea ventajas en continuar con 278 millones de dólares canadienses en comercio agrícola con Cuba, ante los riesgos de incumplimiento normativo que ya han llevado a una destacada empresa minera a verse obligada a venderse a un comprador estadounidense aliado de Donald Trump. A modo de comparación, Canadá realizó más de 100 mil millones de dólares canadienses en comercio agrícola en 2024, de los cuales el 62 por ciento fue con los Estados Unidos.

«Si usted es un tercer país y suministra bienes o servicios a una parte bloqueada, puede ser bloqueado», explica Robert Muse, un destacado abogado especializado en leyes y regulaciones estadounidenses relacionadas con Cuba. «Entonces, cualquiera que le suministre bienes o servicios a usted puede ser bloqueado… y así sucesivamente». El Título III de la Ley Helms-Burton, que expone a las empresas privadas a demandas judiciales si negocian con activos expropiados durante la Revolución Cubana, puede, en teoría, extenderse sin límites.

Además de su deseo de acceder al mercado de los Estados Unidos, existe al menos otra razón por la que las empresas no realizan una rebelión contra estos riesgos innecesarios de cumplimiento: «El sistema bancario internacional y la supremacía del dólar estadounidense impiden que las empresas contraataquen», afirma Helen Yaffe. Las transacciones en dólares, que representan la mayor parte del comercio mundial, deben pasar por el sistema bancario de los Estados Unidos.

Esto deja a Cuba con un único socio comercial sin fricciones: el país que actualmente intenta desmantelar su gobierno. «Las empresas estadounidenses serán los inversionistas preferidos en la “nueva Cuba” que los Estados Unidos están tratando de forjar mediante sanciones secundarias», afirma Muse.

Moldear a Cuba según el modelo de países latinoamericanos como Guatemala, atrapados en una relación de dependencia e intercambio desigual con los Estados Unidos, parece ser la ambición última de la administración de Trump. En cuanto al papel de la agricultura en esta gran estrategia, «la influencia de los Estados Unidos sobre el gobierno cubano aumenta a medida que aumenta la cantidad de alimentos que importa a Cuba», señala Muse.

Esto podría ayudar a explicar la última ronda de sanciones. Al mantener las excepciones humanitarias mientras se atacan la industria portuaria y los importadores, los Estados Unidos pueden afirmar que no están prohibiendo la importación de alimentos a Cuba, aun cuando provoquen que la producción nacional de alimentos y las importaciones de estos se desplomen.

«El efecto se ve multiplicado por la escasez alimentaria ya existente. Es posible que Cuba obtenga el 16 por ciento de sus alimentos importados de los Estados Unidos, pero si se elimina el otro 84 por ciento, ahí sí que se tiene una catástrofe», afirma Muse.

Por el momento, la mayor parte del mundo no está dispuesta a arriesgar el acceso al mercado estadounidense y a los sistemas de pago y crédito al seguir comerciando con Cuba. Sin embargo, la presión para encontrar una alternativa sigue aumentando a medida que las volátiles políticas comerciales de los Estados Unidos y su régimen de sanciones unilaterales se ven sometidos a una presión cada vez mayor en el contexto de las perturbaciones comerciales relacionadas con la guerra contra Irán.

«Si Cuba aún pudiera comerciar con el resto del mundo, podría prosperar», afirma Yaffe.

Los Estados Unidos han aprovechado el alcance ilimitado de la Ley Helms-Burton y la hegemonía del dólar para crear un entorno regulatorio y un régimen de sanciones tan severos que ningún actor racional se atrevería a desafiarlos. Al mismo tiempo, su bloqueo petrolero ha hecho que la soberanía alimentaria a través de un modelo agrícola industrial sea casi imposible, lo que ha dejado a Cuba dependiente de la agroindustria estadounidense para obtener proteínas baratas.

Mientras tanto, las sanciones bancarias, mineras y turísticas han privado a Cuba de las divisas que necesita para financiar una transición hacia modelos agrícolas más sostenibles. En otras palabras, mientras los Estados Unidos buscan derrocar al gobierno cubano y abrir el país a la propiedad privada estadounidense, están utilizando el acceso a los alimentos como la máxima herramienta de presión.

Logan McMillen escribe análisis de política exterior desde la perspectiva de la economía política crítica y la geografía, con especial enfoque en América Latina.

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Author
Logan McMillen
Translator
Maria Inés Cuervo
Date
07.09.2026
Source
JacobinOriginal article🔗
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