En febrero de 1927, 175 delegados de todo el mundo se reunieron en Bruselas para el congreso fundacional de la Liga contra el Imperialismo y la Opresión Colonial (LAI, por sus siglas en inglés). Su objetivo era crear un movimiento antiimperialista de masas a nivel mundial, y durante varios años, la LAI inspiró y apoyó las luchas anticolonialistas y antiimperialistas en todo el mundo. Fue una de las primeras partes de un tapiz en constante crecimiento de formaciones internacionalistas que llegaron a remodelar el terreno político del siglo XX.
Cien años después, el mundo ha experimentado cambios importantes, pero la misión de la unidad anticolonial y antiimperialista no es menos urgente. El dominio colonial en sentido estricto, la administración territorial directa de un pueblo por parte de otro, ha disminuido significativamente. El imperialismo, sin embargo, no. Sigue siendo la relación estructurante de la economía mundial, donde un núcleo de países capitalistas controla el flujo de capital, de bienes y de la mano de obra para su beneficio. Para los oprimidos del mundo, en especial los obreros y campesinos del Sur Global, el imperialismo es una catástrofe. Se manifiesta como inestabilidad laboral, salarios bajos, austeridad y subdesarrollo. La mayoría de las personas no tienen voz en las políticas que más afectan sus vidas. De hecho, el imperialismo a menudo impone sus dictados por vía de las armas.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo ha consolidado sus fuerzas y establecido su sede en los Estados Unidos. Con la caída de la Unión Soviética y el Bloque Oriental socialista, el imperialismo liderado por EE. UU. ha sido en gran medida irrefutable, un statu quo que ha intentado preservar a toda costa. En los documentos estratégicos de principios de la década de 1990, EE. UU. estableció sus objetivos claramente: denegarle a los estados del Sur Global la oportunidad de desarrollarse por medio de “mecanismos para disuadir a competidores potenciales de siquiera aspirar a tener un papel más importante a nivel regional o global.”[ [1]](https://onlyoffice.infomaniak.com/9.4.1-806540acadcab17982ebbc0bc056acdf/web-apps/apps/documenteditor/main/index.html?_dc=9.4.1-15&lang=pt&customer=ONLYOFFICE&headerlogodark=https://kdrive.infomaniak.com/images/office_logo_word_dark.svg&headerlogolight=https://kdrive.infomaniak.com/images/office_logo_word_light.svg&type=desktop&frameEditorId=container-iframe-inside&isForm=false&parentOrigin=https://kdrive.infomaniak.com&fileType=docx#_ftn1)
Sin embargo, la estrategia estadounidense ha fracasado en muchos sentidos. El orden mundial está experimentando una transformación tectónica y nuevos centros de poder están emergiendo, una tendencia que se ha acelerado notablemente después de la crisis financiera del 2008.
En la esfera económica, el dominio de EE. UU. está siendo desafiado por el ascenso de China. El ascenso de China también ha permitido que otras colonias forjen nuevas alianzas independientemente de la camisa de fuerza del sistema imperialista. Este movimiento está alejando al mundo de la hegemonía occidental hacia una realidad fragmentada y policéntrica; un incremento de la dispersión de la acumulación y del peso político que crea un espacio de maniobra para los países del Sur.
Dicho proceso no es lineal, ni garantiza resultados progresivos automáticamente. El imperialismo se está movilizando contra estas transformaciones, a menudo con extrema violencia. Y no todos los estados que lideran estos procesos son socialistas en cuanto a su orientación política. No obstante, la lucha por la soberanía sigue avanzando. Se necesitará la organización consciente y decidida de las fuerzas trabajadoras y oprimidas del mundo para dar una sustancia progresiva a los cambios que se están produciendo hoy en día.
El imperialismo no es una injusticia entre muchas. Es la contradicción principal de nuestro sistema: la relación que organiza la economía mundial y distorsiona la lucha de clases en cada continente.
La guerra, el endeudamiento, el subdesarrollo y el colapso ecológico son todos manifestaciones de esta contradicción. De ello se deduce que no pueden ser resueltas poco a poco dentro del marco del sistema que las produce, sino solo cortando las arterias de acumulación imperialista. Esta tarea recae en los pueblos de la periferia, mediante los cuales el sistema se reproduce por sí mismo y en la clase trabajadora del centro en cuyo nombre el sistema dice actuar.
En intentos repetidos, ese proceso ya está en marcha. El centro de gravedad económico global se está desplazando hacia Asia, particularmente a China. Las naciones y los pueblos están resistiéndose a los dictados imperialistas y están surgiendo nuevos sistemas de cooperación e intercambio para eludir los sistemas dominados por los países del Norte Global.
El imperialismo está respondiendo con un aumento de beligerancia. Sus intentos de asegurar y extender el control sobre los mercados, las finanzas, la tecnología, la infraestructura estratégica, la energía y los recursos críticos se están intensificando. En este proceso, ha lanzado una guerra sistémica contra la clase trabajadora y los pueblos oprimidos del mundo. Esa guerra se libra con reestructuraciones neoliberales, sanciones y deuda, instrumentos que imponen la deflación de los salarios y los precios de los recursos, invierte el desarrollo de las naciones y los pueblos de todo el Sur y que están respaldados por la amenaza o la aplicación de la fuerza militar.
Vladimir Lenin describió el imperialismo como “capitalismo moribundo”, la etapa final del sistema. Por un lado, representa el capitalismo desarrollado en su forma más elevada: la producción dominada por monopolios internacionales enormes, el control de la industria por el capital financiero, la exportación de capital de los centros imperiales a la periferia y la división económica y territorial del mundo.
Por otro lado, Lenin argumentó que es la etapa final porque el sistema ya ha alcanzado sus límites. Esto no significa que el sistema se vea ante un colapso inminente. Cien años después de la fundación de la Liga Contra el Imperialismo, la economía mundial sigue estructurada por el imperialismo. Pero este es un imperialismo al que ya le llegó la hora; un sistema que ha llegado a sus límites y ya no es capaz de resolver sus contradicciones internas.
Más que nunca, la economía mundial está bajo el control de enormes monopolios. A través de la concentración y centralización del capital, casi todos los sectores están dominados por solo unas pocas empresas. Estas entidades utilizan su poder de mercado para mantener a la economía como rehén con el fin de extraer súper beneficios. Tan pronto los competidores muestran signos de debilidad, están listos para eliminarlos o absorberlos, consolidando aún más su dominio lo que hace que las referencias a un «mercado libre» resulten vacías de contenido.
En los países imperialistas, este proceso se manifiesta como un ataque a los avances conseguidos con tanto esfuerzo por la democracia social; un conjunto de concesiones temporales obtenidas del capitalismo en un momento de gran agitación. En la periferia global, se manifiesta como un ataque a la propia estructura del estado, la cual se desmantela sistemáticamente para facilitar la acumulación por parte de las empresas internacionales. En todo el mundo, los estados se encuentran incapaces de traducir los ingresos nacionales en desarrollo. En cambio, su riqueza nacional se desvía sistemáticamente a Wall Street o a la cuidad de Londres.
El capital continúa fluyendo globalmente para generar el mayor beneficio posible para sus propietarios, la mayoría de los cuales residen en el centro imperialista. El resultado es una profunda división Norte-Sur, en donde la acumulación de riqueza por parte de una minoría del Norte contrasta con la pobreza permanente y el subdesarrollo sostenidos por los acuerdos neocoloniales y el dominio imperialista en el Sur.
Para la clase trabajadora, el imperialismo se manifiesta no solo en la extracción de minerales y riqueza, sino también a través de la reestructuración del trabajo mismo. La restricción salarial del sector público, la privatización, la subcontratación y las asociaciones público-privadas se han convertido en prescripciones frecuentes vinculadas a los programas de reestructuración de la deuda y consolidación fiscal promovidos por las instituciones financieras internacionales y apoyados por los estados imperialistas.
El porcentaje de personas dedicadas a un trabajo precario e informal está aumentando vertiginosamente. Desplazadas por la apropiación de tierras, el cambio climático, los conflictos y otros factores, grandes masas de personas están abandonando el campo y mudándose a ciudades cada vez más congestionadas. Este proceso pone a miles de millones de personas fuera del alcance de los débiles mecanismos de protección social que están disponibles para los empleados. Esta es la receta para una catástrofe social de proporciones genocidas.
A medida que estas contradicciones crecen, las élites gobernantes siguen buscando nuevas vías de acumulación y explotación mientras transfieren los costos sociales, económicos y ambientales a la clase trabajadora y las comunidades. Una de esas vías es la llegada de la inteligencia artificial. La IA y las tecnologías digitales se nutren de minerales críticos procedentes del Sur Global, lo cual está dando lugar a una nueva carrera por la extracción de recursos y el control territorial desde Groenlandia hasta la República Democrática del Congo.
Samir Amin observó que el imperialismo se basa en dos pilares: uno económico, el neoliberalismo globalizado impuesto como la única política económica permisible; y uno político y militar, las guerras, los golpes de estado y las intervenciones contra quienes lo rechazan.[ [2]](https://onlyoffice.infomaniak.com/9.4.1-806540acadcab17982ebbc0bc056acdf/web-apps/apps/documenteditor/main/index.html?_dc=9.4.1-15&lang=pt&customer=ONLYOFFICE&headerlogodark=https://kdrive.infomaniak.com/images/office_logo_word_dark.svg&headerlogolight=https://kdrive.infomaniak.com/images/office_logo_word_light.svg&type=desktop&frameEditorId=container-iframe-inside&isForm=false&parentOrigin=https://kdrive.infomaniak.com&fileType=docx#_ftn2)
Si bien el mantenimiento de un sistema que reproduce la desigualdad siempre ha requerido violencia extrema, el declive de la hegemonía liderada por EE. UU. ha generado un imperialismo desbocado, tanto en sus dimensiones económicas como militares.
El asedio de EE. UU. a Cuba, el cual culminó con el reciente bloqueo casi total de combustibles que privó a la isla de todas las importaciones de petróleo, representa la guerra económica en su forma más extrema. El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro de su palacio en el 2026, representa el pilar militar en su forma más descarada. De hecho, la beligerancia renovada de Washington en América Latina busca reactivar y revitalizar la doctrina Monroe como se describe en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de finales del 2025. Esta doctrina busca restablecer el hemisferio occidental como un “terreno de caza” exclusivo de los Estados Unidos atacando a cualquier nación que busque diversificar su comercio con China o Rusia.
Pero los planes estadounidenses no se limitan al hemisferio occidental. Estados Unidos ahora gasta más de 1,3 billones US$ al año en sus fuerzas armadas. Con la guerra en Gaza respaldada por Occidente, el genocidio vuelve a estar en la agenda política del imperialismo. Y como dijo el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, Occidente está decidido a reafirmar el dominio imperial a escala global, una postura que amenaza con sumir al mundo en una guerra.
Mientras EE. UU. continúa ejerciendo un enorme poder militar y financiero, los gobiernos europeos, las instituciones financieras y las corporaciones multinacionales siguen comprometidos con el proyecto imperialista. Promueven alianzas militares, acuerdos comerciales, regímenes de inversión y la promoción continua de reformas de mercado que favorecen el capital privado a costa del bien o interés público. Y no dudan en usar la fuerza militar ellos mismos. Reconocer estas formas en que se cruzan estos centros de poder imperialista es una condición previa para establecer el tipo de solidaridad internacional de la clase trabajadora necesaria para enfrentar el orden imperialista.
Aunque el poderío militar del imperialismo estadounidense y de la OTAN puede parecer abrumador, también hay signos de debilidad. La preservación de un orden mundial unipolar ya no es posible. Frente a esta realidad, el sistema imperialista liderado por Estados Unidos ha respondido por medio de actos de agresión cada vez más descarados que ya ni siquiera se justifican en referencia al lenguaje de la democracia, la seguridad o la intervención humanitaria. Si bien el imperialismo nunca desapareció, su forma contemporánea se ha vuelto más desnuda y sin complejos, exponiendo su verdadero carácter y objetivos a la vista de todos. Al hacerlo, está ayudando a generar una creciente conciencia de la necesidad de enfrentar, resistir y, en última instancia, superar esta afirmación agresiva de dominio global.
La resistencia del pueblo cubano, la constancia de la resistencia palestina (sumud), la persistencia del chavismo en Venezuela, la humillante derrota de las fuerzas estadounidenses e israelíes en Irán y los avances contra la dominación colonial en el Sahel demuestran que la resistencia contra este orden global no solo es posible, sino que ya está en marcha.
Del mismo modo, las luchas continuas contra la austeridad en Kenia, la movilización de cientos de millones de trabajadorxs en la India y las oleadas de huelgas en Portugal y Francia muestran tanto la necesidad como el potencial de la lucha colectiva. Juntos, estos movimientos afirman una verdad fundamental: incluso frente a un poder inmenso, los pueblos y las naciones siguen teniendo la capacidad de resistir, organizarse y trazar un camino alterno.
En este contexto, el sentimiento antiimperialista actual que surge del uso descarado de la fuerza por parte del imperialismo puede beneficiarse de las lecciones aprendidas en el movimiento antiimperialista que surgió después de la conferencia de Bruselas de 1927 de la Liga Contra el Imperialismo.
En 1927 el mundo se encontraba en transición. La Primera Guerra Mundial había destrozado el viejo orden, dejando al descubierto que la “civilización” imperial no era más que una matanza industrial y una dominación colonial. La revolución socialista se impuso en Rusia y las ideas que generó se extendieron por todo el mundo colonizado, inspirando movimientos desde El Cairo hasta Cantón. El reconocimiento por parte de Lenin de que las luchas de los pueblos colonizados no eran un espectáculo secundario para el movimiento obrero, sino que eran fundamentales para derrotar el imperialismo, le dio una base teórica a las luchas que se estaban gestando en todo el mundo. Cuando los delegados se reunieron en Bruselas, formaban parte de una corriente global en auge impulsada por la convicción de que los pueblos colonizados, lejos de ser objetos pasivos de la historia, eran la fuerza motriz de nuestra liberación colectiva.
¿Estamos viviendo otro punto de inflexión histórico? La respuesta aún no está clara. Lo que sí está claro, sin embargo, es que las contradicciones del orden actual se están profundizando. La creciente inestabilidad del imperialismo Occidental, su creciente dependencia de la fuerza militar, las sanciones, la coerción política y la agresión abierta, no reflejan confianza sino un sistema que lucha por preservar una posición de dominio que se está volviendo cada vez más difícil de mantener.
Sin embargo, la historia no ofrece garantías. Los períodos de declive imperial han traído consigo tanto la liberación como la catástrofe. La posibilidad de transformación existe, pero debe organizarse de forma consciente. Las mismas condiciones que crean oportunidades para la emancipación también pueden conducir a guerras más amplias, a una explotación intensificada y al colapso ambiental. Lo que está en juego en este momento no podría ser más trascendental.
Pero al mismo tiempo, la humanidad cuenta con capacidades sin precedentes. Nunca antes las fuerzas productivas de la sociedad han alcanzado un nivel tan avanzado. Nunca antes el trabajo humano estuvo tan interconectado más allá de las fronteras. La economía global se basa en vastas cadenas de producción que vinculan a mano de obra de todos los continentes, creando así la base material para una lucha común contra un sistema que concentra la riqueza, el poder y los recursos en manos de una élite global cada vez más pequeña.
El imperialismo sigue siendo la contradicción central de nuestra era. El imperialismo es el que alimenta la guerra, profundiza la desigualdad, obstruye el desarrollo y acelera la destrucción climática y ecológica. Sus consecuencias se sienten no solo en el Sur Global, sino en las clases trabajadoras de todo el mundo. Por esta razón, hacer frente al imperialismo no es tarea de una sola nación o región; es una responsabilidad compartida que exige la unidad más amplia posible entre los pueblos del Sur y las clases trabajadoras del Norte.
No somos la primera generación en enfrentar este desafío. La Conferencia Antiimperialista de 1927 reunió a movimientos revolucionarios, nacionalistas y obreros de todo el mundo en reconocimiento de una simple verdad: la lucha contra el colonialismo, la explotación y la guerra requerían unidad internacional.
Décadas más tarde, la Conferencia celebrada en Bandung, Indonesia marcó la presencia de estas fuerzas en el escenario mundial. Aquí se reunió el movimiento anticolonial, tanto nacionalista como comunista, para afirmar los principios de soberanía, igualdad, paz y autodeterminación. Esta fue una ruptura decisiva con el sistema imperialista y colonial, que durante siglos había resuelto las cuestiones políticas sirviéndose de la fuerza bruta y el genocidio. El “espíritu de Bandung” sigue siendo relevante, no como un objeto de nostalgia, sino como un recordatorio del papel transformador que las luchas por el socialismo y la liberación nacional pueden desempeñar cuando se unen contra un enemigo compartido.
Hoy en día, la necesidad de recuperar ese “espíritu de Bandung”, y las luchas que constituyeron su base material, es mayor que nunca. El peligro de que se agrave el conflicto global, incluida la posibilidad de que se produzcan guerras a mayor escala entre las principales potencias, es real. También lo es la amenaza que representan el cambio climático y la degradación ambiental, cuyas consecuencias recaen sobre todo en los pueblos trabajadores y oprimidos del mundo. Ninguno de los peligros puede abordarse desde dentro del marco de la acumulación y dominación imperialista. Una transición justa requiere un cambio de paradigma: alejarse del imperialismo y dirigirse hacia una planificación pública democrática, el diálogo social, instituciones públicas sólidas, empleos verdes decentes, protección para las personas trabajadoras y las comunidades afectadas y un acceso justo a la financiación y la tecnología climáticas.
El mensaje, por lo tanto, es que debemos comprender claramente el momento histórico que estamos viviendo, identificar las fuerzas responsables de las crisis de la humanidad y forjar la unidad necesaria para superarlas. El futuro aún no está escrito. Que este período se convierta en uno de liberación o en uno de catástrofe dependerá de la capacidad de los pueblos de todo el mundo para organizarse, unirse y actuar con la urgencia que exige este momento.
Para la clase trabajadora y los pueblos oprimidos del mundo, celebrar el centenario de la LAI27 debe ser más que un acto de conmemoración. Es una oportunidad para reavivar la inconclusa lucha contra el colonialismo y el imperialismo, una condición previa para el avance de nuestras aspiraciones encuanto al trabajo digno, la gobernanza democrática, la soberanía económica, los salarios adecuados, la protección social universal, los servicios públicos de calidad, la igualdad de género y una transición justa. Debería renovar un programa práctico de solidaridad internacional que vincule a la clase trabajadora del Norte Global con las personas que luchan por la soberanía en el Sur. Estas luchas tienen su origen en diferentes realidades nacionales, pero se enfrentan a estructuras de explotación comunes. Su experiencia compartida proporciona la base más sólida para reconstruir un movimiento antiimperialista internacional basado en la vida cotidiana y el poder colectivo de la clase trabajadora. Es un llamado al que queremos responder en 2027 para conmemorar y celebrar los cien años de lucha contra el imperialismo.
