Cualquiera con oídos para oír ha escuchado las advertencias. Y cualquiera con ojos para ver las ha visto.
"Las emisiones de carbono están calentando nuestro planeta, matando a personas, destruyendo comunidades y devastando economías", advirtió desesperadamente el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, a la Asamblea General de la ONU esta semana. Pero a millones de personas de todo el mundo no hace falta decirles estos hechos: ya es su realidad.
Guterres dijo a líderes y lideresas mundiales reunidxs en Nueva York que "la humanidad ha abierto las puertas del infierno" al desencadenar olas de calor, inundaciones e incendios forestales cada vez peores en todo el mundo, con un calentamiento global que va camino de alcanzar más de 2,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales.
La devastación que estamos presenciando es sólo el calor que llega a las puertas. Estamos en la antesala, aún no en las entrañas, pero estamos descendiendo rápidamente. En lugar de un cambio lineal, estamos viendo saltos en la temperatura del mar, deshielo y liberación de metano de los humedales. Estos son los signos de que nuestro nicho climático actual está cambiando radicalmente, y con una rapidez aterradora. La pérdida de hielo marino en el Antártico es tan extrema este año que está a seis desviaciones estándar de la media: un acontecimiento que ocurre una vez cada 2,7 millones de años.
Cuando miremos atrás, 2023 podría ser el año en que el cambio climático gradual se transformó en un proceso de colapso climático.
Y el año que viene será aún más caluroso.
Guterres dice que "la humanidad" ha abierto las puertas. Pero, ¿quién lo ha hecho realmente? No la inmensa mayoría de lxs habitantes de la Tierra, que no han poseído, visto, tocado ni comerciado con un solo barril de petróleo. Son los países del Norte Global los que han perforado el suelo para liberar el olor sulfuroso del infierno. Según una investigación publicada en Lancet Planetary Health, el Norte Global fue responsable del 92 % del exceso total de emisiones, es decir, de las que superaron el umbral planetario de seguridad. En otras palabras, las viejas potencias coloniales han colonizado la atmósfera.
Pero señalar al "Norte Global" ofrece poca más claridad. Como co-escribió Jayati Ghosh, miembro del Consejo de la IP, en un artículo que publicamos la semana pasada, "el decil más rico de Norteamérica está formado por los emisores de carbono más extravagantes del mundo, con una media de setenta y tres toneladas de emisiones de carbono per cápita al año, lo que equivale a setenta y tres veces las emisiones per cápita de la mitad más pobre de la población del sur y el sudeste asiáticos". La clase dirigente de los países imperiales tiene la mayor parte de la responsabilidad.
En lugar de invertir el rumbo, lxs verdaderamente poderosxs entre el público de Guterres ofrecen a los pueblos del mundo la perspectiva de la aniquilación por otros medios: la guerra nuclear. Como dijo Guterres, reducido a suplicar a lxs poderosxs, "se están haciendo sonar de nuevo los sables nucleares. Esto es una locura". El potencial de un intercambio termonuclear que acabe con la civilización es ahora mayor de lo que ha sido en décadas.
Sabemos que no importan las advertencias, la lógica o la ciencia, la máquina de guerra y las grandes petroleras seguirán cargando a la humanidad hacia la destrucción total. De hecho, ambas cuestiones resuenan oscuramente la una en la otra. Al igual que Exxon y otras grandes petroleras intentaron poner en duda la ciencia climática, los Estados Unidos han dirigido una campaña a largo plazo para desacreditar la teoría del "invierno nuclear". Los modelos desarrollados por científicxs estadounidenses y soviéticxs predijeron que incluso un intercambio nuclear relativamente pequeño –por ejemplo, entre India y Pakistán– desencadenaría tormentas de fuego que producirían suficiente humo y hollín para envolver la atmósfera en dos semanas. El resultado: un enfriamiento global y una hambruna casi total al derrumbarse las cosechas en todo el mundo.
Al igual que se puso en duda el cambio climático para ampliar la perforación de los combustibles fósiles bajo nuestros pies, también se puso en duda el invierno nuclear para justificar la expansión del paraguas nuclear de los Estados Unidos. A finales de la década de 1970, los Estados Unidos trasladaron sus misiles Pershing-II a los Estados de la OTAN en Europa como parte de una nueva doctrina de "poder de contrafuerza". Esta nueva estrategia nuclear, que sustituyó a la doctrina de la "destrucción mutua asegurada", se basaba en la descabellada idea de que es posible ganar una guerra nuclear con un primer ataque abrumador contra las capacidades nucleares del enemigo, una política que permanece prácticamente intacta hasta el día de hoy.
En la década de 1970, esa decisión desencadenó un movimiento histórico contra las armas nucleares en el continente europeo. Hoy, las amenazas simultáneas del colapso climático y del holocausto nuclear exigen una movilización aún mayor de los movimientos populares y de la sociedad: un movimiento revolucionario global basado tanto en la ecología como en la paz, y en la comprensión radical de cómo ambas se interrelacionan. Estamos llamadxs a apoyar y unir a quienes más tienen que ganar con el derrocamiento de la hegemonía de quienes colonizan nuestra atmósfera y nuestro futuro: lxs trabajadorxs y campesinxs del Sur Global y lxs trabajadorxs del Norte Global.
En el Infierno, Dante nos dice que las puertas del infierno llevan la inscripción "abandonad toda esperanza, los que entréis aquí". Pero, como señala en otro lugar, "el camino al paraíso comienza en el infierno”.
Mientras nuestros gobernantes nos empujan al infierno, encontrémonos unos a otros y construyamos nuestro camino al paraíso.
Imagen: Dos obras de arte textil de Zulfikar Ali Bhutto que representan el río Indo y los manglares en el año 750 d.C. (izquierda) y el río en la actualidad, con un extenso sistema de canales y un declive de los bosques (cosido en verde).
