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¡Cuba no debe caer! Imperialismo, resistencia y lo que está en juego a nivel mundial en la defensa de la Revolución Cubana.

La supervivencia del proyecto socialista cubano sigue siendo uno de los bastiones más importantes contra la dominación hemisférica, lo que convierte su defensa en una prueba decisiva para la soberanía a nivel mundial.
La defensa de la Revolución Cubana trasciende las fronteras nacionales y constituye un frente estratégico global en la lucha contra el imperialismo. Las seis décadas de resistencia de Cuba, su supervivencia como proyecto socialista soberano y su incomparable legado de solidaridad internacionalista han sido un bastión práctico y simbólico para la emancipación en todo el mundo. Aplastar a Cuba representaría una derrota histórica para todos los movimientos que buscan la justicia y la autodeterminación, mientras que preservarla es un acto fundamental de internacionalismo para mantener la posibilidad de un mundo organizado en torno a la dignidad humana y no al lucro y al poder.

La lucha por defender la Revolución Cubana — por preservar la independencia, la soberanía y el derecho a la autodeterminación de Cuba — no es simplemente la lucha de una pequeña nación caribeña que se resiste a un vecino poderoso. Tampoco se limita a los contornos geográficos de una isla de 11 millones de habitantes. Se trata, más bien, de una lucha con consecuencias profundas e incalculables para Latinoamérica, el Caribe y la lucha mundial por la justicia, la dignidad humana y el derecho de los pueblos a vivir libres del dictado imperialista. Lo que está en juego en Cuba nunca ha sido simplemente Cuba en sí misma. El destino de la Revolución Cubana es inseparable de la disputa histórica más amplia entre la dominación y la emancipación, entre el imperio y la soberanía, entre un mundo ordenado por el lucro y el poder y otro basado en las necesidades humanas y la dignidad colectiva.

Desde sus inicios, la Revolución Cubana representó una ruptura del orden global del imperialismo. En el hemisferio occidental, tratado durante mucho tiempo por Washington como su coto privado, Cuba afirmó la propuesta radical de que un país pequeño y anteriormente colonizado podía trazar su propio camino, controlar sus propios recursos y dar prioridad a la justicia social sobre el capital extranjero. Ese desafío, más que cualquier política o alianza específica, ha sido el “crimen” persistente de la Revolución Cubana. La hostilidad sostenida contra Cuba durante más de seis décadas —guerra económica, aislamiento político, sabotaje, terrorismo y agresión ideológica — no puede entenderse como una respuesta exclusiva a las acciones cubanas. Es una advertencia, dirigida al resto del Sur Global, sobre el precio de la desobediencia.

En 1991, en medio del colapso del bloque del Este y las declaraciones triunfalistas de “fin de la historia”, Fidel Castro ofreció una evaluación clara del momento.  “Ahora el internacionalismo significa defender y preservar la Revolución Cubana”, afirmó. “Defender esta trinchera, este bastión del socialismo, es el mayor servicio que podemos ofrecer a la humanidad”. No fue una exageración retórica. Era un diagnóstico estratégico y moral de una nueva coyuntura mundial. Con el desmantelamiento del campo socialista y el avance del neoliberalismo, la supervivencia de la propia Revolución Cubana se convirtió en un acto de internacionalismo, una barrera objetiva contra la expansión incontenida del poder imperial y el fundamentalismo del mercado.

Tres años más tarde, el 25 de noviembre de 1994, Fidel reforzó este argumento en su discurso de clausura de la Conferencia Mundial de Solidaridad con Cuba. “Entendemos lo que significaría para todas las fuerzas progresistas, para todas las fuerzas revolucionarias, para todos los amantes de la paz y la justicia en el mundo, si Estados Unidos lograra aplastar la Revolución Cubana”, declaró. “Y por eso consideramos que defender la revolución junto a ustedes es nuestro deber más sagrado, incluso a costa de la muerte”. Estas palabras captaban una verdad que a menudo se obscurecía en el discurso dominante: la destrucción de la Revolución Cubana no sería un acontecimiento neutral. Sería una derrota histórica para todos aquellos que luchan contra la explotación, el racismo, el militarismo y la dominación imperial.

La historia confirma esta idea. Al igual que la existencia de la Revolución Rusa de 1917 encendió movimientos revolucionarios y luchas anticoloniales en toda Europa, Asia, África y Latinoamérica, la Revolución Cubana ha sido una fuerza objetiva contra el imperialismo desde 1959. Su mera supervivencia ha demostrado que hay alternativas posibles, que el dominio del capital y el imperio no es inmutable. Incluso cuando se ha visto limitada materialmente, asediada y aislada, la continua existencia de Cuba como proyecto soberano y socialista ha ejercido una influencia mucho más allá de sus fronteras, dando forma a la imaginación política y manteniendo la esperanza en momentos de retroceso global.

Pero la Revolución Cubana ha sido más que un símbolo. Ha sido un agente activo y consciente en la lucha ideológica y política contra el imperialismo. Cuba ha convocado y acogido una notable serie de conferencias, simposios, y encuentros internacionales que desafían el orden económico y político mundial imperante del neoliberalismo. Desde reuniones de solidaridad con movimientos de liberación nacional, hasta foros de intelectuales y movimientos sociales, pasando por iniciativas que vinculan las luchas en el Sur Mundial, Cuba ha trabajado constantemente para construir lo que podría llamarse unidad de consciencia y unidad de conocimiento, con el objetivo último de la unidad en la acción. Este trabajo se ha basado en una visión del internacionalismo no como caridad o paternalismo, sino como lucha compartida.

En Latinoamérica y el Caribe, el impacto de esta orientación ha sido especialmente profundo. La firme resistencia de Cuba contribuyó a crear las condiciones políticas y morales para el resurgimiento de gobiernos progresistas a principios del siglo XXI y la aparición de proyectos regionales basados en la soberanía y la integración. Incluso cuando estos esfuerzos han sufrido reveses, el ejemplo cubano ha seguido siendo un punto de referencia, un recordatorio de que la dignidad, la justicia social y la independencia no son abstracciones, sino posibilidades vividas, incluso en condiciones de presión extrema.

A nivel mundial, el papel de Cuba se ha extendido a prácticas concretas de solidaridad que desafían la lógica del imperio. Su compromiso con la cooperación médica internacional, la educación y la ayuda en casos de desastres ha ofrecido un modelo radicalmente diferente de compromiso mundial, basado en las necesidades humanas y no en el lucro o la dominación geopolítica.

Asediada por el imperio, la heroica nación insular ha realizado contribuciones inestimables al bienestar de las naciones y los pueblos del mundo, habiendo establecido un legado sin parangón de internacionalismo y humanitarismo. Más de 400.000 profesionales médicos cubanos han prestado servicio en 164 países para combatir enfermedades. Es la Cuba internacionalista la que ha enviado desinteresadamente a decenas de miles de profesionales de la salud a docenas de países en todo el mundo para combatir enfermedades, ya sea el ébola o el COVID-19.

Más de 2.000 cubanos dieron su vida en las luchas por liberar a África del flagelo del colonialismo y el Estado racista del apartheid sudafricano. Como destacó Nelson Mandela: “el pueblo cubano ocupa un lugar especial en el corazón del pueblo africano. Los internacionalistas cubanos han contribuido a la independencia, la libertad, y la justicia de África de una manera sin precedentes por su carácter principista y desinteresado”.

Estas prácticas ponen de relieve por qué la Revolución Cubana ha sido un ancla simbólica y concreta en la lucha por un mundo más justo. Revelan una política en la que la ética y el poder no están separados, y en la que el valor de una sociedad se mide por su contribución a la humanidad, no por su acumulación de riqueza.

Precisamente por eso Cuba no debe caer. El aplastamiento de la Revolución Cubana fortalecería la agresión imperial en todas partes. Reforzaría la doctrina de que ningún país, por muy firmes que sean sus principios, puede desafiar los dictados del capital global y sobrevivir. Profundizaría el cinismo y la desesperación entre los pueblos oprimidos y los movimientos que luchan por la emancipación, enviando un mensaje escalofriante de que la resistencia es inútil y las alternativas son ilusiones.

Por el contrario, la defensa de Cuba afirma una lógica histórica diferente. Insiste en que la soberanía importa, que las naciones pequeñas tienen derechos y que la justicia social no es un sueño utópico, sino un proyecto político concreto que vale la pena defender. Apoyar a Cuba no es idealizar sus desafíos ni negar sus contradicciones; es reconocer que la lucha más amplia por la justicia, la paz y la dignidad humana es inseparable de la supervivencia de una de sus encarnaciones más duraderas y desafiantes.

En este sentido, defender la Revolución Cubana sigue siendo, como insistía Fidel, un acto de internacionalismo en su forma más profunda. Es una defensa no solo de un país, sino de un principio: que la humanidad tiene el derecho – y la capacidad – de imaginar y construir un mundo más allá de la dominación imperial. Cuba no debe caer porque, si lo hace, la pérdida no será solo de Cuba. Pertenecerá a todos aquellos que se atreven a creer que otro mundo es posible.

*Isaac Saney es un especialista en estudios afrodescendientes y cubanos y coordinador del programa de Estudios sobre las Diáspora Africana y Afroamericana (BAFD en inglés) de la Universidad Dalhousie en Halifax, Nueva Escocia.*Title: ¡Cuba no debe caer! Imperialismo, resistencia y lo que está en juego a nivel mundial en la defensa de la Revolución Cubana.

Available in
EnglishSpanishPortuguese (Brazil)GermanFrenchItalian (Standard)ArabicRussian
Author
Isaac Saney
Translators
Oriana Mendoza, Esther Lopez Iniguez and ProZ Pro Bono
Date
20.02.2026
Source
Black Agenda Report (BAR)Original article🔗
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