No falta quien nos recuerde abiertamente que “el bienestar y el progreso de Europa” ha sido construido durante la era colonial a costa de Los Desdichados de la Tierra, comoFrantz Fanon lo definió en 1961, y de qué manera esta explotación sistemática ha continuado desde lo que llaman “descolonización”. O como Ngugi wa Thiong’o escribió en su colección de ensayos de 1987 Descolonizar la Mente: “los recursos naturales y humanos de África continúan contribuyendo al desarrollo de Europa y América, pero África es forzada a sentirse agradecida por la ayuda que recibe de los mismos que siguen explotando el continente.”
Hoy, casi 40 años después de su publicación, muy poco ha cambiado, por lo menos en principio. Solo las herramientas, las narrativas y terminologías usadas para perpetuar o reproducir este orden extractivista han evolucionado. Una de las áreas clave donde hoy vemos que la preservación y reproducción de este orden se manifiestan es la migración.
El principal marco de políticas a este respecto es lo que gobiernos y una gran variedad de organismos de la ONU, Organizaciones No Gubernamentales (ONG), contratistas privados y medios de comunicación suelen denominar „gestión de la migración, „gestión fronteriza„ o „gobernanza de la migración”. Los tres conceptos se utilizan constantemente en discursos, declaraciones y otras formas de RP gubernamentales, no obstante, manteniendo siempre una connotación técnica y apolítica. Sin embargo, la retórica de la „gestión” y el slogan „migración segura, ordenada y regular” no son más que engañosas cortinas de humo para encubrir la supresión, la contención, el filtrado y la racialización de la migración alineados con las necesidades de las economías de las grandes metrópolis y con los intereses políticos de las élites globales del norte y del sur.
Desde la década de 1990, los (neo)liberales del norte han abrazado, primero de forma gradual y ahora completamente, la noción de la „gestión de la migración” y han logrado integrar en un único concepto neocolonial la fusión de políticas para militarizar las fronteras, controlar los movimientos de personas, socavar el derecho internacional y abordar la escasez de mano de obra. Las medidas consideradas parte de este concepto van de la construcción de cercas y muros visibles o invisibles a la recolección de datos, de las deportaciones a los programas de reclutamiento de mano de obra y de la "ayuda al desarrollo" a un flujo interminable de proyectos de "desarrollo de capacidades". O, en términos más concretos, va del notorio "Plan Ruanda" del Reino Unido a los acuerdos de reclutamiento de mano de obra entre los gobiernos del norte y del sur; del suministro de los Estados europeos de equipamientos para los llamados „Guardas Costeros Libios„ a la recolección a gran escala de datos biométricos en los aeropuertos de Senegal o de los Estados Unidos; de los centros de procesamiento de visas a cargo de empresas en Botsuana o África del Sur a la „ayuda“ a las autoridades para entrenamiento de la policía en Ghana, Líbano o Costa de Marfil; Del apoyo de la UE para adoptar leyes contra la trata de personas o leyes sobre asilo en Egipto a la promoción de „Alianzas de talento„ en Bangladesh o Marruecos; de los centros de detención offshore para migrantes, financiados por Canberra, en Nauru o Papúa Nueva Guinea a proyectos de „desarrollo“ destinados a mejorar el acceso a atención médica y a agua potable en Burkina Faso; y del desarrollo de oficiales de inmigración de segunda línea en los aeropuertos argelinos o pakistaníes a las encuestas sobre migración internacional en Túnez.
La gestión de la migración es, en suma, una mezcla de tácticas de contrainsurgencia y gobernanza extractivista, una fusión de pacificación imperial y saqueo semiformalizado, y una caja de herramientas que incluye incentivos y castigos impuestos a poblaciones racializadas para mercantilizar la movilidad y disciplinar a los „desdichados“.
Sin embargo, muchas de estas políticas, tácticas o recetas semiestandarizadas, no son nuevas en absoluto y siguen una lógica colonial. Lamentablemente, muy a menudo sus raíces se remontan a la era colonial, y están vívidamente ilustradas por la investigación de Yazid Benhadda sobre como la administración imperial francesa dirigió la migración marroquí “prohibiendo o reglamentando la movilidad” hacia Francia desde la década de 1920, o por la última obra de Ntsika Dapo titulada Africa is a country (África es un país) que analiza de qué manera los imperios coloniales fabricaron y dirigieron la identidad y la mano de obra en toda África.
Aunque inicialmente fue propagada por países anglófonos del norte como una técnica de gobernanza, los liberales europeos reformularon el concepto y transformaron el reclutamiento de mano de obra en uno de sus pilares clave, y desde entonces lo han denominado gestión de fronteras y de migración. Y África es, hoy en día, una de las grandes arenas de los defensores de este concepto. Los principales financiadores de los respectivos proyectos son los países del norte, y los encargados de su implementación son organismos estatales, ONG de ayuda, contratistas privados y organismos supranacionales como la Organización Internacional para las Migraciones (International Organization for Migration - IOM), la agencia alemana de desarrollo GIZ o el Centro Internacional para el Desarrollo de Políticas Migratorias (International Centre for Migration Policy Development - ICMPD). Las herramientas utilizadas para promover y diseminar este concepto en todo el globo son variadas, pero dos de las más influyentes son la comunicación y el entrenamiento de los medios de comunicación y los foros de diálogo intergubernamentales.
En octubre de 2025, La Comisión Africana publicó un manual de entrenamiento de 200 páginas sobre gobernanza de la migración destinado a profesionales de medios y personal de comunicaciones de las ONG en todo el continente. El documento compilado por el ICMPD afirma apuntar al fortalecimiento de la información "precisa" sobre la migración “desde una posición de conocimiento y de los hechos, en vez de solo confiar en informaciones de medios de comunicación de otras regiones.” Varios manuales similares destinados a periodistas o a la sociedad civil ya habían sido lanzados en la pasada década, por organizaciones como la IOM o academias de los medios del norte, para diseminar la dicción de gestión en todo el sur.
Esta última guía de entrenamiento es, por lo tanto, solo un recordatorio del intento predominante de la industria de la gestión de fronteras de utilizar la Unión Africana como una difusora, pues la publicación del manual vendrá seguida por una nueva oleada de talleres financiados por la UE para personal de medios de comunicación y RP preparados para inculcar a la gente una concepción de migración basada en el orden y la mercantilización.
Mientras tanto, los foros de diálogo intergubernamentales son usados para atraer a oficiales del gobierno y activistas civiles del ámbito de la migración – según un artículo de opinión en la Plataforma Refugees4Refugees – “una lucha simbólica por la colaboración” quienes, a su vez, “se convierten en cómplices en programas que son destinados a facilitar la externalización del control fronterizo de la UE”. Desde la década de 1990, los gobiernos de los países del norte han financiado la implantación y operación de una gran estructura de conferencias semiinstitucionalizadas que facilita la consulta informal, no pública sobre la dinámica y las políticas de migración entre los estados del norte y del sur globales.
El primer foro de este tipo fue el Budapest Process (Proceso de Budapest), organizado por el ICMPD (Centro Internacional de Desarrollo de Políticas Migratorias - CIDPM) establecido en 1993 y dirigido a 52 países de Europa y Asia. Mientras que el Proceso de Bali, el Diálogo de Abu Dhabi y el Proceso de Praga apuntan principalmente a Asia, tres foros adicionales involucran gobiernos africanos: el Migration Dialogue for Southern Africa (Diálogo sobre Migración para el sur de África), organizado en el año 2000 por la IOM y que incluyó los 16 miembros de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (Southern African Development Community) y nueve observadores, incluyendo Canadá, Australia, los EEUU y el Reino Unido; el Rabat Process (Proceso de Rabat) organizado por el ICMPD desde 2006 que reúne 57 gobiernos de Europa y África occidental; y desde 2014, el Khartoum Process, gestionado por el ICMPD que va dirigido a los gobiernos del norte y este de África.
En estos foros se discuten, sin ninguna transparencia o escrutinio público, enmiendas de leyes, normativas sobre viajes y prácticas policiales que afectan profundamente a las vidas cotidianas de millones de personas. El impacto de estos diálogos no debería, de forma alguna, subestimarse, puesto que las consultas informales entre gobiernos a menudo preceden la adopción o implementación de políticas concretas, como señaló Fabian Georgi en una investigación sobre la fase inicial del ICMPD.
Sin embargo, la gestión propagada aquí podría también considerarse una variante resucitada de las tácticas de contrainsurgencia y pacificación; tácticas que ya fueron puestas a prueba en tiempos coloniales bajo la forma de una “gestión colonial de la inmigración”, siempre impuestas “al servicio de la metrópolis”, como Wael Garnaoui y Montassir Sakhi lo describen en el caso del norte de África. Estas tácticas se han transformado ahora en prácticas renovadas que se aplican ampliamente en todo el norte y el sur globales para justificar actuaciones policiales basadas en criterios raciales, pero también para disimular cómo el saqueo del sur continúa alimentando las desigualdades económicas y construyendo innumerables muros y cercas.
El último análisis de Mark Neocleous sobre la historia del poder policial resulta revelador en este sentido pues la doble estrategia de simultáneamente aplicar fuerza y prometer desarrollo para aplastar la resistencia y subyugar una población es inherente a las tácticas de „contrainsurgencia“ y „pacificación“– como también lo es a la idea de la gestión migratoria.
En su libro de 2025 “Pacificación: guerra social y el poder de la policía“ (Pacification: Social war and the power of police), Neocleous usa “el concepto de pacificación para describir las formas en las cuales el orden capitalista se constituye, se crea el trabajo asalariado, se forman súbditos obedientes, y se vigila la dominación, transformando el estado moderno en una máquina de pacificación”. Según Neocleous, “la contrainsurgencia es una de las formas en que se articula la prosa de la pacificación”, una prosa que siempre mira con sospecha a los “pobres vagabundos”, un “grupo de gente "sin amo" perpetuamente asociada con rebelión, que parece fuera del alcance de la ley y más allá de las formas de control coercitivo que puede mantenerlos en su lugar”. Era de esperar que esa gente "sin amo" “se transformaría, como siguen siendo, en el principal objeto de pacificación”.
Neocleous ejemplifica sus elaboraciones sobre la contrainsurgencia y la pacificación con tácticas estatales, destinadas a mantener el dominio imperial aplicando la fuerza y ofreciendo incentivos simultáneamente. Él menciona la guerra de EE. UU. en Vietnam o el intento del ejército colonial francés “de ganarse a la población” en Argelia en la década de 1950 para mantener el control (neo)colonial pareando su brutalidad militar con promesas de modernización.
La actual doctrina de gestión de la migración sigue una lógica parecida, ya que el concepto está fuertemente arraigado en un enfoque doble comparable que implica, por un lado, frenar el movimiento con el uso de la fuerza – en particular mediante la cooperación policial y las deportaciones – y por el otro, controlar y mercantilizar la movilidad ofreciendo desarrollo y „vías legales“. Aun así, ganarse „una población“ hoy en día significa, sobre todo, dirigir, reglamentar y estandarizar la movilidad y pacificar movimientos potencialmente indeseables.
Esto se lleva a cabo mediante la imposición de regímenes de visados y deportación, la puesta en marcha de proyectos de desarrollo basados en la contención, o utilizando como arma la promesa de vías legales para coaccionar a los gobiernos del sur a que restrinjan los movimientos o contribuyan a explotar la mano de obra migrante que, a veces, es necesaria para la economía metropolitana o submetropolitana.
En pocas palabras, la ayuda al desarrollo es una forma de pacificación pues apunta a pacificar la potencial movilidad. Los regímenes de visados son pacificación pues obligan a la gente a obedecer procedimientos humillantes para adquirir acceso a comunidades cerradas o fortalezas. Las actuaciones policiales basadas en criterios raciales son una forma de contrainsurgencia, pues aquellos considerados ilegales son tratados como insurgentes, de hecho, como gente „sin amo“.
Lo que la industria de los controles fronterizos hoy define ampliamente como una migración „segura, ordenada y regular„ es entonces la reencarnación de las tácticas de pacificación y contrainsurgencia, profundamente arraigadas en la percepción del imperio de que la libre circulación es una amenaza para el orden mundial de la actualidad y, simultáneamente una oportunidad de generar lucros.
Mientras tanto, la demonización y criminalización de los considerados irregulares, van lado a lado con la expansión del reclutamiento de mano de obra. El componente de desarrollo de este enfoque de gestión, que suele camuflarse como „lucha contra las causas básicas de la migración irregular“, y la promoción de vías legales son, igualmente, dos lados de la misma moneda. Y los dichos programas de reclutamiento de mano de obra están volviendo a brotar por todos los rincones del globo.
Esas iniciativas – desde campañas para atraer personal sanitario de Túnez para el sector de la salud en Alemania o Francia hasta el reclutamiento de trabajadoras domésticas en Etiopía para Arabia Saudita – son elogiadas una y otra vez por los gobiernos de Nairobi o del Cairo por generar remesas, aunque, de hecho, son símbolos del extractivismo neocolonial de nuestro tiempo.
Sin embargo, como subraya Neocleous, “el muro tiene que ver menos con la inclusión o la exclusión que con el control de los movimientos”. En efecto, los regímenes fronterizos de Europa o América del Norte, pero también de Sudáfrica, Libia o Argelia siempre han endurecido o relajado las normas de inmigración y medidas de restricción contra la movilidad de los migrantes en línea con la demanda cambiante de mano de obra cualificada y altamente explotable.
No obstante, hasta el día de hoy, el motor subyacente de la jerarquización de los movimientos de personas en África es el legado de cómo el colonialismo “transformó la diferencia en un arma”. Las elites poscoloniales abiertamente abrazaron y todavía están abrazando el nacionalismo como un remedio para mantener su control del poder. Sin embargo. según Dapo, en África este nacionalismo emerge “la mayoría de las veces” como “una ideología estatista diseñada para controlar la mano de obra y mantener el orden” que está arraigada en las “marcadas divisiones entre trabajadores ciudadanos y trabajadores no ciudadanos”.
La obsesión creciente por la gestión de la migración en todo el continente se materializa hoy en un contexto en el cual se permite muy poca imaginación más allá del estado nacional, pues, al fin y al cabo, la mercantilización de la movilidad y la mano de obra le sirve al norte para acumular capital y conocimiento, pero también cae en terreno fértil en las capitales africanas. En última instancia, el pilar clave de la gestión fronteriza – la cooperación de las policías de los países del norte y del sur – no solo proporciona el control y la contención de los movimientos de personas, sino que también, mantiene a las élites en su puesto.
En 1961, Fanon ya lo había aclarado: “El ejército y la policía constituyen los pilares del régimen; un ejército y una policía asesorados por expertos extranjeros.” Sin embargo, la gestión de la migración es solamente la última variación de la contrainsurgencia por delegación, desde que el colapso de los imperios de Europa se transformó en un nuevo sistema neocolonial. En este sistema el antiguo amo debía mantener con apoyo policial el control de la población, el orden público y la explotación de los recursos en el sur, mientras las narrativas para justificar y facilitar este nuevo orden evolucionaban repetidamente.
En la década de 1940 la principal cortina de humo que los gobiernos del norte utilizaban para mantener el apoyo policial y militar al Sha Reza Pahlavi en Irán, Augusto Pinochet en Chile o Joseph-Désiré Mobuto en el Congo, era su firme oposición a la alineación con la Unión Soviética. Por décadas, el anticomunismo y la supuesta amenaza de alineación con el Este se mantuvo como el principal pretexto para que los gobiernos del norte proporcionaran a sus aliados, en los países ahora descolonizados, apoyo policial y equipos militares para mantener este nuevo orden.
En el comienzo de la década de 1980, la „guerra contra las drogas “del gobierno de los EE. UU. comenzó a reemplazar gradualmente el anticomunismo como la estratagema para canalizar equipos policiales hacia las elites aliadas. Después del 11 de septiembre, el cuento de hadas de las drogas fue substituido por la „guerra contra el terror“, proporcionando a los gobiernos una justificación aún más efectiva para la militarización y futura racialización de la policía en todo el mundo. En última instancia, la „crisis migratoria“ de 2015 en Europa dio un nuevo giro al discurso, y desde entonces, los gobiernos del norte han suministrado equipos policiales y tecnología de vigilancia a las fuerzas policiales y militares y a los guardacostas de todo el sur, justificándose implacablemente con el „combate a la migración irregular“. A su vez, el plan más efectivo seguido por las élites y regímenes del sur para proporcionar a sus fuerzas de seguridad equipos modernos y entrenamiento y mantener así el poder, a menudo sin resistencia, es aprovechar los fondos de gestión de fronteras, creados por los estados del norte, el ICMPD o los organismos de la ONU.
Con dichos fondos los países europeos han provisto a los guardacostas en Egipto, Túnez, Marruecos y Senegal de buques patrulleros y material de vigilancia, a los organismos de seguridad en Ghana, Costa de Marfil, Nigeria y Argel de equipos policiales, y a las autoridades de aeropuertos en todo el mundo con herramientas de recolección de datos biométricos y otros equipos. Incluso la notoria milicia Janjaweed, conocida como la Fuerza de Apoyo Rápido y que actualmente está llevando a cabo otro genocidio sangriento en Darfur, ha sido equipada mediante proyectos de gestión fronteriza de la UE. En pocas palabras, la gestión de la migración no está haciendo que la migración sea segura, sino que está haciendo prosperar el saqueo de recursos fósiles y humanos, está favoreciendo las divisiones raciales y el surgimiento de nuevas fortalezas cerradas. Sin embargo, si nos tomáramos en serio el llamamiento de Mbaye Bashir Lo a la soberanía, la liberación y la justicia más allá de la independencia como tal, la gestión de las fronteras y de quienes las cruzan no debería ser, sin duda, la prioridad del momento. En cambio, la vuelta al espíritu desafiador de la Declaración de la Unión Africana de 2006 sobre Migración y Desarrollo, que encuadraba la explotación de mano de obra o la titulización de la migración como una amenaza, podría ser un primer paso para recuperar la influencia continental sobre migración y replantearse las fronteras.
Desde la década de 1990, los (neo)liberales del norte han abrazado, al principio de manera gradual pero ahora por completo, la noción de „gestión de la migración“ y han logrado integrar con éxito en un único concepto neocolonial la fusión de políticas para militarizar las fronteras, controlar los movimientos de personas, socavar la legislación internacional y abordar la escasez de mano de obra.
Lo que la industria de los controles fronterizos hoy define ampliamente como una migración „segura, ordenada y regular„ es entonces la reencarnación de las tácticas de pacificación y contrainsurgencia, profundamente arraigadas en la percepción del imperio de que la libre circulación es una amenaza para el orden mundial de la actualidad y, simultáneamente una oportunidad de generar lucros.
En pocas palabras, la gestión de la migración no está haciendo que la migración sea segura, sino que está haciendo prosperar el saqueo de recursos fósiles y humanos, está favoreciendo las divisiones raciales y el surgimiento de nuevas fortalezas cerradas.
Sofian Philip Naceur, es un periodista e investigador residente en Túnez, que ya trabajó como corresponsal freelance en El Cairo y Argel, y actualmente colabora con varios medios de comunicación, grupos y colectivos de derechos humanos en toda África del norte y Europa.
