War & Peace

Defendiendo el Territorio en Filogringo Contra «Viento y Marea»

Para la comunidad campesina de Filogringo, en la región del Catatumbo de Colombia, «defender el territorio» significa memoria colectiva y supervivencia cultural frente al abandono del Estado, la violencia paramilitar, la extracción de recursos y los bombardeos militares.
Basándose en testimonios de primera mano, el artículo revela que la violencia actual —en la que están involucrados el Ejército colombiano, el ELN y el llamado Frente 33— forma parte de un patrón más amplio de despojo impulsado por intereses extranjeros y nacionales en el petróleo, los minerales, la madera y el agua. Lxs residentes describen cómo el Estado les ha marginado históricamente, se ha confabulado con los paramilitares y ahora utiliza ataques con drones y herbicidas químicos como el glifosato y el glufosinato contra la población civil bajo el pretexto de la política de contrainsurgencia y la lucha contra el narcotráfico.

Muchxs podrán decir, fríamente, que la guerra es así y que Filogringo es un escenario del conflicto actual que involucra al Frente 33 de las extintas FARC, al Ejército colombiano y al Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Pero esto es solo una cara de la realidad. En Filogringo y sus alrededores abundan recursos naturales codiciados por lxs más ricxs, tanto nacionales como internacionales, desde hace casi un siglo. Desde hace noventa años, lxs habitantes del Catatumbo han tenido que defender su territorio. No es solo por la situación que se vive ahora ni únicamente por las confrontaciones entre las partes en conflicto.

¿Qué significa el territorio que defienden las y los habitantes de Filogringo?

Un habitante lo explica así: «Cuando hablamos de nuestro territorio, no pensamos en un pedazo de tierra en específico, sino en toda la región del Catatumbo. Porque la cultura, el amor de la gente y la fraternidad son lo mismo. Todxs están prestos a colaborar, a ayudar, a construir y a generar alternativas que nos permitan mantenernos aquí».

Otro dirigente de esta comunidad, profundamente afectada, comparte:

«Defendemos nuestro territorio porque hemos tenido una lucha constante aquí: una lucha por el agua, por la montaña, por todo. Hemos creado muchísimas cosas en el territorio y defendemos esos avances. Hicimos escuelas, puestos de salud, construimos carreteras y puentes para vehículos, con recursos de nuestro bolsillo, de las comunidades. Soy orgulloso de ser campesino en Catatumbo porque sabemos sembrar nuestras plantas sin tecnología. Sabemos cómo sembrar el cacao, en qué momento podarlo, cómo cultivar la mata de plátano, cuándo sembrar el maíz y el fríjol. Lxs viejxs nos lo enseñaron, y todo esto es construir territorio».

Finalmente, explican que defender su territorio es defender su historia:

«En 1987 yo tenía 16 años. En las comunidades no teníamos nada: ni vías, ni electricidad, ni escuelas. Entonces lxs dirigentes de la región nororiental dijimos que necesitábamos un pliego de peticiones al Estado colombiano. Con eso fuimos al paro nororiental. Yo era muy joven, pero hicimos ese pliego a mano y luego con una máquina de escribir, y fuimos a los paros. Fue entonces cuando el Estado comenzó a matar a lxs líderes. Conocí a un muchacho de unos 27 años, al que llamaban el Camaleón por una enfermedad de la piel. Vivía en la comunidad vecina de San Luis. En la cancha, el Ejército llegó una mañana y, vulgarmente, lo caparon. Lo llevaron bajo el puente Cajón y ahí bajaba el chorro de sangre; el muchacho se desangró. Su memoria es parte de nuestro territorio».

No se trata de defender simplemente una parcela, sino de defender, ante la barbarie, ese territorio que ha definido toda una tradición y unas formas de ser en comunidad. Es defender ese lugar donde aún se construyen sueños y proyectos de vida digna.

¿De qué y de quiénes defienden el territorio?

Lxs luchadorxs de Filogringo tienen claro a quién deben enfrentar: al Estado colombiano.

«Actualmente tengo 58 años. Desde los 14 comencé a participar en la Junta de Acción Comunal. Desde ese momento tengo la noción de que el territorio es algo que hay que defender. Hay que defenderlo de un Estado que nos ha mantenido marginadxs y en el abandono estatal, siempre. El mismo Estado creó el paramilitarismo como un aparato represivo para desplazar a la gente, con toda la intención de entregar toda la región a la extracción minera».

Cuando lxs habitantes de Filogringo hablan del Estado, no se refieren solo al aparato institucional, sino a todo lo que este representa, promueve y defiende: el paramilitarismo y el despojo.

«Otros países, como los Estados Unidos, quieren tomar nuestro territorio. Es por los minerales, el petróleo, el carbón, el oro, las tierras raras, la madera y el agua», explica un dirigente comunal.

Y es precisamente allí, desde esa concepción ideológica, donde se da la disputa por el territorio: la idea de que el territorio se define por los recursos naturales disponibles para saquear, y no por la cultura de la gente, sus necesidades y su lucha.

Toda una historia de incursión y defensa del territorio

La historia de la región muestra cómo esto ha tenido como consecuencia repetitiva grandes masacres y desplazamientos.

«En los años treinta llegaron las petroleras estadounidenses y desterraron a lxs hermanxs barí del territorio. Creaban equipos de cacería con perros para salir a cazarlxs, y era legal. Luego se estableció un alemán que explotaba la madera y dio nombre a nuestro corregimiento: “Filogringo”. También en esa ocasión llegaron las fuerzas militares colombianas a desterrar. Pero no lograron matar a todxs lxs barí; aquí están todavía».

Luego vino el paramilitarismo —entendido como política o estrategia de Estado—, tal como lo dijo el poblador citado anteriormente. Otro habitante recuerda ese capítulo:

«Llegaron entre 2000 y 2001 y decían que la gente que vivía al otro lado del río éramos guerrillerxs, y que quien cruzara el puente era un objetivo militar. Masacraron a varias personas. El Gobierno debía defendernos, pero los paracos entraban junto con la fuerza pública y sus aparatos represivos. Los helicópteros y aviones bombardeaban y disparaban ráfagas desde arriba, y el paramilitarismo, por abajo, a pie, sacaba gente, masacraba y desplazaba. Le prendieron fuego a casi todas las viviendas del pueblo. Estuvieron cuatro años en Filogringo. Quedó muy poca población. Las familias que permanecieron tenían que hacerles servicios, traerles mercado y cosas así, no con la intención de hacer su trabajo sucio. Algunxs se fueron a Bogotá, otrxs se distribuyeron en diferentes ciudades del territorio y otrxs pidieron asilo en Canadá. El tejido social se destruyó. Hasta pasado un par de años, volvimos a poblar Filogringo y reconstruimos nuestra Junta de Acción Comunal con el apoyo del proceso social CISCA. Incluso creamos el Festival por la Vida Campesina en el Territorio del Catatumbo, que celebrábamos año tras año; con los fondos recogidos logramos comprar una finca a nombre de toda la comunidad. También conseguimos que el Estado nos indemnizara por lo que sufrimos durante la incursión paramilitar»[1].

El paramilitarismo no es un actor definido que pueda identificarse fácilmente, ni un grupo que simplemente muta o cambia de nombre para perdurar y llegar a más territorios. Como política de Estado y estrategia contrainsurgente, no ha desaparecido, sino que se ha reciclado: pasó de las grandes masacres visibles de los años ochenta y noventa a un control social mucho más silencioso, sofisticado y clandestino. Hoy, el operador del Estado colombiano se llama Frente 33 del Bloque Magdalena Medio del Estado Mayor de Bloques y Frentes (EMBF). La población tiene pocas dudas sobre quiénes lanzan los drones contra sus casas.

El hecho de que su territorio haya estado militarizado desde 2025, cuando el gobierno de Petro declaró el Estado de Conmoción Interior, pero que esa fuerza nunca haya sido atacada, resulta revelador de la relación existente. Y aunque, desde una lógica de guerra, se supondría que el principal objetivo sería el ELN, todo parece indicar que, en realidad, el blanco ha sido la población.

El día antes del ataque de los Estados Unidos a Venezuela que produjo el secuestro de Nicolás Maduro, el entonces presidente Petro declaró que Filogringo era una “zona simbólica de la producción traqueta y del dominio del ELN”. En las mismas declaraciones agregó: «Hasta el último día de mi gobierno y después, buscaré que el Caribe sea zona de paz y que el pueblo de Venezuela encuentre una salida política a sus diferencias y se vote constituyentemente». Anunció que “ya entró el Ejército bajo mis órdenes a Filo Gringo”.

Esta combinación de dichos y hechos generó suspicacias sobre el papel del gobierno progresista en el ajedrez geopolítico y contribuyó a la histórica estigmatización de lxs habitantes del pueblo.

Nuevos desafíos bajo la bota de Abelardo De la Espriella

Pero el gobierno de Abelardo de la Espriella ha dado un gigantesco paso más allá. Tres días después de tomar posesión como jefe del Estado colombiano, a horas del inicio de la emergencia humanitaria nacional provocada por el terremoto cuyo epicentro se ubicó en el suroccidente del país, De la Espriella ordenó el bombardeo del vecino corregimiento de Sinaí. Tres campesinos resultaron heridxs, incluida una mujer de 44 años, y posteriormente se reveló que un menor de 16 años murió a causa del bombardeo. Una casa quedó destruida y la población fue desplazada.

El Gobierno reportó dos bajas de combatientes del ELN, pero lo que más sobresale del ataque es el daño causado a la población civil.

Un campesino de Filogringo reflexiona sobre los hechos:

«Están bombardeando las casas de lxs campesinxs. Con eso, nosotrxs decimos que puede haber un amangualamiento entre el poder militar y ellos [el Frente 33] para seguir matando campesinxs».

Dado que los drones tienen un alto grado de precisión, sería ingenuo pensar que esta agresión sea una coincidencia. Otra dirigente comunal explica: «Con la tecnología han hecho un trabajo: han completado croquis de todas las veredas. Con el GPS ya tienen nuestras casas ubicadas. Saben dónde vive mi papá, dónde vive el hijx, dónde vive la familia. Esto nos preocupa enormemente para nuestra permanencia en el territorio hoy».

Agrega que: «puede producir quemaduras químicas severas por contacto con la piel y los ojos. Por otra parte, en los ecosistemas acuáticos, es extremadamente tóxico para peces y plantas marinas si llega a los ríos. Además, puede alterar el comportamiento de los insectos, destruir larvas de abejas, reducir la cobertura vegetal y acelerar la erosión. En animales domésticos, la ingestión puede causar temblores, asfixia y vómitos, mientras que el contacto provoca quemaduras»[2].

Adicionalmente, De la Espriella derogó la resolución de 2015 que suspendía el uso de glifosato en la segunda semana de su mandato.

Un dirigente campesino de Filogringo ilustra la ineficacia de este herbicida para erradicar la coca:

«El glifosato ni daña la coca. La fumigan y a los seis meses están raspando de nuevo. Pero a una mata de cacao o café le cae veneno y eso sí se muere. A un corte de yuca le cae veneno y ya no te lo puedes comer». Y añade: «El glifosato, además de contaminar el agua, es cancerígeno. Por eso está prohibido en Estados Unidos, donde lo producen. Vienen a experimentar nuevamente con las ratas de laboratorio que, en este caso, seguimos siendo nosotrxs».

Minería y fracking en el Gobierno de De la Espriella

Abelardo De la Espriella prioriza la explotación de hidrocarburos y la minería como motores de desarrollo. Lo ha dicho reiteradamente y ha iniciado un proceso de flexibilización de las pocas restricciones ambientales y legales que existían en la administración anterior. La celebración del fracking es la punta del iceberg de lo que será su política de hidrocarburos y minas.

Una dirigente social expresa lo que esto implica para ellxs:

«Solo queda un obstáculo para que saquen esos recursos hoy en día: nosotrxs, lxs liderazgos que siempre nos hemos opuesto a la explotación de los recursos naturales en la región. Somos la contrapropuesta a ese plan de enriquecerse a costa de lxs campesinxs. Eso nos convierte en un punto de ataque para ellxs».

¿Qué significa “Defender el Territorio” en este contexto?

«En este momento, para nosotrxs en Filogringo, defender el territorio significa ofrendar hasta la vida misma», reflexiona, valiente y realistamente, un dirigente campesino. «A pesar de la adversidad, todos los días nos levantamos con la moral y con las ganas de salir adelante. Salir adelante significa seguir produciendo, aunque cultivar es un peligro porque hay tierras minadas y “quienes andan por ahí y no nos quieren”. Tenemos dificultades logísticas, de transporte, de costos en los productos y de comercialización, más de lo usual. Pero seguimos trabajando el campo».

Lxs dirigentes también hablan de la necesidad de defender su cultura en un contexto donde hasta las costumbres más inocuas se han vuelto peligrosas:

«Nosotrxs siempre hemos respetado el luto. Si se le moría un hermano, su padre o un hijo, usted se vestía unos dos años de negro, todo de negro. Pero hoy no podemos ponernos ni una camisa negra porque nos señalan (como guerrillerx) por una triste camisa negra».

Piensan que es necesario estrechar la articulación entre comunidades, la solidaridad nacional e internacional, la construcción de una red de defensa frente a probables judicializaciones y la movilización social con mecanismos de autoprotección ante un gobierno que amenaza con reprimir duramente a quienes piensan protestar.

Además, saben que, aunque De la Espriella cuenta con un fuerte apoyo del imperio estadounidense y de muchos gobiernos que se han sumado o se han sometido a la ola de fascistización en el continente, también hay pueblos pendientes de su proyecto y del curso de los derechos humanos en Colombia.

Por eso, la denuncia de violaciones de derechos humanos ocupa un lugar fundamental en sus mecanismos de autoprotección. También es importante mantener viva la memoria de lo que la comunidad ha vivido históricamente, y fortalecer al Comité de Tejedores, un grupo de sobrevivientes de las incursiones militares y paramilitares que se ha convertido en el referente organizativo para la memoria histórica.

Finalmente, defender el territorio significa mantener y avivar la organización social, una tarea difícil frente a las bombas que caen casi todos los días.

«Es un momento superimportante para organizarnos mejor y para conocer de fondo lo que nos viene, porque es como cuando usted juega un partido de fútbol: si estudia al rival, sabe cómo enfrentarlo. Seguimos con toda la intención de ayudar a la comunidad. No nos han bajado la moral», explica un dirigente de ASOJUNTAS.

Lxs dirigentes comunales y habitantes de Filogringo, que enfrentan una realidad tan dura que los mantiene entre la vida y la muerte, son un ejemplo de tenacidad, fortaleza y valentía para otras comunidades de Colombia y de América Latina que luchan por defender su territorio y generar alternativas de vida, disputando los poderes que controlan el mundo.

El Equipo Jurídico Pueblos es una organización de derechos humanos.

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Date
28.09.2026
Source
Colombia InformaOriginal article🔗
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