Amsterdam, 6 de marzo de 2026
El mes pasado, leí un titular que parecía irreal. Decía que habían evaporado a miles de personas palestinas en Gaza. No las habían desplazado. No las habían herido. No las habían matado. Las habían evaporado.
Resulta que el régimen israelí utilizó armas termobáricas, suministradas por Estados Unidos, que, además de explotar, asfixian. Succionan el oxígeno de un espacio y luego lo encienden. Esto genera una bola de fuego que alcanza hasta los 3000 grados centígrados. Bajo un calor así, el concreto se rompe, el acero se dobla y, de forma espeluznante e inevitable, los cuerpos humanos se evaporan.
No es ciencia ficción. Esto es real, es ahora y es Gaza.
Durante los últimos dos años y medio, Gaza sufre un genocidio brutal y persistente. Ha soportado aproximadamente seis veces la fuerza explosiva de la bomba atómica, lanzada sobre Hiroshima en 1945, concentrada en un área que ocupa menos de la mitad de esa ciudad japonesa. La destrucción ha sido total.
Cuando se declaró el alto al fuego, en octubre de 2025, creo que hubo una sensación colectiva de alivio. Pero pronto quedó claro que el alto al fuego en Gaza, como muchos otros que ha establecido Israel, fue una farsa diplomática, una herramienta para que Gaza desaparezca de los titulares y para que el genocidio continúe bajo pretextos diplomáticos. Y, en efecto, el régimen israelí ha violado el alto al fuego a diario, al asesinar personas palestinas diariamente y al restringir la ayuda cada día. Desde que Estados Unidos e Israel bombardearon Irán, el régimen israelí ha cerrado todos los pasos fronterizos y ha cortado ese mínimo flujo de ayuda por completo.
Mientras tanto, el ―asquerosamente denominado― Consejo de Paz de Trump ha elaborado programas distópicos de campos de concentración en Gaza para vigilar a las comunidades de forma constante, tomar sus datos biométricos, contar las calorías que consumen, controlar la atención sanitaria y la educación que reciben. Todo sucede bajo la mirada vigilante de los amos coloniales. Venderán los contratos para construir estos campos de concentración al mejor postor. Esto es lo que ha dispuesto el gobierno de Trump para el futuro de Gaza. Y mientras diseñan este futuro distópico, están borrando los últimos dos años.
No se habla de justicia. Nadie rinde cuentas. No se investigan las miles de masacres. Hay, en cambio, un esfuerzo por enterrarlo todo, por arrojar los escombros al mar ―escombros debajo de los que todavía hay miles de mártires atrapadxs― y por olvidar lo que hicieron en Gaza.
Pero la gente no lo olvidará. No hay vuelta atrás. Hemos visto demasiado y hemos vivido demasiado. Lxs compañerxs han pagado un precio alto por su solidaridad: lxs han encarcelado, sin juzgarlxs, por interrumpir la producción de armas; lxs han despedido de sus trabajos por expresarse y lxs han expulsado de sus universidades por organizar manifestaciones.
Y, aun así, el movimiento ha crecido. Han marchado millones de personas en todos los continentes. Se han cerrado las sedes universitarias y lxs trabajadorxs han hecho huelgas. Existe un reconocimiento internacional de que la lucha palestina es una lucha justa y la opinión pública ha virado en formas que, hasta hace una década, nos hubiese sido difícil imaginar.
Y deberíamos abrazar eso. Es importante, pero no podemos permitir que sea un consuelo fácil porque descansa sobre una contradicción que tenemos que enfrentar: la realidad en suelo palestino ha empeorado exponencialmente. El genocidio en Gaza no ha acabado y el régimen israelí se ha expandido y ha acelerado su ataque contra la vida y la tierra palestinas, en toda Palestina colonizada y más allá. Así que, debemos preguntarnos con honestidad: ¿cómo conciliamos un movimiento global de una escala sin precedentes con las condiciones en el territorio que siguen deteriorándose? Es una pregunta que no podemos darnos el lujo de evitar.
La respuesta consiste en entender algo con claridad: Gaza no es una tragedia aislada, es el epicentro de la política global.
Hay un motivo por el que los gobiernos están dispuestos a reprimir a su propia ciudadanía que protesta en contra de las acciones de un estado extranjero. Hay un motivo por el que sistemáticamente los escándalos de corrupción se remontan a los fabricantes de armas y a las compañías de seguridad privada, involucrados en el genocidio. Hay un motivo por el que, solo por apoyar los derechos inalienables del pueblo de Palestina, los políticos enfrentan las críticas y la presión que puede poner fin a su carrera. La gente alrededor del mundo está comenzando a entender las conexiones. Hoy es innegable: lo que está pasando en Palestina nos concierne a todxs.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, dijo que lo que estamos viendo en Gaza es un ensayo del futuro. Y ese futuro ya está aquí.
Lo vimos en la descarada violación de la soberanía venezolana, con la captura ilegal y el secuestro de un presidente en funciones de Venezuela. Lo vemos en las sanciones reanudadas que se diseñaron para someter a las personas en Cuba, matándolas de hambre. Lo vemos en la guerra de Estados Unidos e Israel en contra de Irán. Lo vemos en las compañías de inteligencia artificial involucradas en el genocidio en Gaza, que el ICE despliega ahora en las calles de ciudades estadounidenses. Lo vemos en la industria armamentista ―cuyas ganancias, ahora y durante el genocidio, han alcanzado su punto máximo―, en el sector de la seguridad privada y en la arquitectura de la vigilancia. Todos se expanden durante la guerra y todos encuentran nuevos mercados, nuevos laboratorios y nuevas poblaciones con quienes experimentar.
Porque eso es lo que debemos entender. La arquitectura que se pone a prueba en Palestina no se queda en Palestina. Viaja. La exportan. Sienta un precedente.
Es un sistema que funciona tal como lo diseñaron. Pero este sistema no se creó solo, llegó tras décadas de complicidad de los estados, de las corporaciones y de los individuos.
Estoy segura de que el genocidio en Gaza definirá a nuestra generación y a las generaciones venideras. Estamos atravesando un quiebre histórico. La pregunta no es si este momento definirá el futuro, la pregunta es cómo. Y la respuesta a esa pregunta depende de lo que hagamos.
La solidaridad es importante, pero, en el mundo de hoy, necesitamos más. La tarea que tenemos ante nosotrxs es la transformación radical. Transformar la indignación moral en poder político. Transformar las movilizaciones masivas en cambios estructurales. Construir las instituciones, las alianzas y la voluntad política para que el genocidio no solo esté mal visto, sino para que sea imposible de llevar a cabo ahora y para siempre.
Hoy, más que nunca, queda claro que liberar a Palestina significa liberar al mundo. No hay más tiempo para esperar. Porque no podemos vivir en un mundo en el que los regímenes tengan permitido evaporar seres humanos. Nunca más.
