Imperialism

Los Emiratos Árabes Unidos están arrasando con Sudán para obtener ganancias

Los EAU son el actor externo más relevante en la guerra civil en Sudán, ya que proporcionan armas y financiamiento a las FAR a través de un proyecto subimperial impulsado por motivos económicos, políticos y contrarrevolucionarios.
Mientras que Chad, Etiopía, Uganda, Kenia y Sudán del Sur apoyan a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), y Egipto, Arabia Saudita y Eritrea respaldan a las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), el papel de los EAU se basa en: hegemonía económica (contrabando de oro y dominio de puertos/logística), expansión política (proyectar influencia sin un imperio formal), contrarrestar el miedo al contagio democrático luego de las revueltas árabes de 2011. Un aspecto grave es que los gobiernos occidentales (los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Canadá) hace mucho saben del apoyo de los EAU a las FAR gracias a la información de inteligencia, las investigaciones de los medios de comunicación y los informes de organizaciones como el Humanitarian Research Lab de Yale, y sin embargo priorizaron las relaciones con el Golfo en vez de actuar.

En un momento u otro, los gobiernos sudaneses han albergado, suministrado armas o tolerado a grupos rebeldes y opositores de países vecinos, desde Egipto y Libia hasta Uganda y Etiopía. Los vecinos de Sudán le han devuelto el favor, y ahora un grupo de actores externos está involucrado en la guerra civil sudanesa.

Los principales partidarios de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) incluyen a Chad, Etiopía, Uganda, Kenia y Sudán del Sur. Egipto, Arabia Saudita y Eritrea apoyan a las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y al gobierno de facto. De entre todos los actores externos, los Emiratos Árabes Unidos son el más relevante, a pesar de tener menos razones para estar involucrado.

Todos los demás agentes externos tienen intereses en Sudán que derivan de la geografía, la exposición a riesgos de seguridad o la afluencia de refugiados sudaneses. Incluso Arabia Saudita, que no es un país vecino, comparte la costa del mar Rojo con Sudán y tiene un interés directo en estabilizar sus fronteras marítimas occidentales.

Los EAU no tienen un interés de seguridad, no comparten fronteras o ríos y no tienen razón para preocuparse por que los refugiados lleguen al territorio de los Emiratos. Solo podemos entender su papel en Sudán como parte de un proyecto subimperial más amplio que se basa en cuatro pilares estratégicos conectados.

Los cuatro pilares

El primer pilar es la hegemonía económica. Las minas controladas por las FAR en Darfur abastecen oro que se introduce de contrabando en Dubái, a menudo llevado a través de Sudán del Sur, Egipto, Chad o la República Centroafricana. Este oro se puede monetizar en una moneda fuerte que sustente la guerra, a la vez que confiere a los EAU influencia sobre la trayectoria económica y política de Sudán.

Además del oro, Sudán también es un nodo crítico en la estrategia a escala continental de los EAU de dominio de puertos y logística. Dicha estrategia forma parte de un programa de inversiones que ahora vale más de $110 mil millones en todo el continente, con decenas de concesiones portuarias, puertos secos y centros logísticos. Una de las razones por las que la guerra sirve a los intereses de Abu Dabi es el control de la riqueza portuaria, terrestre y mineral de Sudán.

El segundo pilar es la expansión política. Sudán representa una frontera estratégica para los esfuerzos de los EAU de proyectar una influencia política en toda África sin incurrir en los costos de un imperio formal. Una potencia subimperial no es una fuerza imperial mundial. Más bien, opera como un actor imperial dentro de su esfera regional mientras alinea sus acciones con los intereses globales de una potencia mundial como los Estados Unidos. El oro de Sudán, sus tierras agrícolas fértiles, su costa con el mar Rojo y su gran tamaño lo convierten en un lugar de pruebas central para ese proyecto.

El tercer pilar es el deseo de los EAU de contrarrestar los movimientos políticos islamistas y la influencia de Irán. Abu Dabi ha estado dispuesto a cooperar con los gobiernos islamistas, incluido el régimen de Omar al-Bashir en Sudán, siempre y cuando le resultara conveniente, tal como a Irán le ha funcionado por mucho tiempo como una manera de evadir sanciones internacionales. Los líderes de los EUA en realidad no se oponen al islam político o a Irán en sí, sino a cualquier fuerza política, sea islamista, secular, socialista o democrática, que amenace su orden regional de preferencia.

El último pilar es la preocupación por la supervivencia del régimen y el miedo al contagio democrático. El origen de esta preocupación se remonta a 2011, cuando los levantamientos árabes pusieron a los EAU ante una amenaza existencial a su propio modelo de gobierno. La respuesta de los EAU fue convertirse en una fuerza contrarrevolucionaria organizada en toda la región, con intervenciones en distintos países a través de diferentes medios.

Tales intervenciones incluyeron financiar el golpe de Estado que puso en el poder a Abdulfatah al Sisi en Egipto y apoyar la milicia de Jalifa Haftar en Libia. En cada caso, un movimiento popular o revolucionario amenazaba un orden regional que Abu Dabi quería preservar y actuó para revertirlo.

La revolución sudanesa en diciembre de 2018 provocó la misma reacción. No porque Sudán amenazara la economía de los EAU, sino porque el éxito de una transición democrática al lado del Golfo, obtenido por personas comunes y no por la élite, podría convertirse en un modelo peligroso para su propia población y para la región en general, que los EAU buscan moldear.

Una red regional

La mayoría de los estados que actúan como facilitadores de las FAR no lo hacen solo por un interés propio en lo que ocurre en Sudán. Actúan, en mayor o menor medida, en nombre de los EAU, como parte de una red que también se extiende a actores como Ruanda y el estado autoproclamado autónomo de Somalia, Puntlandia.

Los EAU han construido relaciones financieras y diplomáticas sólidas con los líderes de estos estados durante más de una década. Esas relaciones se basan en inversiones, financiamiento de infraestructura, cooperación en materia de seguridad y (en algunos casos documentados) influencia directa sobre funcionarios gubernamentales específicos.

Los detalles varían de un país a otro. En Libia, los EAU usan el territorio, el espacio aéreo y las bases militares de la milicia de Jalifa Haftar para trasladar armas y combatientes a Sudán. En Etiopía, Reuters identificó un campo secreto financiado por los EAU cerca de la frontera con Sudán para entrenar combatientes de las FAR. Por medio de informes se han encontrado más rutas de abastecimiento para las FAR a través de Ruanda, Uganda, Kenia, la República Centroafricana y más, así como instalaciones en Chad y Sudán del Sur encubiertas como lugares con fines humanitarios o médicos que en la práctica facilitan la transferencia de armas y el tratamiento de combatientes heridos de las FAR.

Otros actores

Hay otros actores externos que merecen ser mencionados, incluso si tienen menos peso que los EAU. A lo largo de la historia, Catar ha apoyado al antiguo régimen islamista y, por extensión, a las FAS, pero no hay evidencia de que tenga un papel activo hoy en día.

Irán y Turquía se han posicionado como proveedores y facilitadores de las FAS, ya que el ejército nacional de Sudán no está sujeto a ningún embargo mundial de armas. A Ankara le interesa el comercio, la influencia diplomática y la expansión de la industria de defensa, así como las concesiones agrícolas y el acceso a los puertos. Por su parte, Teherán ve el corredor del mar Rojo desde la perspectiva de su rivalidad con Israel, los Estados Unidos y Arabia Saudita. Los lazos con Sudán que complican las cosas para estos rivales tienen un valor estratégico.

Israel ha mantenido contactos discretos con Abdelfatah al Burhan de las FAS y Hemedti de las FAR como parte de su objetivo de normalizar relaciones con los países árabes y su estrecha alineación con los EAU. Rusia empezó a participar en la economía del oro de Sudán a través de la milicia del Grupo Wagner, se inclinó por las FAR al principio de la guerra y luego se acercó al ejército para mantener abierta la posibilidad de un punto de apoyo naval en el mar Rojo.

Complicidad occidental

Ninguno de los grandes países occidentales es solo un observador. Los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Canadá han perfeccionado el idioma de expresar preocupación mientras priorizan sus relaciones con los estados del Golfo (en particular con los EAU en este caso).

Estos gobiernos han sabido por mucho tiempo, en detalle, lo que los EAU están haciendo. Sus propios servicios de inteligencia y funcionarios tenían acceso a la información que necesitaban, y organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch publicaron investigaciones detalladas. Medios de comunicación como el New York Times, el Wall Street Journal y Le Monde han documentado el apoyo de los EAU a las FAR.

El Humanitarian Research Lab de Yale alertó en repetidas ocasiones a los gobiernos de los Estados Unidos y Gran Bretaña y al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de que más de un millón de civiles quedarían atrapadxs en el ataque de las FAR a la ciudad de El Fasher y que el tiempo se agotaba. Los funcionarios en Washington y Londres sabían que las FAR estaban a punto de capturar El Fasher y que se producirían atrocidades masivas. Los Estados Unidos estaban organizando negociaciones con representantes de las FAR y el gobierno de Sudán en el mismo momento en que cayó El Fasher, pero no sirvió de nada.

Francia y Canadá recibieron reportes de que las FAR estaban usando armas francesas y canadienses suministradas a los EAU en Darfur, lo que violaba directamente el embargo de armas de la ONU, y no actuaron. Cuando por fin hubo sanciones, estas acabaron recayendo sobre colombianos reclutados para pelear como mercenarios, pero no sobre las compañías y funcionarios emiratíes que financiaron y facilitaron dicho reclutamiento en primer lugar.

Imposición de costos

La propia historia de procesos de paz auspiciados por actores internacionales que ha vivido Sudán es una advertencia clara contra la tentación de creer que el papel de la comunidad internacional es el de diseñar o forzar un acuerdo, ya sea a través de negociaciones, la distribución del poder o arreglos de transición diseñados desde el exterior.

Se ha intentado usar ese método repetidas veces, desde el Acuerdo General de Paz (CPA, por sus siglas en inglés) al Documento de Doha para la Paz en Darfur, al acuerdo marco que precedió esta guerra. En cada ocasión se han producido los mismos resultados: acuerdos que distribuyen el poder y los cargos entre las facciones armadas, promesas de desarrollo que rara vez llegan a las comunidades que lo necesitan y dejar a los responsables de la violencia masiva en una posición de volver a luchar una vez que los incentivos cambian.

El papel que la comunidad internacional de verdad puede desempeñar es más limitado y más útil que el que trata de asumir. Puede detener a los estados que impulsan la guerra a través de armas, financiamiento y logística, lo que implicaría señalar e imponer costos reales a los gobiernos que facilitan las acciones de las FAR y, en primer lugar, por mucha diferencia, a los EAU.

Las personas, las empresas y los circuitos financieros que mueven las armas y el oro deben ser sancionados, no solo los mercenarios reclutados que se encuentran al final de la cadena. Los activos de los EAU y de las empresas vinculadas a dicho país se pueden rastrear y forman parte de los sistemas bancarios y mercados inmobiliarios de todas las principales capitales occidentales. Se podrían utilizar como medio de presión en vez de ser considerados intocables.

El patrón subyacente de injerencia regional no ha cambiado desde el 2023. Lo que ha cambiado es que ese actor sin intereses directos y con capacidad inigualable ha podido intervenir casi sin costo alguno. Los actores que hubieran podido imponer sanciones, sea Arabia Saudita como competidor regional de los EAU o los gobiernos occidentales con una influencia real en el asunto, han abierto los ojos demasiado tarde o decidido no actuar.

Los gobiernos occidentales involucrados no pueden decir que no tenían la información. Tenían la información, los reportes y las advertencias directas, y de todos modos eligieron el silencio. Esa es una decisión, no un error de política, tomada con total conocimiento de las consecuencias. Estos gobiernos, y las personas que forman parte de ellos, que tomaron y sostuvieron esa decisión, deberían ser considerados responsables e investigados por su participación en los crímenes cometidos en esta guerra.

Husam Mahjoub es cofundador de Sudan Bukra, un canal de televisión sudanés independiente sin fines de lucro.

Available in
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Author
Husam Mahjoub
Translators
Clara Scharagrodsky, Helena Ajuria and ProZ Pro Bono
Date
22.10.2026
Source
JacobinOriginal article🔗
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