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La guerra trajo consigo un genocidio brutal para nuestro pueblo en Gaza.
Pero también es una guerra que revela todos los significados del concepto de la lucha contra el colonialismo. Ya no caben medias tintas tras la guerra del genocidio: o estás del lado de tu pueblo, que está siendo aniquilado, o apoyas a la otra parte. Así de sencillo. No hay término medio. Podemos entrar en reflexiones filosóficas y distanciarnos de lo que está ocurriendo como parte de la esfera académica, pero, antes de tratar ese tema, permítanme detenerme en las preciadas intervenciones que mis compañeros y Fida han tenido hoy día.
Lo que quiero decir es que el genocidio lleva perpetrándose desde la creación de esta entidad. Tal y como apuntó Kamil al principio, cuando profundizamos en todo lo que lxs líderes sionistas (una extensa lista, desde Ben-Gurión hasta Sharon) han dicho sobre la guerra contra Palestina, nos encontramos con algo manifiesto en sus declaraciones: sus planes de aniquilación, especialmente la de las mujeres y niños. ¿Por qué aniquilar a sus mujeres y niños? Porque queremos acabar con su linaje. Porque el conflicto es una batalla entre el colonizador y nuestro pueblo por la supervivencia. Y esto no es algo exclusivo de Palestina. El colonizador no quiere otra cosa que borrar del mapa a los pueblos colonizados, allá donde sea.
El ataque al cuerpo palestino como organismo palestino y el ataque al útero palestino como vientre del pueblo palestino ha estado presente en la práctica cotidiana de las bandas sionistas desde sus inicios, desde 1900, y también en 1948, cuando esta entidad surgió sobre las ruinas de nuestra gente y el desplazamiento forzoso del pueblo palestino. El exterminio de nuestra población y la violación de las mujeres eran parte de su terrorismo psicológico y moral, cuyo objetivo era provocar la migración y la expulsión del pueblo palestino.
Se trata de un conflicto entre dos voluntades: la voluntad de destruir y la voluntad de vivir. Nuestra voluntad de vivir no es puramente reproductiva, sino la continuación de una historia de asesinato y genocidio que se ha perpetrado y sigue perpetrando desde el principio. La pena de muerte existe dentro y fuera del marco legal. En abril de 1984, cuatro jóvenes de la Franja de Gaza secuestraron el autobús de la línea 300 en dirección a Beerseba, al sur de Palestina. El autobús estaba rodeado. Los jóvenes tuvieron un gesto de humanidad y dejaron que una mujer embarazada descendiera del autobús, que fue quien los denunció. El autobús se dirigía a la frontera con Egipto y el objetivo era liberar a los prisioneros, obviamente.
Mientras tenía lugar el enfrentamiento para liberar a los pasajeros del autobús, las fuerzas de ocupación declararon que los combatientes de la resistencia habían muerto. Sin embargo, más tarde apareció una foto de uno de ellos, Abu Jamea, que había sido capturado. Al final, el ejército de ocupación tuvo que admitir que lo había matado con una piedra, aplastándole la cabeza mientras aún estaba vivo. En pocas palabras: fue una ejecución. En los años setenta, el ejército tomaba prisioneros y les decía que corrieran a lo largo de la costa de Gaza para que los pudieran abatir. Muchos prisioneros se salvaron de aquellas ejecuciones pidiendo auxilio a gritos a sus familias y a la gente que se encontraba cerca.
La clave de todo esto es que se trata de una lucha por la existencia y la ocupación tiene claro que en esta tierra o son ellos o somos nosotros.
Lo ocurrido el 7 de octubre fue el resultado de un proceso de concentración e intensificación de esta lucha por la existencia, que explotó de repente y derivó en una imponente escalada del genocidio, proporcional a la magnitud de la resistencia. Ahora bien, el genocidio siempre ha existido. Durante todo este tiempo, la población prisionera también ha estado siempre sometida a una ejecución lenta. La voluntad de muerte siempre estuvo ahí, con o sin un marco legal explícito. La voluntad de muerte de la ocupación se manifiesta en su deseo constante de seguir asesinándonos. En las prisiones solíamos decir que intentan machacar a la persona presa y convertirla en alguien muerto en vida. En la actualidad tenemos decenas de prisioneros mártires en cámaras frigoríficas o en tumbas numeradas. ¿Acaso no es eso una ejecución?
Ejecución por negligencia médica, por negarse a brindar tratamientos, por someter sus cuerpos a experimentos científicos, por infligir una vida brutal en los centros de detención, por dejar que las enfermedades les corroan hasta que mueren como mártires. Todas ellas son formas de ejecución. Todas ellas son genocidio. Estamos siendo testigos de un genocidio perpetuo, constante.
Este tema ha suscitado mucho interés en el ámbito académico. Por ejemplo, la doctora Nadera Shalhoub-Kevorkian siempre ha escrito sobre el tema de la muerte, sobre el desafío que supone la muerte para el pueblo palestino, sobre la muerte que la ocupación anhela y que el pueblo palestino rechaza mediante la voluntad de vivir.Uno de los redactores de Haaretz (que, obviamente, es un periódico totalmente sionista) escribió hoy día un artículo de opinión en el que afirma que cualquiera que vea las imágenes del funeral del mártir al-Haddad, el comandante de Qassam que fue asesinado hace dos días, y observe a los niños corriendo en el funeral, sabe a ciencia cierta que la ocupación ha fracasado, que Netanyahu ha sido derrotado. Y todo ello porque existe, simple y llanamente, una voluntad de vivir. Esos niños no han visto nada de la vida y no saben nada sobre el liderazgo. Lo único que han conocido es la guerra, en concreto la guerra genocida de los últimos tres años. Y, aun así, corren hacia la vida gracias a la resistencia. Esa es también una importante lección: corren hacia la vida gracias a la resistencia.
Mi compañera Fida ha hablado largo y tendido sobre las leyes, y eso es algo bueno e importante. Sin embargo, la ocupación no necesita leyes. La ocupación se dedica a eliminarnos, aniquilarnos y reemplazarnos de raíz. No nos ve. Ahora bien, después de lo ocurrido el 7 de octubre, del despertar de la más extrema de las derechas que aprovechó ese momento histórico, no solo se está legislando sobre la ejecución de muerte, sino que hoy día se está tratando de implementar decenas de leyes relacionadas con la confiscación de tierras, la construcción de asentamientos, el asesinato del pueblo palestino de Cisjordania, la privación de su libertad de expresión y su expulsión del país. Esta derecha está ahora mismo en la Knéset impulsando leyes que forman parte del genocidio. Si no es un genocidio físico, es un genocidio de la vida palestina en su conjunto.
Quienes forman parte de la academia actual deben denunciar esta política. No existe el gris: es blanco o negro. O te pones de lado de la narrativa de tu pueblo, en favor de la libertad, o te pones del lado del otro. El mundo académico nunca ha sido neutral. La «neutralidad y objetividad» que nos ha enseñado la academia occidental, cuyo modelo nos promueve, es una gran mentira. El papel del académico es respaldar las luchas de su gente, cualquiera que sea esa gente. Su pueblo, que tal vez viva bajo el yugo de un régimen corrupto. Las personas pobres, las marginadas, las mujeres. La misión de quienes forman parte del ámbito académico es apoyar las causas justas de su pueblo, su comunidad, su familia. Y en la actualidad, esta misión recae sobre la academia palestina, pero, desafortunadamente, no todas las personas que la conforman se ponen de su lado. Esto es relevante en el contexto bélico porque si queremos elaborar una narrativa palestina en primer lugar, construir y continuar la lucha para eliminar la ocupación, entonces debemos dar relevancia a todo el dolor que hemos sufrido, a todas las heridas y las tragedias que nuestro pueblo ha vivido en los últimos tres años, y así ponernos del lado de la sangre que se ha derramado. De esta forma, esa se convierte en una de nuestras misiones fundamentales en la vida. A la esfera académica le resultó fácil dedicarse a la investigación y al discurso hace tres años. En la actualidad, en cambio, se encuentra bajo examen, como todo el mundo, y en este caso no cabe decir "me basta con un 5, con aprobar". Esta es una batalla, una guerra contra la ocupación. Ese es el papel de las personas que forman parte de la academia.
En cuanto a las prisioneras específicamente, las ponemos como ejemplo, no para detallar sus condiciones, sino porque estas no son diferentes de lo que ocurre en todas las prisiones. Decimos que sus condiciones son igual de malas que en todas las prisiones porque esta ocupación, esta colonización, no hace ninguna distinción entre un hombre palestino y una mujer palestina. Y eso también es relevante. A fin de cuentas, el régimen sionista no acepta nuestra existencia y aún menos la existencia de la mujer palestina, pues lleva en su vientre el futuro de Palestina. La mujer palestina no tiene cabida en su proyecto.
Por consiguiente, huelga decir que las condiciones de las prisioneras son las mismas que las de los prisioneros: inanición, represión continuada, a veces doble, y unas condiciones durísimas. A esto se suma el aprovecharse de que pertenecemos a comunidades algo conservadoras, algo religiosas y algo patriarcales, y el régimen se sirve de esto para aumentar la opresión y represión. Layan Nasir, una prisionera liberada, relató su testimonio hace dos días y contó que los carceleros hombres entran en las celdas de las prisioneras (concretamente las prisioneras con velo) sin ninguna consideración de si se han puesto el pañuelo o si están vestidas acorde con su velo. Eso también supone un intento de subyugación y aniquilación psicológica. La represión no es solo física, también busca convertir al pueblo palestino en un pueblo despojado de voluntad. Eso es sumamente importante. «No pude matarte físicamente, así que quiero darte muerte en espíritu, matar tu moral, tu voluntad. Quiero ponerle fin a tu existencia, acabar contigo, para que no existas». Ese es el objetivo de la ocupación con sus prácticas represivas y humillantes, de las que Mohammed describió en gran parte. Le felicito por su valentía por hablar sobre ello, pues no hay muchas personas que estén dispuestas a abordar la magnitud de la represión a la que fueron sometidas en las prisiones, sobre todo en lo que a acoso sexual y violación se refiere.
Hace dos semanas, la institución Al-Dameer registró treinta y cuatro casos de acoso sexual y violación que se publicaron en un informe disponible en su propia página web. También incluye un testimonio profundamente conmovedor (preciso, desgarrador y muy doloroso para quienes lo escuchan) de la violación que sufrió el periodista Sami al-Saadi, de la ciudad de Tulkarm. Sami describió lo sucedido con todo detalle, cómo fue violado y cómo los prisioneros sufren tortura sexual en la actualidad. Al margen de si finalmente llega a producirse una violación o no, el patrón de la tortura misma tiene como objetivo los órganos sensibles y ataca la identidad sexual al completo en el contexto carcelario.
Solo quiero decir lo siguiente: estos testimonios son prueba de la voluntad de vivir.
Abordar cómo el pueblo palestino puede desarrollar formas de resistencia que puedan protegerlo, no como víctima sino como sujeto político y epistémico, es un asunto peliagudo y conlleva un debate complejo. Supone reconstruir toda la lucha a la luz de lo ocurrido en los últimos tres años. Se trata de una tarea descomunal que incumbe a todas las personas, sin excepción. No basta con redactar un proyecto rápido para el trabajo. Requiere reflexionar sobre lo sucedido, extraer lecciones significativas e idear mecanismos que encajen en el marco de todos los cambios y transformaciones que han tenido lugar.En la historia de la humanidad, la voluntad de los pueblos sigue viva, sin importar los mecanismos de represión, subyugación, aniquilación, limpieza racial y étnica que las fuerzas ocupantes y colonizadoras utilicen, y esa voluntad es la que triunfa finalmente. Así es como funciona. No importa cuánto dure esta lucha, venceremos y lograremos ser libres.
Rola Abu Dahou es una ex prisionera, investigadora y profesora de estudios feministas en la Universidad de Birzeit. Abu Dahou emplaza los acontecimientos actuales en el marco de una historia más amplia de violencia colonialista, y sostiene que el ataque contra los cuerpos palestinos (especialmente los de las mujeres) siempre ha sido una pieza clave en los proyectos de eliminación y expulsión. Reflexiona sobre la responsabilidad del mundo académico palestino a la hora de documentar la realidad, producir narrativas liberadoras y resistir a la normalización de la violencia colonial.
