La democracia popular de proceso completo y su construcción en China

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Para Building the Future, una colección de investigación sobre la construcción socialista contemporánea, Paweł Wargan y Jason Hickel estudian el concepto de "democracia popular de proceso completo" de China, un complejo sistema de participación política y gobernanza desde las bases que constituye uno de los pilares del proceso de modernización de China.

Introducción

En la aldea de Minzhu, una pequeña comunidad del distrito de Jiulongpo, en la gran metrópolis de Chongqing, se ha producido una transformación sorprendente. Lo que en su momento fue un laberinto de edificios ruinosos y estrechos caminos embarrados es ahora una comunidad moderna, con paredes de ladrillo de un rojo radiante, paseos ajardinados y prósperos servicios públicos. La aldea de Minzhu tiene un mercado sostenible de productos agrícolas erigido con materiales reciclados; un comedor público donde comen gratis las personas mayores; gimnasios al aire libre; escenarios para representaciones públicas; cafeterías modernas y económicas; y un bar de cervezas artesanales construido en el interior de unos contenedores de barco apilados. En la plaza mayor, enfrente del comedor de tres plantas, hay una pulcra oficina pública del Partido Comunista de China (PCCh), donde la vecindad puede solicitar la ayuda de los cuadros del partido para cualquier cosa, desde volver a pintar sus casas hasta resolver las disputas vecinales. Hace solo unos años, las aguas residuales bajaban por un canal que recorría toda la calle mayor. Ahora, la muchachada y las personas mayores se remojan los pies en el arroyo que lo ha sustituido.

La aldea de Minzhu albergó en su momento una de las empresas más importantes de China: la Fábrica Estatal de Máquinas‑Herramientas de Chongqing (国营建设机床厂). Los orígenes de la fábrica se remontan al Arsenal de Hanyang (汉阳兵工厂), uno de los principales productores de armas en tiempos de la dinastía Qing. Durante la segunda guerra sino‑japonesa, trasladaron el Arsenal de Hanyang al distrito de Jiulongpo y, en 1957, pasó a llamarse oficialmente "fábrica de máquinas‑herramientas". Esta fábrica, que se convirtió en una de las mayores empresas militares de China, producía fusiles automáticos y ametralladoras. En su apogeo, la fábrica empleaba a más de 20 000 personas y la aldea de Minzhu se construyó para darles alojamiento. Construida en ladrillo rojo anaranjado al estilo de los bloques de apartamentos soviéticos, la aldea llegó a personificar la época en que una ola de rápida industrialización y cambio se extendió por el país.

En 2009, la fábrica de máquinas‑herramientas se trasladó al polígono industrial de Huaxi, en el distrito de Banan, como parte de una nueva política de reurbanización. Aunque la aldea de Minzhu ya estaba erosionada y ajada, ahora comenzó su verdadero declive. Sus infraestructuras se deterioraron y su población envejeció y menguó. Las autoridades sopesaron demolerla y reubicar a la vecindad. Pero la comunidad había estrechado lazos generacionales con una región que, ya de por sí, tenía relevancia histórica para el país. En vez de demolerla, sometieron a la aldea a un plan integral de regeneración. Se convirtió en un modelo para el resto del país —y en un ejemplo espectacular de la aplicación de los procesos participativos en el desarrollo de China—. Tras el lanzamiento del programa piloto de renovación urbanística de 2021, el PCCh organizó cientos de "asambleas de patio" en la aldea de Minzhu —reuniones comunitarias en la plaza pública donde la vecindad aireaba sus quejas, expresaba sus opiniones y compartía sus ideas para reurbanizar el vecindario—. El buzón n.º 1, un buzón que se instaló originalmente en 1953 como un canal de comunicación para las personas que trabajaban en la fábrica de máquinas‑herramientas, se digitalizó y evolucionó hasta convertirse en un programa formal que consiguió reunir miles de sugerencias de la vecindad. Y, para facilitar los sondeos públicos a todos los niveles de la comunidad, se creó una emisora —que ampliaba todavía más el papel del buzón—.

En la actualidad, algunas partes de la aldea de Minzhu recuerdan rincones de moda de Londres o Berlín. Pero la transformación del vecindario siguió un recorrido distinto del que suele ser habitual en las metrópolis de Occidente. Aunque el proceso implicó el mismo tipo de cambios cualitativos asociados a la gentrificación en muchas de las grandes ciudades, la población local trabajadora de la aldea de Minzhu no se vio desplazada. En vez de eso, mejoró su existencia, cuyos estándares de vida se acercaron cada vez más a los de la clase media urbana —pasaron de la pobreza a lo que el PCCh denomina "prosperidad moderada", un estadio de desarrollo donde las necesidades básicas están satisfechas y donde todos pueden aspirar a un estándar de vida acomodado—. Esto se basó en las necesidades que los miembros de la comunidad habían expresado antes, durante y después del proceso de reurbanización. El mercado de productos agrícolas se modernizó, el arroyo se limpió y se construyó el comedor, además de crearse por toda la aldea nuevas instituciones e infraestructura para el ocio, el esparcimiento y el desarrollo de la comunidad.1 

Este proceso —una amplia consulta popular que transforma la vida de la clase obrera— es la piedra angular de la noción china de "democracia popular de proceso completo". Refleja una metodología revolucionaria que procura desarrollar una "línea de masas" interpretando, sistematizando y haciendo constantemente realidad las ideas del pueblo. Puede resultar un proceso difícil. Xiong Jie y Tings Chak han descrito en detalle cómo funcionó en la restauración del lago Erhai, donde supuso un prolongado tire y afloje entre los cargos del partido y la población local con el fin de superar los conflictos, llegar a acuerdos mutuos y conseguir apoyo popular en las soluciones prácticas.2

El enfoque desafía los fundamentos de las narrativas imperantes en occidente sobre la falta de democracia y de legitimidad popular del gobierno chino —en cambio, sugiere que, en muchos sentidos, el proceso democrático chino tiene mejor capacidad de reacción y es más participativo que los modelos de la democracia liberal occidental—. De hecho, los datos recogidos en varios estudios sobre esta cuestión —muchos de los cuales los han llevado a cabo instituciones liberales occidentales consolidadas— no solo muestran que el gobierno de China goza de un considerable apoyo popular a todos los niveles, sino también que, en China más que en casi cualquier otra parte del mundo, la gente cree que su sistema político es democrático, es justo y está al servicio de los intereses del pueblo.

Este artículo ofrece un pantallazo del modelo democrático chino. En primer lugar, aborda la naturaleza de la democracia socialista contraponiéndola a la democracia liberal. En segundo lugar, revisa las características de la "democracia popular de proceso completo" en China y la compara con los modelos democráticos que imperan en occidente. En tercer lugar, examina los datos sobre el apoyo al sistema y la percepción pública de la democracia en China.

¿Qué es la democracia socialista?

Para mucha gente en occidente, la democracia requiere de la existencia de multitud de partidos que den cabida a las distintas visiones de futuro de la sociedad y voz a las distintas opiniones. Desde este punto de vista, el Estado es un árbitro neutral y el principio de "una persona, un voto" garantiza una participación democrática igualitaria.

Es un ideal muy bonito, pero oculta el papel del poder de clase. En un sistema así, es muy fácil que la clase dominante —la clase con más poder financiero y organizativo— condicione los resultados políticos según sus propios intereses, secuestre al Estado e impida cualquier desafío democrático a su gobierno. De hecho, esto es precisamente lo que sucede bajo el capitalismo. La consecuencia es que el Estado es un instrumento al servicio del gobierno de la clase capitalista. Sus arreglos institucionales y costumbres políticas sirven para promover y afianzar el dominio de una clase sobre la otra. El "orden" y la "estabilidad" moderan el conflicto de clases a fin de preservar el poder del capital e impedir que emerja un sistema político al servicio de la clase trabajadora.3 De hecho, la democracia liberal facilita que se consolide y se ejerza la dictadura de la burguesía.

"La democracia socialista debe… verse como un proceso histórico, multigeneracional y dialéctico por el que se crean, se alimentan y se defienden las condiciones que permiten que cada vez más partes de la sociedad desempeñen un papel activo en la gobernanza".

A los Estados occidentales se los suele calificar de democracias. En realidad, el ejercicio de la democracia está seriamente coartado. En los Estados Unidos, por ejemplo, el poder se lo intercambian una y otra vez dos partidos de la élite dominante, ambos explícitamente procapitalistas y comprometidos con los intereses de la clase capitalista. Los partidos minoritarios o terceros partidos —incluidos los partidos socialistas— están excluidos de hecho del proceso político nacional: se enfrentan a serios obstáculos para aparecer en las papeletas electorales o para asegurarse tiempo de antena en los debates políticos oficiales. Es más, las élites y las corporaciones pueden gastarse una cantidad ilimitada de dinero en la financiación de las campañas, para promover y colocar a unos políticos que moldearán las políticas como más les beneficie, en lo que solo puede calificarse de corrupción política institucionalizada. La democracia carece de significado bajo unas condiciones así.

En 2014, la Cambridge University Press, la editorial de la Universidad de Cambridge, publicó un estudio que revelaba que, en los Estados Unidos, las políticas se suelen implantar siguiendo las preferencias de las élites y de los grupos de presión empresariales organizados, incluso cuando esto va en contra de las preferencias de la mayoría.4 Dicho de otro modo, los Estados Unidos se parecen mucho más a una oligarquía que a una democracia. Esta es una realidad que se refleja en los sondeos de opinión. Según los datos del índice de percepción de la democracia (DPI, por sus siglas en inglés), solo el 54 por ciento de la población estadounidense cree que su país sea una verdadera democracia y solo el 42 por ciento afirma que el Gobierno esté al servicio de la mayoría.5 Estas cifras resultan impactantes en un país que se promueve a sí mismo como el bastión de la "democracia".

Incluso en países con un sistema multipartidista más sólido y con restricciones en la financiación de las campañas, los procesos democráticos presentan serias limitaciones. Por ejemplo, bajo unas condiciones donde los medios de comunicación imperantes son propiedad de empresas capitalistas o los controlan en la práctica personas multimillonarias u oligarcas, es virtualmente imposible que a los movimientos políticos de la clase trabajadora se les permita expresar libremente su opinión. Como vimos en las elecciones británicas de 2017, los principales grupos mediáticos cerraron filas y orquestaron una campaña de desinformación para demonizar a la izquierda socialista que consiguió impedir que llegase al poder.

Aún más importante, bajo el capitalismo la democracia queda relegada a una participación periódica y de marcado carácter ritualístico en la esfera política, pero queda totalmente descartada de la esfera económica, aunque esta última afecte a nuestra vida cotidiana y condicione la forma y la dirección de nuestra civilización. Cuando el capital controla la producción, el propósito de la producción y de la reinversión no es satisfacer las necesidades humanas, alcanzar el progreso social o hacer realidad los objetivos ratificados democráticamente: el propósito es maximizar y acumular los beneficios. Las decisiones sobre cómo usar nuestra mano de obra o las capacidades productivas de nuestra sociedad se toman conforme a los estrechos intereses de la clase capitalista. A la clase trabajadora —las personas que realmente producen— casi nunca se le da voz en nada. Esta disposición de las cosas es profundamente antidemocrática. De hecho, es razonable afirmar que, independientemente de los arreglos políticos que una sociedad dada pudiese tener, si en ella la gente no tiene el control de su propia producción y de la inversión del excedente que genera, no puede calificarse de democracia. Esta disposición de las cosas explica el resultado perverso que vemos en las sociedades capitalistas, donde, incluso en los casos con una alta producción agregada, hay escasez crónica de elementos básicos como la vivienda asequible, la comida nutritiva y el transporte público.

Por lo que respecta al capital, la democracia es peligrosa y debe evitarse de ser posible. De hecho, las únicas concesiones que el capitalismo les ha hecho históricamente a las clases trabajadoras sucedieron en unas condiciones de lucha social activa y de transformación revolucionaria mundial. A la expansión de los partidos políticos democráticos en la Europa de comienzos del siglo XX le siguió un período de activismo sindical prolongado, que consiguió concesiones por parte de unas clases capitalistas ansiosas por contener el impulso revolucionario. También se puede rastrear el origen de las primeras políticas de carácter social de occidente en la percepción del riesgo de una revolución comunista inspirada en la Revolución de Octubre de 1917 y en la integración de los partidos comunistas de Europa Occidental en la Internacional Comunista.6

En la segunda mitad del siglo XX, de las cenizas de la guerra mundial emergió un consenso democrático sólido que reflejaba el conflicto sistemático con la Unión Soviética, que había conseguido un tremendo prestigio internacional al derrotar al fascismo europeo mientras hacía grandes progresos históricos en la industrialización y en el desarrollo social. Esto fue una auténtica victoria para las clases trabajadoras occidentales; no obstante, conviene recordar que las clases capitalistas solo estuvieron dispuestas a hacer concesiones porque sabían que podían contar con el excedente del que se habían apropiado en la periferia para mantener las condiciones de acumulación. En esencia, la socialdemocracia siempre se ha basado en un arreglo imperialista.

En la actualidad, las potencias económicas se afanan en alcanzar las cuotas de crecimiento y acumulación que caracterizaron las décadas anteriores, en gran medida a causa del incremento de los movimientos por la soberanía económica en la periferia. Como resultado, los gobiernos occidentales están respondiendo, desmantelando el pacto socialdemócrata en casa e intensificando la violencia en el extranjero, lo que demuestra que las concesiones que el capitalismo le hubiese podido hacer a la clase obrera solo se dieron en la medida en que siguieron siendo estructuralmente compatibles con la acumulación continua del capital.

Los socialistas hace tiempo que han comprendido estas inclinaciones. Han entendido que un sistema político abierto con medios de comunicación de titularidad privada no puede, en el contexto de los profundos desequilibrios del poder de clase, proporcionar una democracia real. Esto es particularmente cierto en la periferia, donde las potencias imperialistas son expertas en intervenir tanto en las elecciones como en otros procesos políticos para aplastar los movimientos de liberación y apuntalar a las élites que actúan de intermediarias.

Los partidos políticos —igual que el Estado— no pueden entenderse al margen de las cuestiones de clase. Los partidos surgen, suscitan apoyos y funcionan como representantes de un interés de clase dado y reflejan el equilibrio dinámico de poder entre las clases. A falta de un partido creado a su imagen y semejanza, la clase trabajadora se ve forzada a alinearse políticamente con una subjetividad que le es ajena: la subjetividad de la clase opresora. La existencia de múltiples partidos capitalistas que rivalizan entre sí trunca el horizonte político del proletariado, al dividirlo por culpa de asuntos secundarios que ocultan las contradicciones de clase que son fundamentales porque estructuran sus sociedades y sus vidas. Esto transforma las contradicciones no antagónicas que hay dentro de la clase trabajadora en unas que sí lo son,7 por ejemplo, al dividir al proletariado sobre cuestiones de inmigración, en vez de unirlo al servicio de la liberación. 

Se han propuesto distintas alternativas socialistas posibles. Por ejemplo, después de apartar a la clase capitalista del control de la producción y del Estado, podría establecerse un sistema multipartidista en el cual todos los partidos deban suscribir unos principios socialistas básicos. Esto es el socialismo democrático multipartidista. Sin embargo, este enfoque todavía puede ser vulnerable a la intervención imperialista, que podría poner en marcha un conflicto entre partidos para desestabilizar o derrocar un gobierno. Una ruta alternativa, la que sigue China, es el gobierno de un único partido comunista con una afiliación masiva que represente ampliamente al pueblo; que se haya comprometido constitucionalmente a promover los intereses de la clase trabajadora; que tenga una presencia orgánica de base en las comunidades mediante prácticas sólidas de participación y consulta; y que se organice conforme a prácticas democráticas internas (centralismo democrático).

Más allá de las medidas político‑procedimentales, la democracia socialista también tiene como objetivo extender el principio democrático a la esfera de la producción. Todas las decisiones sobre en qué se invierte, qué se produce y quién debería beneficiarse de los rendimientos de la producción deberían someterse a la voluntad del pueblo y alinearse con los intereses de las clases trabajadoras.

La representación de las masas en el proceso político y económico da pie a que la batería de reclamos que se le pueden hacer al Estado sea mucho más dilatada. Si la democracia occidental se limita a una serie de derechos políticos y libertades formales —que en sí mismos están sumamente restringidos cuando amenazan el dominio de la clase capitalista dentro del Estado—, la democracia socialista también procura alcanzarlos y, además procura alcanzar los derechos económicos y sociales de las masas. Esto es así porque no se puede lograr la emancipación real bajo condiciones de privación económica. ¿Se puede decir que alguien es libre si tiene hambre, tiene sed o no tiene casa? La libertad no es un simple compromiso retórico. Tiene que surgir al tiempo que se alcanza ciertas condiciones históricas y materiales. Requiere de un desarrollo estable y de un Estado capaz de canalizar ese desarrollo al servicio de las necesidades sociales. Como Karl Marx y Friedrich Engels escribieron en La ideología alemana

"Por lo general, las personas no pueden liberarse mientras sean incapaces de obtener comida, bebida, alojamiento y ropa en una cantidad y de una calidad aceptables. 'La liberación' es una hecho histórico, no un acto mental, y la provocan las condiciones históricas".8

Las personas padecen opresión y privación de diferentes maneras, que reflejan las singularidades locales de su propia geografía, economía, historia y cultura. No puede haber un enfoque de talla única que promueva sus derechos políticos, económicos y sociales. Por eso, el socialismo exige la intensa participación de las masas en el proceso de desarrollo. Sin discusión activa, la democracia puede producir poco más que el consentimiento silencioso de políticas y soluciones de naturaleza muy general. Este es un objetivo necesario del socialismo, aunque no todos los socialismos reales lo han logrado en la misma medida.

Al reflexionar sobre la organización de los cuadros del partido, Mao Zedong hacía hincapié en lo siguiente: "Ningún dirigente sabrá dar orientación general al conjunto de las entidades a su cargo, a menos que obtenga experiencia concreta en cuanto a individuos y asuntos determinados…".9 Dicho de otro modo, tiene que haber un vínculo orgánico entre la maquinaria del partido y las experiencias concretas de las personas. Al representar los intereses de la amplia mayoría, el Partido Comunista debe crear las condiciones necesarias para la participación de las masas en la gobernanza del Estado. Sin esto, el hilo que une a las personas con el proceso de la construcción socialista se rompe y la dirección en la que se mueve el Estado se distorsiona por culpa de la inercia burocrática o de otros intereses estrechos.

Pero sería idealista exigir que el proceso revolucionario haga aparecer inmediatamente un sistema universal de participación, como reclaman muchos marxistas occidentales. El camino para la transformación social puede ser largo y tedioso; y el peso del legado histórico, que se expresa en las disparidades en la educación, los recursos, la capacidad productiva y la estabilidad institucional, requiere de un enfoque sistemático. Las actitudes y las normas culturales que perviven  —los patrones de explotación y sumisión— no se pueden superar por arte de magia. En algunas de las primeras elecciones de China, se hacía que el campesinado votase colocando una piedra en el cuenco de su candidato favorito; eran personas analfabetas.

Cada país socialista se ha enfrentado a un estado de excepción extremo, con los cercos militares, las guerras económicas a base de sanciones y bloqueos y las agresiones culturales e informativas que practica constantemente el imperialismo. En este contexto, los Estados revolucionarios pueden priorizar la defensa nacional y el desarrollo industrial como una salvaguardia frente a la subordinación de sus estructuras de reproducción social a las maneras anárquicas y destructivas de la acumulación imperialista. Como expresión de la soberanía popular dentro del Estado, la democracia no puede construirse sin respetar sus salvaguardas materiales ni abstrayéndose de las artimañas con las que el imperialismo procura desbaratarla.

La democracia socialista debe, por lo tanto, verse como un proceso histórico, multigeneracional y dialéctico por el que se crean, se alimentan y se defienden las condiciones que permiten que cada vez más partes de la sociedad desempeñen un papel activo en la gobernanza. Por esta senda, China ha avanzado más que la mayoría de las sociedades de la historia moderna. Desde los primeros experimentos en la organización de las aldeas hasta la creación de un proceso nacional que afecta a 1 400 millones de personas procedentes de 56 grupos étnicos en un país que se extiende por más de nuevemillones de kilómetros cuadrados, todo este recorrido ha acabado contenido en un concepto denominado "democracia popular de proceso completo" —una práctica de gobernanza democrática construida sobre la base de un siglo de experiencia organizativa—.

La democracia popular de proceso completo

El concepto de "democracia popular de proceso completo" apareció por primera vez en septiembre de 2014, en un discurso que expresó el Presidente Xi Jinping en una conferencia por el LXV aniversario de la fundación de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPCh).10 Xi hizo hincapié en el elemento "consultivo" que llevaba embebido desde hacía mucho tiempo en la democracia socialista de China. "Poner en práctica la democracia popular y asegurar la soberanía popular del país —afirmó— exige que entablemos amplias discusiones y debates por toda la sociedad mientras gobernamos el país".11

Para comprender el papel de la consulta en el proceso revolucionario chino, conviene repasar brevemente la historia de la evolución del PCCh. Ya a comienzos de la década de 1930, en la época de la República Soviética de China (también conocida como Sóviet de Jiangxi), el partido experimentó con distintas estrategias para incorporar a la vida política activa a las masas —que llevaban oprimidas desde hacía siglos y nunca habían estado lo suficientemente bien organizadas como para desmantelar las estructuras opresoras que las reprimían—. En opinión general, esta era la única manera de forjar la revolución. Habría sido imposible superar las "tres montañas" del imperialismo, el feudalismo y el capitalismo sin organizar a la mayoría de la sociedad en contra de quienes la oprimían. De esta premisa surgió el concepto de "línea de masas", así como un procedimiento para estudiar los puntos de vista de las masas, organizarlos, coordinarlos y, después, devolvérselos a las masas, para que entre ellas se pudiesen adoptar como análisis popular y evaluar si eran correctos o no a través de la acción colectiva. El ejercicio se repetía una y otra vez, en un proceso continuo de identificación y resolución de las contradicciones a las que se enfrentaba la sociedad. Dijo Mao Zedong: "En todo el trabajo práctico de nuestro partido, toda dirección correcta está basada necesariamente en el principio 'de las masas, a las masas'".12

En su estudio etnográfico sobre la transformación revolucionaria de la aldea china de Zhangzhuangcun (también conocida como Long Bow, por su traducción al inglés) entre 1945 y 1948, William Hinton observó cómo se había aplicado este procedimiento para cambiar drásticamente las viejas estructuras y tradiciones del feudalismo.  la tierra se redistribuyó mediante la consulta y las mujeres ganaron sus derechos de la misma forma. Mediante la consulta, fue como la propiedad que los señores feudales habían expropiado se redistribuyó entre las familias, que a menudo solo tenían una olla y una única muda de ropa. Mediante la consulta fue como se organizó la gestión de las parcelas de tierra recién colectivizadas. En cada fase, este procedimiento científico, basado en actuar colectivamente a la hora de plantear retos, desarrollar soluciones y evaluar dichas soluciones contrastándolas con realidades materiales, ayudaba a desarrollar las capacidades de gobernanza de las masas. "De este modo, el campesinado, bajo la dirección del Partido Comunista, había pasado gradualmente de un conocimiento parcial a un conocimiento general, de la acción espontánea a la acción dirigida y de un éxito limitado a un éxito total —escribió Hinton—. Y, a través de este proceso, esas personas se habían transformado a sí mismas, de ser las víctimas pasivas de las fuerzas sociales y de la naturaleza a las constructoras activas de un nuevo mundo".13

La llegada al poder del PCCh a través de la movilización revolucionaria de las masas, orientada explícitamente a la mejora de las condiciones del campesinado y del proletariado, estableció los cimientos de las relaciones entre las masas y el Estado que todavía apuntalan el contrato social chino. Este proceso se desarrolló —con sus progresos, contratiempos, éxitos y fracasos— en las décadas que siguieron a la revolución. En la actualidad, el PCCh ha crecido hasta contar con más de 100 millones de militantes y con más de 75 millones de miembros de la liga de la juventud. De hecho, cada familia tiene al menos a una persona en el partido, lo que no solo asegura que la amplia variedad de posturas sociales y puntos de vista políticos estén representados dentro del partido, sino también que el PCCh tenga canales directos de comunicación que le permitan comprender lo que cada segmento de la sociedad china quiere o necesita. Internamente, el PCCh se rige por el modelo del centralismo democrático, que constituye tanto el principio organizativo fundamental como el método de dirección del partido. Este modelo fomenta un vigoroso debate interno a todos los niveles con objeto de poner en común la sabiduría colectiva de los miembros del partido. Luego, los miembros del PCCh se comprometen a defender las decisiones acordadas, para garantizar que los esfuerzos del partido convergen hacia los objetivos comunes.  

Merece la pena hacer hincapié aquí en que no se puede contemplar al PCCh desde la misma perspectiva que a los partidos políticos de las democracias liberales. No es un instrumento de competencia política. En cambio, sí es un vehículo para la participación de las masas en la gobernanza y un garante del sistema político en su totalidad. De hecho, China no es un Estado de partido único. Tiene nueve partidos oficiales: el PCCh y ocho partidos democráticos. Este sistema es un legado histórico. A comienzos del siglo XX, China experimentó con la democracia liberal multipartidista. Los resultados fueron todo menos democráticos. Se crearon más de 300 partidos por todo el país y, entre 1912 y 1928, dicho sistema tuvo 10 jefes de Estado distintos, 45 consejos de ministros y 59 primeros ministros —fueron 16 años de caos político—. La época bajo la dictadura del partido único —el Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) de Chiang Kai‑shek— también fue un fracaso, con crisis económicas y derrotas militares. Por todas partes, emergieron nuevos partidos que se disputaban el poder. Se hizo necesario un nuevo sistema político y el mandato para crearlo recayó sobre el PCCh. Surgió un sistema centrado en desarrollar una relación cooperativa, en vez de competitiva, entre los partidos políticos ya existentes, que actuarían de canales para que los distintos segmentos de la sociedad participasen en la gobernanza —por ejemplo, realizando investigaciones o consultas sobre la legislación—.14

Este recorrido histórico refleja un origen democrático legítimo que no derivó de arreglos institucionales abstractos, sino de mejoras demostrables en las condiciones materiales de la mayoría de la población de China. Lin Shangli aboga por unas políticas avanzadas que tengan "el apoyo incondicional del pueblo" y conlleven "un desarrollo nacional sostenido, estable y bien fundado" —logros que serían imposibles sin un proceso consultivo sólido capaz de identificar y de detectar los problemas concretos a los que se enfrenta la población—.15 Xi Jinping —que ha procurado incrementar los mecanismo democráticos de base— ha hecho hincapié en esto mismo en sus discursos y escritos: 

"El proceso de celebrar amplias deliberaciones populares es el proceso de promover la democracia y recurrir a la sabiduría colectiva; el proceso de unificar las ideas de las personas y crear consenso; el proceso de tomar decisiones basadas en la ciencia y la democracia; y el proceso de asegurar el papel del pueblo como soberano del país. Solo así podemos cimentar con solidez la gobernanza de nuestro país y la gobernanza social; solo así somos capaces de ganar fuerza todos juntos".16

Tres son las principales diferencias con los modelos democráticos liberales de Occidente que se pueden inferir. En primer lugar, en occidente el concepto de democracia permanece atrapado en la camisa de fuerza del idealismo. Se trata como si hubiese finalizado, como si fuese un sistema político que ha llegado a su último destino, y esta afirmación permite convertir la democracia liberal en un arma contra quienes procuran promover derechos que no caben en ella. Se habla poco en occidente de intensificar, expandir o mejorar la democracia liberal. Debido a su falta de una base científica clara, los eruditos chinos han calificado el sistema occidental de "supersticioso" o parecido a una "secta".17 Por el contrario, la "democracia popular de proceso completo" se comprende dentro del marco del materialismo histórico y dialéctico. Es un proceso en continua expansión que necesariamente se intensifica, se ensancha y mejorar cuando segmentos más grandes de la población participan en el sistema de gobernanza; y cuyo impacto se mide mediante las mejoras materiales e inmateriales que obra en las vidas de las personas. "La exploración humana y la práctica democrática no tienen fin", escriben Cheng Enfu y Chen Jian.18

Como parte de este proceso, China aprende de sus propios errores y defectos. Como en cualquier otro país, ha habido momentos en que la cantidad insuficiente de mecanismos de retroalimentación y de rendición de cuentas durante el proceso de elaboración de una política ha tenido consecuencias adversas, a veces graves, para el país y su gente. Pero el sistema actual de China refleja la determinación de asimilar las lecciones de la historia y —mediante la constante reflexión y retroalimentación— de recalibrar las políticas para superar las limitaciones del pasado.

En segundo lugar, las democracias liberales de occidente se aseguran de que pocas personas participen activamente en el proceso, más allá de ir a votar —una práctica periódica limitada cuyo resultado deforman y corrompen las disparidades en el poder económico—. Por el contrario, el modelo democrático de China aspira a mantener la amplia participación de las masas en el proceso político en todo momento y a todos los niveles —eso es lo que significa "de proceso completo"—. Esto se cumple a la hora de ir a votar. En 2016 y 2017, más de 900 millones de votantes participaron en las elecciones a las asambleas populares de los municipios y de los condados —los dos primeros niveles de los cinco que componen el sistema electoral chino y que representan el 90 por ciento de la participación comunitaria—. Más recientemente, el número de votantes ha sido superior a los 1000 millones, lo que supera el número de votantes de la India y hace de las elecciones que se celebran en China las mayores elecciones democráticas de todo el mundo. Pero la participación de las masas también tiene que ser una realidad más allá de ir a votar, una cuestión sobre la que Xi Jinping hizo hincapié en un discurso de 2021:

"Si la gente solo está despierta en el momento de votar y aletargada después; si la gente oye grandes eslóganes durante las elecciones, pero no tiene ni voz ni voto después; si se busca el favor de la gente durante la campaña electoral, pero se la ignora después de las elecciones, eso no es una verdadera democracia". 

La promesa de igualdad política contenida en el concepto de "una persona, un voto" no abarca, por sí sola, los derechos sociales y económicos más amplios que están contenidos en las concepciones socialistas de desarrollo y democracia. Además, aparte de las elecciones, la "democracia popular de proceso completo" asegura la participación de las masas a través de las consultas, los seminarios, las reuniones, los debates, los simposios, las audiencias, los consejos, las críticas y otras formas de expresión de la opinión popular que ayudan a conformar los resultados legislativos y políticos. De este modo, cuando China estaba elaborando su Código Civil, celebró 10 rondas de consultas públicas, en las que recibió más de un millón de comentarios procedentes de 425 000 personas.19 En las consultas que están actualmente en curso para el XV Plan Quinquenal de China, cuya puesta en marcha está prevista para 2026‑2030, el Gobierno ha recibido más de tres millones de sugerencias de la ciudadanía —es decir, tres veces más de las que le llegaron durante un plazo de tiempo similar para el XIV Plan Quinquenal en 2020—.20

Por sí solas, estas cifras no reflejan la amplitud y la profundidad del proceso, que implica el uso de un complejo tapiz de canales de consulta y expresión de la opinión del pueblo. Como si fuese el buzón de la aldea de Minzhu, el Estado ofrece el servicio de las denominadas "líneas 12345" para todo el país. Estas líneas telefónicas de atención ciudadana, que garantizan una "respuesta inmediata al recibir una queja", están destinadas a abordar las preocupaciones públicas y forman parte de un conjunto más amplio de canales de comunicación que incluyen centralitas, buzones de la alcaldía, aplicaciones móviles y grupos de WeChat, la aplicación de China "para todo". De este modo, desde todos los niveles gubernativos responden a las peticiones públicas y abordan los problemas que le preocupan directamente a la ciudadanía. Desde el punto de vista legislativo, la elaboración de las políticas suele seguir un proceso exhaustivo que dura varios años, en el que los partidos políticos, los institutos de investigación, los movimientos de masas y otro tipo de organizaciones de todo el país se inscriben para llevar a cabo investigaciones y acoger debates y conferencias sobre cuestiones políticas concretas, que después repercuten en el propio proceso de creación de las políticas. Por ejemplo, antes del XX Congreso Nacional del PCCh, 54 institutos de investigación participaron en la realización de estudios para el informe oficial, de donde surgieron 80 artículos. En dicho proceso, 64 equipos de investigación llevaron a cabo 179 trabajos de campo en provincias, regiones autónomas y municipalidades; 25 equipos de investigación les hicieron encuestas escritas a 465 organizaciones; y 10 equipos de investigación les encargaron a 252 organizaciones la realización de estudios especializados. Los equipos de investigación emplearon a 19 022 participantes y les realizaron consultas y entrevistas a 1847 personas. Las consultas a la opinión pública para el informe del XX Congreso que se realizaron por internet recibieron más de ocho millones de respuestas.21

En tercer lugar, la democracia liberal la ejerce principalmente la clase gobernante capitalista y conforme a sus intereses. Como resultado, se pone un especial cuidado en que no se politicen las sociedades fuera de los estrechos parámetros que preservan el dominio del capital sobre el trabajo —y hay pocos mecanismos de contención del poder que cuenten más allá de las elecciones—. Cuando la movilización política tiene lugar fuera de los períodos electorales, surge necesariamente en contra del gobierno y de las políticas del Estado y a menudo se expresa como una reacción al incumplimiento de las promesas electorales. Esto es así porque el control del Estado por parte del capitalismo genera necesariamente relaciones antagonistas de clase, donde la clase capitalista procura maximizar sus beneficios mediante la opresión, mientras que la clase trabajadora procura abolir dicha opresión. Por el contrario, en una sociedad revolucionaria, las masas han tomado el poder y, por lo tanto, constituyen el Estado y representan la fuente primaria de su legitimidad y poder. Como señaló Mao Zedong, esto genera unas contradicciones de una naturaleza fundamentalmente distinta que las que existen dentro del capitalismo:

"Las contradicciones en la sociedad socialista… se manifiestan en violentos antagonismos y conflictos, en una enconada lucha de clases; no pueden ser resueltas por el sistema capitalista mismo, sino únicamente por la revolución socialista. Por el contrario, las contradicciones en la sociedad socialista son otra cosa, pues no tienen carácter antagónico y el mismo sistema socialista puede resolverlas incesantemente".22

Por lo tanto, el imperativo es generar estructuras de gobernanza y culturas de responsabilidad política que colaboren con el sistema estatal para promover los objetivos comunes. Esto es lo que significa "democracia popular", un concepto que surgió en oposición a la "democracia burguesa". Es un sistema en el que las políticas procuran "verdaderamente reflejar las preocupaciones de la gente, personificar sus aspiraciones, promover su bienestar y cumplir su deseo de tener una vida mejor".23 Victor Gao —un abogado y erudito chino que es miembro del Comité Revolucionario del Partido Nacionalista Chino (Kuomintang), uno de los ocho partidos democráticos de China—, comparó los modelos democráticos chino y occidental con un coche. En el sistema chino —dijo—, todas las ruedas del coche se mueven en una única dirección. En otros sistemas, las ruedas del mismo coche se mueven en direcciones opuestas, lo que "deriva, no en una sinergia o coordinación y unos grandes resultados, sino en la ineficiencia, la incompetencia, la falta de logros y cero beneficios fundamentales para la gente".24 La necesidad de moverse en una misma dirección tiene consecuencias en la rendición de cuentas de los cargos públicos: los votantes no solo pueden elegir qué personas toman posesión de los cargos, sino también retirarlas del poder si no reflejan adecuadamente los intereses de la gente.25 También se anima a la población a denunciar a los cargos públicos por corrupción y mala praxis profesional y dichas denuncias tienen consecuencias reales. Entre 2012 y 2022, 4,7 millones de personas afrontaron distintas formas de castigo solo por corrupción.26 

Por lo tanto, el modelo chino de la "democracia popular de proceso completo" integra los dos principales modelos democráticos: la democracia electoral y la democracia consultiva. Comienza a nivel de pueblo (乡镇级), donde las comunidades eligen directamente sus respectivas asambleas populares municipales. En este nivel, la participación también está garantizada por parte de los comités autónomos de aldea mediante elecciones directas y consultas locales a través de reuniones y foros. Las elecciones en el nivel básico representan la forma más amplia y dinámica de democracia en China; incluyen la elección de los comités de aldea, de los comités de barrio en las zonas urbanas y de las asambleas de trabajadores y trabajadoras en las empresas y las instituciones públicas. Esto es significativo porque China sigue estando muy descentralizada. Los gobiernos locales —que incluyen los niveles de provincia, prefectura, condado, pueblo y aldea— constituyen el 50 por ciento de los ingresos del Gobierno y representan casi el 85 por ciento de los gastos. El Gobierno central de China solo es responsable del 15 por ciento del gasto total del Gobierno —el gasto medio es del 66 por ciento—.27

A nivel de condado (县级), hay asambleas populares de condado que cuentan con el apoyo de los comités de condado de la CCPPCh; comités especializados en agricultura, industria, educación y otros sectores; y audiencias públicas sobre los asuntos más importantes. A nivel de prefectura o ciudad (地市级), hay asambleas populares prefecturales con sus comités permanentes; comités prefecturales de la CCPPCh; mecanismos de consulta sobre un sector determinado; y una amplia participación pública en la planificación y el desarrollo urbanísticos. A nivel de provincia (省级), hay congresos populares provinciales con sus comités permanentes, comités provinciales de la CCPPCh; mecanismos de coordinación interregional; y procesos de consulta sobre políticas concretas con instituciones académicas y laboratorios de ideas. Una vez que la gente elige a los diputados de los niveles de pueblo y condado, esos diputados eligen, a su vez, a los diputados de los niveles superiores de la Administración.

La autogobernanza a nivel comunitario de China opera a través de cinco dimensiones interconectadas de democracia que crean un sistema integral de participación y control locales. La elección democrática constituye el fundamento del sistema a través de las elecciones desde las bases hasta los comités de aldea, los comités de barrio en las zonas urbanas y las asambleas de trabajadores y trabajadoras en las empresas e instituciones públicas, donde se elige simultáneamente a los dirigentes y a los miembros de los comités junto con los cargos de los niveles de pueblo y condado. La consulta democrática abarca distintos canales, que incluyen propuestas, conferencias, debates, seminarios, audiencias, evaluaciones, plataformas de internet y encuestas de opinión, lo que les permite a las comunidades abordar cuestiones que afectan los intereses vitales de la población, en particular los relacionados con los derechos de grupos concretos. La toma democrática de decisiones se da a través de diversos formatos de reunión entre los habitantes de las aldeas y los barrios y sus representantes, donde se habla de problemas económicos y sociales, infraestructuras, gestión social, servicios culturales, conservación del medio ambiente, normativas de autogobierno y otras cuestiones clave locales, donde la vecindad participa tanto en la toma de decisiones como en su implantación. La gestión democrática autoriza a las comunidades urbanas y rurales a establecer normas y convenciones propias que rijan los derechos y los deberes de sus habitantes, los procedimientos organizativos, los principios económicos colectivos, la seguridad vecinal, la seguridad pública, el saneamiento, las costumbres matrimoniales, la planificación familiar y las actividades culturales, donde las comunidades gestionan sus propios negociados y servicios públicos bajo los marcos constitucionales y legales. Por último, la supervisión democrática permite que la ciudadanía, las personas jurídicas y las organizaciones supervisen el rendimiento del personal y de los órganos del Estado, a través de solicitudes de revisión, recursos contenciosos y reclamaciones por la vía administrativa ante los organismos de supervisión, con respecto a casos de mala praxis, negligencia, abuso de poder o quebrantamiento de la ética profesional, lo que crea mecanismos de rendición de cuentas que cierran el círculo de la gobernanza democrática desde las bases.28 Cada uno de estos niveles quedó reflejado en el proceso integral de consulta que transformó la aldea de Minzhu en Chongqing. 

A nivel nacional, estos procesos convergen en la Asamblea Popular Nacional (APN) y el Comité Nacional de la CCPPCh, junto con los mecanismos de consulta al Consejo de Estado y los procesos de consulta sobre las políticas del Gobierno central. La ANP funciona como máximo órgano de poder estatal de China, cuyos delegados se eligen mediante un sistema de elección indirecta a distintos niveles que comienza con la elección de los cargos públicos del nivel del pueblo. En 2023, la APN tenía 2977 miembros, que incluían a los representantes de los 56 grupos étnicos, las minorías suponían el 14,85 por ciento del total (en este sentido, las minorías —que constituyen alrededor del 10 por ciento de la población de China— tienen una representación por encima de la media en el Gobierno). El 16,69 por ciento de los miembros de la ANP representaba a la primera línea del proletariado y el campesinado, que incluía a los 56 representantes de los trabajadores y trabajadoras emigrados. Los cuadros del partido y del Gobierno representaban el 32,55 por ciento del total, una cifra que ha ido disminuyendo lentamente a medida que más personas trabajadoras, campesinas y expertas entran en la asamblea.29 La ANP se reúne anualmente y tiene un comité permanente que ejerce el poder entre sesiones. La CCPPCh opera en paralelo al sistema de la ANP desde el nivel nacional hasta el local. Incluye a los representantes de los ocho partidos democráticos de China, de las minorías étnicas, de los grupos religiosos, de Hong Kong, Macao y la región de Taiwán y de la población china que vive en el extranjero, así como a figuras destacadas de diversos sectores. Funciona como un órgano consultivo en favor del diálogo político y del consenso.

Cada uno de estos niveles de toma de decisiones institucionales refleja la evolución del proceso de la "línea de masas", donde las ideas, las políticas y las denuncias se filtran hacia arriba desde las comunidades hasta el nivel nacional y, después, se aplican hacia abajo durante el proceso de implantación —el proceso que redefine y conforma las herramientas que han generado mejoras sin precedentes en las vidas de las personas—.

La percepción de la democracia en China

La visión de conjunto del sistema de la "democracia popular de proceso completo" desafía el discurso imperante en el pensamiento académico occidental, que interpreta el sistema político de China a través de marcos de ilegitimidad autoritaria y pone al Estado chino como dependiente básicamente de los mecanismos coercitivos para existir. En cambio, el proceso democrático chino alberga en su interior una rica variedad de instituciones y prácticas que, tomadas todas juntas, posibilitan una participación popular cada vez mayor en la gobernanza del país.

Igual de importante es la cuestión de cómo el propio pueblo chino percibe su modelo democrático. En este sentido, los datos de encuestas exhaustivas sobre la percepción en China de la democracia —incluso las de instituciones liberales occidentales consolidadas— no solo revelan que la población china está abrumadoramente satisfecha con el trabajo de sus gobiernos, tanto central como provinciales, sino también que la gran mayoría del pueblo chino considera que estos gobiernan de forma democrática y al servicio de la ciudadanía.

A continuación, presentamos los datos de algunos de los estudios más importantes. En primer lugar, el Ash Center for Democratic Governance and Innovation (Centro Ash para la Gobernanza y la Innovación Democráticas) de la Universidad de Harvard ha realizado lo que constituye la mayor evaluación independiente de la satisfacción de la ciudadanía china con el rendimiento de su gobierno, al rastrear las actitudes de la población desde 2003. Su informe de 2020, Understanding CCP [sic] Resilience: Surveying Chinese Public Opinion Through Time ("La resiliencia del PCCh: un sondeo de la opinión pública china a lo largo del tiempo para entender el porqué"), reveló un apoyo popular generalizado al gobierno chino en todos los niveles. Los autores del estudio, que trabajaron con un marco analítico que presumía de inicio que el carácter autoritario de China generaría una crisis de legitimidad, documentaron en cambio un incremento constante de la satisfacción ciudadana. Para 2016, el Gobierno central alcanzó una aprobación del 93 por ciento y los gobiernos provinciales mantuvieron una tasa de apoyo del 82 por ciento —con incrementos constantes a lo largo del tiempo. Resulta significativo que la investigación identificara que las poblaciones marginadas de las regiones económicamente desfavorecidas del interior registren un incremento de la satisfacción comparativamente más alto, lo que sugiere, en sintonía con las ideas de China sobre la función de la "democracia popular de proceso completo", que la capacidad de reacción del Estado ante las condiciones materiales constituye uno de los mecanismos clave de su legitimidad.30

Los autores resumen los resultados de la siguiente manera: "Descubrimos que, desde que comenzó el sondeo en 2003, la satisfacción de la ciudadanía china para con el Gobierno se ha incrementado virtualmente de manera generalizada. Desde el impacto de las políticas nacionales de amplio alcance hasta la conducta concreta de los cargos públicos de un pueblo, la ciudadanía china considera al gobierno más competente y efectivo que nunca. De hecho, resulta curioso que los grupos más marginados de las regiones más pobres del interior sean, en términos relativos, más propensos a reconocer un incremento de la satisfacción. Lo segundo es que las actitudes de la ciudadanía china parecen responder (tanto positiva como negativamente) a los cambios reales en su bienestar material".31

Estos resultados son congruentes con los del barómetro asiático (ABS, por sus siglas en inglés), que develaron en 2015 que el 87 por ciento de las personas encuestadas en China tenían "mucha" o "bastante" confianza en el gobierno nacional. También son congruentes con la encuesta mundial de valores (EMV), que demuestra constantemente que más del 90 por ciento de la población de China afirma tener "mucha" o "bastante" confianza en el gobierno nacional. En la oleada de 2018, la confianza llegó al  95 por ciento, una de las cifras más altas del mundo.  

Para completar estos resultados, la Alianza de las Democracias (AoD, por sus siglas en inglés), que fundaron los antiguos dirigentes de la OTAN junto a representantes de la administración del Estado danés, elabora desde 2019 los informes anuales del índice de percepción de la democracia (DPI, por sus siglas en inglés). En colaboración con la empresa alemana Latana, que realiza estudios de mercado, la AoD aplica metodologías expresamente diseñadas para mitigar los problemas relacionados con el sesgo y la autocensura en las respuestas. Los resultados de 2024 revelan que el 92 por ciento de la población china encuestada considera la democracia importante, el 79 por ciento califica su país de democrático y el 91 por ciento considera que su Gobierno está al servicio de los amplios intereses populares, no de un electorado elitista —cada una de estas cifras fue más alta que en casi cualquier otro país del mundo y muchísimo más alta que en el caso de las personas encuestadas en los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, conocidas como las democracias liberales tradicionales. 32

El estudio de la AoD también evalúa la percepción que tiene la gente acerca de la libertad de expresión y de la celebración de elecciones libres y justas. En este easpecto, China también supera a los Estados Unidos y a la mayoría de países europeos. Ante la afirmación "Todo el mundo en mi país puede expresar libremente su opinión sobre temas políticos y sociales", solo el 18 por ciento de la población de China no estuvo de acuerdo (comparado con el 27 por ciento de la de los Estados Unidos). Ante la afirmación "A los dirigentes políticos de mi país se les elige en unas elecciones libres y justas", solo el 5 por ciento de China no estuvo de acuerdo (comparado con el 27 por ciento de los Estados Unidos).

Por último, un estudio reciente publicado en la revista Political Psychology le preguntaba a la gente de 32 países si creía que su sistema era justo e imparcial.33 Se utilizaron las siguientes preguntas: "En general, creo que la sociedad es justa"; "En general, el sistema político de mi país funciona como debería"; "Todo el mundo en mi país tiene bastantes oportunidades de tener dinero y ser feliz"; y "La sociedad de mi país está organizada de tal modo que la gente suele conseguir lo que se merece". Los resultados muestran que el promedio de respuesta en la mayoría de los países es "algo en desacuerdo" o "neutral". Solo hay un país donde el promedio de respuesta está en el rango de "algo de acuerdo" y ese país es China. Dicho de otro modo, la población de China es más propensa a confirmar que su sistema es justo e imparcialque en cualquier otro país de la muestra.

Todos estos resultados son extraordinarios. Algunos escépticos han cuestionado los datos, al afirmar que las personas encuestadas podrían exagerar el apoyo a su gobierno si viven en un sistema donde probablemente sufran represión por expresar disenso político. Esto se conoce como "falsear estratégicamente la información". Pero el hecho de que, en todos estos estudios, aparezcan puntuaciones bajas en los países conocidos por su represión política sugiere que no es el caso. De todas maneras, esta cuestión se ha analizado de forma extensa en la literatura académica sobre China. Los investigadores han llevado a cabo diversos estudios utilizando métodos expresamente diseñados para evitar que se falsee estratégicamente la información —como experimentos de listas y pruebas de asociación implícita—. Una y otra vez, estos estudios confirman que el grado de apoyo de la población de China a su gobierno y a su sistema político‑económico es muy elevado.34

Estos resultados empíricos suponen un gran desafío a los marcos analíticos liberales utilizados para evaluar la legitimidad política. Las tasas de aprobación constantemente altas y documentadas en una importante cantidad de estudios independientes sugieren que la legitimidad podría derivar de la capacidad de reacción real del gobierno ante las condiciones materiales de la población más que de las formas democráticas procedimentales. Esta observación está en sintonía con los análisis históricos materialistas que le dan prioridad a la relación entre el poder del Estado, las masas populares y el desarrollo económico por encima de los mecanismos democráticos puramente procedimentales.

Piensen que, durante las dos últimas décadas, los salarios de la industria manufacturera han aumentado ocho veces en China. Los salarios de China han pasado de ser de los más bajos de Asia a ser, en la actualidad, de los más altos de todos los países en desarrollo de la región. China tiene ahora una de las esperanzas de vida más altas del mundo en vías de desarrollo. De hecho, la esperanza de vida en China es ahora cuatro veces más alta que en los Estados Unidos, según los datos del programa para el Estudio sobre la Carga Global de Enfermedades (GBDS, por sus siglas en inglés).35 Se trata de cambios históricos fundamentales cuya importancia no escapa a la población china.

Ya indicamos más arriba que el objetivo de la democracia socialista es prolongar los principios de la democracia hasta la esfera de la producción. Este trabajo nuestro se centra en los procesos políticos, por lo que queda fuera de nuestro alcance analizar si se ha alcanzado la democracia económica en China o hasta qué punto se ha alcanzado. Este es un tema que ha suscitado un considerable debate entre los socialistas, incluso dentro de la propia China. Por un lado, el control público del sector financiero y de las industrias estratégicas clave (empresas de titularidad estatal que representan casi un tercio del producto interior bruto (PIB) de China) le permite a China canalizar la inversión y la producción de acuerdo con los planes de desarrollo nacional ratificados democráticamente. Por otro lado, los críticos de izquierda señalan que la experiencia directa de gran parte del proletariado chino con el proceso laboral sigue siendo de explotación dentro de las empresas capitalistas.  

En los últimos años, parece que el PCCh ha presionado para que exista más democracia obrera dentro de las empresas. Por ejemplo, las últimas directrices requieren que las empresas que tengan empleadas a más de tres personas que sean miembros del PCCh permitan que estos trabajadores o trabajadoras estén representados en la administración de la compañía. En las próximas décadas, se irá develando qué dirección toma el PCCh sobre el asunto de la democracia económica, pero, por nuestras conversaciones con la gente china, parece evidente que, desde 2012 y sobre todo desde la XIX Asamblea Popular Nacional de 2017, el gobierno ha acelerado su avance hacia el socialismo; el objetivo oficial de China ahora es construir "un país socialista moderno que sea próspero, fuerte, democrático, civilizado y armonioso" para 2049. No son simples eslóganes, sino el reflejo de una amplia gama de políticas concretas con criterios claros para medir su éxito. Por ejemplo, el programa de reducción de la pobreza tenía como principa pilarel desarrollo de cooperativas en toda el área rural china.

En suma, el caso chino demuestra cómo las formas democráticas alternativas —que se definen en China como "democracia popular de proceso completo"— pueden generar legitimidad por sendas que no valoran las democracias liberales. El principio del centralismo democrático, combinado con la participación popular institucionalizada en los procesos de formulación de políticas, crea mecanismos que favorecen la capacidad de reacción gubernamental y que trascienden los ciclos electorales periódicos que suponen un tope al compromiso democrático en las sociedades capitalistas.

Conclusión

La transformación de la aldea de Minzhu —uno de los miles de casos que se dan por toda China— proporciona una imagen concreta de cómo la "democracia popular de proceso completo" funciona de verdad para los 1 400 millones de personas en China. Las cientas de asambleas de patio, el buzón digital para las sugerencias vecinales y el proceso de consulta integral que guió la regeneración de la aldea son un microcosmos dentro de los mecanismos más amplios con los que la democracia socialista china convierte la participación popular en mejoras materiales en las vidas de las personas. Este proceso, arraigado en más de un siglo de metodología y práctica revolucionarias, desafía las presuposiciones básicas sobre la relación entre la democracia, el desarrollo y la legitimidad política que dominan desde hace tiempo el discurso occidental —y revela la superioridad de la democracia socialista, que no solo se centra en los derechos políticos, sino también en los derechos sociales y económicos—.

El modelo chino demuestra que la democracia no tiene que limitarse al ejercicio de elecciones periódicas o a derechos procedimentales formales desvinculados de las circunstancias materiales. La "democracia popular de proceso completo" integra los mecanismos electorales y consultivos a través de distintos niveles de gobernanza, desde los comités de aldea hasta la APN, lo que genera canales para la constante participación popular en los procesos de toma de decisiones. Aún más importante, basa la legitimidad democrática en la mejora demostrable de las condiciones materiales y sociales de las personas —la supresión de la pobreza absoluta, el desarrollo de grandes infraestructuras, los avances tecnológicos y el incremento constante de los estándares de vida mediante procesos que incorporan sistemáticamente aportes y supervisión popular en la elaboración de las políticas—.

Esta interpretación de la democracia como un proceso histórico en expansión, en vez de ser un arreglo institucional estático, refleja las diferencias metodológicas grandes entre los enfoques histórico‑materialista y liberal en el análisis político. Mientras que la democracia liberal trata las formas institucionales occidentales preexistentes como si fuesen el destino final del desarrollo democrático, para la democracia socialista, la práctica democrática evoluciona constantemente en respuesta a los cambios en las condiciones materiales y las necesidades de la población. Como defiende Lin Shangli, hay una interrelación cercana entre la democracia y el desarrollo: "La democracia es tanto una condición previa a la modernización como uno de sus cometidos fundamentales; sirve tanto de instrumento de progreso como de objetivo en la carrera a la modernización".36 La experiencia china sugiere que este enfoque dialéctico —que prioriza la sustancia sobre la forma y los resultados sobre los procesos— puede que ofrezca cimientos más sólidos para una genuina soberanía popular que los sistemas que formalizan la igualdad política, mientras toleran grandes disparidades económicas y menoscaban la participacióndemocrática significativa.

Es aún más relevante la experiencia china que demuestra lo inseparable de la construcción socialista y la democracia. Como dice Victor Gao:

"Si alguien creía que China habría logrado la transformación económica completa y profunda de las cuatro últimas décadas, eliminando por completo la miseria más absoluta, y creado el mayor número de usuarios de internet y teléfonos inteligentes del mundo, con más de 150 millones de habitantes de China que viajan cada año por todo el mundo, sin democracia, sin que el pueblo chino participe activamente en el proceso de toma de decisiones, debe de haber algo incorrecto en su análisis y conclusiones".37

Las implicaciones se extienden más allá de las fronteras de China. En una época en la que las democracias liberales se enfrentan a una crisis de legitimidad cada vez mayor —el declive de la participación de los votantes; la desigualdad creciente; la disfunción institucional; el alejamiento progresivo de la población de los procesos políticos; y el desprecio a las normas democráticas liberales por parte de Estados cada vez más enredados en guerras imperialistas— el modelo chino ofrece maneras alternativas de conceptualizar la relación entre la soberanía popular y la gobernanza efectiva. Esto sugiere que la prueba definitiva de la democracia no descansa en la conformidad con arreglos institucionales particulares desarrollados en contextos históricos concretos, sino en su capacidad de activar a la gente a la hora de conformar sus condiciones de vida y sus sociedades. Por lo tanto, para comprender la "democracia popular de proceso completo", hay que sobrepasar los límites que impone la ideología liberal para participar seriamente de los enfoques socialistas sobre la organización política, para entender con ojo crítico a todas las sociedades que están lidiando con cuestiones de desarrollo y de soberanía popular en el siglo XXI.

References

01
The information here was collected during a site visit to Minzhu Village in September 2024 at the sidelines of the International Workshop on Modernization and the Responsibility of Political Parties co-hosted by the Institute of Party History and Literature of the Communist Party of China Central Committee and the Beijing office of the Rosa Luxemburg Foundation. The authors would like to express their gratitude to these institutions, as well as Jan Turowski and Wang Junyan for their support in gathering and verifying materials for this piece.
02
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Mao Zedong distinguished between contradictions between the Party and its enemies, and contradictions among the people. The former are necessarily antagonistic, and may require coercive measures. The latter are non-contradictory and require a democratic approach grounded in dialogue and consultation. This reflects the principle that, under a dictatorship of the proletariat, the state implements “democracy for the people and dictatorship over the reactionaries”. See Mao Zedong, “On the Correct Handling of Contradictions Among the People”.Source
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Chinese scholarship tends to rely heavily on quotations from Xi Jinping and earlier leaders of the CPC. It is important to note that this does not reflect, as is assumed in the West, a blind subservience to leadership. The speeches and writings of the party leadership in China are authoritative because they reflect the extensive processes of consultation and dialogue that are laid out in this essay. In other words, they represent the highest level of consensus within Chinese society and therefore carry both theoretical and empirical weight in ways that the speeches of Western leaders do not.
11
Xi Jinping, “Broad, Multilevel, and Institutionalized Consultative Democracy”, The Governance of China II.
12
Mao Zedong, “Some Questions Concerning Methods of Leadership”
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推动中华民族伟大复兴号巨轮乘风破浪、扬帆远航——党的二十大报告诞生记Source
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Lin Shangli, “Developing Whole-Process People’s Democracy to Advance Chinese Modernization”, Qiushi Journal.Source
37
"How does whole-process people's democracy work?" CGTN, November 7, 2022.
Available in
EnglishSpanishPortuguese (Brazil)GermanFrenchItalian (Standard)ArabicHindiBengaliRussian
Authors
Paweł Wargan and Jason Hickel
Translators
Eva Bruzos Bruyel, Lily Peñaranda and ProZ Pro Bono
Published
10.11.2025
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