Durante años, los medicamentos contra el VIH de Zambia llegaban a las clínicas y farmacias de una fuente conocida: el PEPFAR, el programa estadounidense fundado en 2003 que salvó más de 25 millones de vidas.
Ahora, ese salvavidas se está convirtiendo en una herramienta de presión. Funcionarios estadounidenses han advertido de que la financiación futura para el VIH podría depender del acceso a las reservas de cobre de Zambia, como parte de una estrategia más amplia para asegurarse los minerales que alimentan desde vehículos eléctricos hasta sistemas de misiles. Un memorándum filtrado del Departamento de Estado sugiere que los Estados Unidos incluso han considerado retener medicamentos contra el VIH, la tuberculosis y la malaria para forzar el acceso a las minas de un país.
El trato es brutalmente sencillo: medicamentos a cambio de minerales.
Y Zambia no es un caso aislado. En todo el continente se está gestando una nueva doctrina. En Zimbabue, según se informa, las negociaciones fracasaron después de que las demandas de los Estados Unidos se extendieran a los datos de salud. En Kenia y otros lugares, se están expandiendo las «asociaciones de salud» bilaterales —de estructura opaca y amplio alcance. El lenguaje del humanitarismo a veces se mantiene. Los términos han cambiado.
Los sistemas de salud se están incorporando a las mesas de negociación, junto con las minas, los puertos y la seguridad.
Detrás de estos acuerdos se esconde un cambio más profundo en la estrategia de los Estados Unidos. Este año, en Múnich, el secretario de Estado Marco Rubio expuso el objetivo sin rodeos: «crear una cadena de suministro occidental de minerales críticos que no sea vulnerable a la extorsión de otras potencias; y un esfuerzo unificado para competir por la cuota de mercado en las economías del Sur Global». En el mismo discurso, reflexionó sobre el colapso de los imperios europeos a manos de «revoluciones comunistas ateas y levantamientos anticoloniales» —no tanto como un ajuste de cuentas por la expansión criminal del imperio, sino como una pérdida injustificada que debe revertirse.
Los minerales críticos ocupan el centro de ese proyecto de recolonización: los materiales sin los cuales Washington no puede fabricar sus baterías, chips, drones, misiles o cadenas de suministro militares.
Esa estrategia está llegando ahora a suelo africano. Desde el Corredor de Lobito en Angola hasta las nuevas iniciativas de «diplomacia comercial» en África Central y Oriental, Washington está construyendo una nueva infraestructura de extracción: ferrocarriles, puertos y mecanismos de financiación diseñados para encauzar los flujos de minerales africanos hacia cadenas de suministro controladas por los Estados Unidos. Cobre, cobalto, litio, tierras raras —los materiales del siglo XXI— están siendo cartografiados, valorados y asegurados.
Esos materiales van más allá del subsuelo africano. También replantean el lugar de África en la división global del trabajo.
Se trata, sin duda, de una competencia con China. Pero también es algo más antiguo: recursos a cambio de dependencia. Y la coacción no se limita a los contratos.
La República Democrática del Congo —uno de los países más ricos en recursos del planeta— también se ha visto arrastrada a otra dimensión de la política de los Estados Unidos. Los migrantes deportados desde los Estados Unidos, entre ellos colombianos y peruanos, han sido enviados a Kinshasa. Se han debatido planes para reubicar en ese mismo país a los refugiados afganos varados en Catar.
A una nación cuyos minerales son indispensables para la economía mundial se le pide, al mismo tiempo, que absorba las consecuencias humanas de guerras y fronteras que no son las suyas. Extracción y desplazamiento: procesos gemelos en una misma dinámica colonial.
En conjunto, estos acontecimientos marcan un giro en la estrategia imperial. Durante décadas, el poder occidental en África se vio facilitado por el desarrollo —por muy desigual y condicional que fuera—. Ayuda, deuda, ONG: un lenguaje de colaboración que enmascara una estructura de control.
Ese acuerdo se está desmoronando. En su lugar surge un trato más duro. África no se está «integrando» en la transición verde. Se la está posicionando como su zona de suministro.
Pero esta estrategia ya está encontrando resistencia. El mes que viene en Nairobi, mientras los gobiernos se reúnen para la Cumbre Francia-África —presentada como un foro para la cooperación climática y la inversión—, los movimientos están preparando una movilización paralela.
Organizada por el Partido Comunista Marxista de Kenia y fuerzas aliadas, la Cumbre Panafricanista contra el Imperialismo reunirá a partidos, sindicatos y organizaciones de base de todo el continente y más allá. Su objetivo es sacar a la luz lo que describe como una nueva fase de recolonización y construir una respuesta coordinada basada en el poder popular.
El contexto es explosivo. En 2024, las protestas masivas se extendieron por Kenia contra las medidas de austeridad respaldadas por el FMI, y se encontraron con detenciones, asesinatos y desapariciones por parte de un Estado integrado en la arquitectura financiera y de seguridad occidental. Hoy, ese mismo país se está posicionando como puerta de entrada para una renovada intervención militar, económica y ecológica, mientras las potencias extranjeras lo cortejan como centro de inversión «verde».
Esta es una lucha por la soberanía misma: quién controla la tierra, el trabajo, los recursos y la dirección del desarrollo. Su llamado es por un frente continental e internacional capaz de resistir las bases militares, las finanzas extractivas y lo que ellos denominan «colonialismo verde».
Si la nueva estrategia imperial se está construyendo a través de contratos, corredores y coacción, su fuerza contraria está empezando a tomar forma en movimientos, alianzas y levantamientos desde abajo.
El resultado aún no está decidido. Pero los términos se están aclarando. Lo que venga a continuación no se decidirá solo en las salas de conferencias, sino en las luchas que ahora se desarrollan por todo el continente: por las minas y la medicina, las fronteras y los cuerpos, la soberanía y la supervivencia.
Defender a los defensores
Una nueva campaña liderada por la Fundación Courage se está movilizando por toda Europa para hacer frente al ataque de Washington contra el derecho internacional, después de que los Estados Unidos sancionaran a la relatora especial de la ONU Francesca Albanese y tomaran como objetivo a jueces y funcionarios de la Corte Penal Internacional en virtud del Decreto Ejecutivo 14203. La petición «Demand Justice» hace un llamado a la Comisión Europea a activar el Estatuto de Bloqueo de la UE, que prohíbe cumplir con las sanciones de los Estados Unidos, protege a las personas afectadas y obliga a los bancos y las instituciones a seguir trabajando con ellas. Puedes firmar la petición aquí.
Reescribiendo las reglas en Bogotá
Del 2 al 4 de mayo, los economistas más reconocidos del mundo se reunirán en Bogotá junto a académicos, responsables de políticas públicas y científicos sociales para debatir sobre la construcción de alternativas económicas y la formulación de propuestas programáticas en respuesta a los retos del actual orden económico internacional.
Organizado por el Gobierno de Colombia y la Internacional Progresista —y con el apoyo del Centro de Pensamiento VIDA—, el evento incluirá discursos magistrales, mesas redondas, sesiones plenarias y un «Festival de las Economías de la Vida» que invita al público colombiano a participar en un diálogo sobre el Sur Global dentro del orden internacional. La reunión reunirá a figuras como Gustavo Petro, David Harvey y Jayati Ghosh para impulsar propuestas sobre el control soberano de los recursos, la reestructuración de la deuda y la inversión pública a gran escala. Más información aquí.
Lenin
Vladimir Ilich Ulyanov, conocido por su seudónimo Lenin, nació el 22 de abril de 1870.
Lenin fue uno de los grandes pioneros del socialismo: un pensador incansable que insistía en un «análisis concreto de la situación concreta» frente al dogma de su época. En 1896, cuando estallaron huelgas espontáneas por todo San Petersburgo, se dio cuenta de que al movimiento le faltaba la «organización constante y continua» necesaria para convertir la rebelión en poder —una lección que marcó su política a partir de entonces. Dos décadas más tarde, tras la Revolución de Febrero de 1917 que derrocó el zarismo e instauró un gobierno liberal comprometido con continuar la guerra, Lenin identificó una fuente de autoridad diferente: los soviets, consejos obreros que encarnaban una forma rival de poder. La tarea de los revolucionarios, argumentó, no era sustituirse a sí mismos por las masas, sino ganárselas —mediante una explicación «paciente, sistemática y persistente»— de la necesidad de transferir el poder a estos órganos.
Menos de diez meses después, esa estrategia culminó en la Revolución de Octubre, cuando los trabajadores tomaron el poder y se dispusieron a desmantelar el viejo orden. En El Estado y la revolución, Lenin argumentó que el Estado burgués no podía simplemente ser tomado, sino que debía ser «destruido» y sustituido por nuevas instituciones arraigadas en el control popular. Su análisis se extendía más allá de Rusia. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, describió un sistema mundial estructurado por el capital monopolista y financiero, en el que la riqueza del núcleo imperial dependía de la subordinación de la periferia. Este marco guiaría el apoyo de la Tercera Internacional a las luchas anticoloniales: un esfuerzo por romper las cadenas de la explotación que dividían el mundo entre ricos y pobres, y por vincular el destino de los trabajadores de la metrópoli con el de quienes luchaban por la liberación en todo el Sur Global. Puedes leer más sobre Lenin aquí y celebrar su fecha de nacimiento.
Medu Art Ensemble (1979–1985, Gaborone, Botsuana) fue un colectivo panafricano, multirracial y anticolonial formado por más de 60 activistas culturales, entre quienes se encontraban músicos, artistas escénicos, escritores y poetas. «Medu» significa «raíces» en sepedi. La mayoría de los trabajadores culturales de Medu eran sudafricanos, que se habían visto obligados a exiliarse tras el sangriento levantamiento de Soweto. Desempeñaron un papel significativo en la definición de la resistencia cultural al apartheid a través de exposiciones, eventos educativos y la producción de pósters.
En 1976, Soweto fue escenario de varias protestas escolares contra la enseñanza en afrikáans, la «lengua del opresor». Las estimaciones sugieren que hubo hasta 700 víctimas mortales entre los 20 000 estudiantes que participaron en las protestas. Teresa Devant fue una de las primeras artistas internacionales blancas en unirse al Ensemble, fotografiando los acontecimientos y organizando actividades, incluida la impresión del póster «Unity is Power» (La unidad es poder) en 1979. El titular de los derechos de imagen es Freedom Park, a través de la Biblioteca Digital de la UCLA.
