Nota editorial: Tras la agresión continua de Estados Unidos a Venezuela, tanto los ataques como el secuestro del presidente, La Agencia vuelve a publicar el discurso de Manuel Maldonado-Denis —una reacción directa a la intervención estadounidense durante la era Reagan— como una nueva convocatoria a la unidad regional contra el imperialismo y hace hincapié en la liberación para la soberanía colectiva de “nuestra América”.
“Las luchas por la independencia nacional de los pueblos de nuestra América siempre han sido movimientos de oposición antiimperialistas, desde la época de Tupac Amaru hasta nuestros días”.
Del 4 al 7 de septiembre de 1981, voces de la literatura, la poesía y del ámbito académico se dieron cita en La Habana, Cuba, para la primera Conferencia de intelectuales latinoamericanos y caribeños por la soberanía de los pueblos de nuestra América*,* the first Conference of Latin American and Caribbean Intellectuals for the Sovereignty of the Peoples of Our America. Organizada por la Casa de las Américas, el encuentro reunió a toda la región que aportaron una amplia diversidad de posiciones ideológicas y políticas. No obstante, todos ellos coincidieron en una cosa: la amenaza que representaban Ronald Reagan y Estados Unidos para la paz, la seguridad y la soberanía de las Américas. De hecho, en la introducción de Nuestra América: en lucha por su verdadera independencia, en la publicación impresa de las actas de la conferencia, los editores señalaron la inusual urgencia política que marcó el clima del encuentro. Pero también indicaron lo que el periodista, novelista y poeta uruguayo Mario Benedetti describió como “unidad sin precedentes” de los participantes al encuentro frente a la amenaza impulsada por Reagan. Los editores continuaron:“…con la bomba de neutrones, con la escalada belicista de la carrera armamentística, con la insistencia en avivar la Guerra Fría, con el odio al socialismo a la causa de la liberación nacional y las agresiones frecuentes contra países que luchan por su plena independencia, Ronald Reagan contribuyó sin quererlo, a que los participantes del encuentro comprendieron que, aunque la agresividad del imperialismo estadounidense revela más debilidad que fortaleza, no deja de ser un enemigo poderoso que está infringiendo los derechos fundamentales de nuestro pueblo, al que debemos enfrentarnos con contundencia y utilizar todos los recursos a nuestro alcance para combatirlo”.
En definitiva, Ronald Reagan no solo desenmascaró el verdadero rostro del imperialismo estadounidense, sino que también puso de manifiesto sus debilidades y vulnerabilidades inherentes.
Una de las aportaciones más notables y conmovedoras al congreso fue el discurso del politólogo puertorriqueño Manuel Maldonado-Denis (1933-1992). Publicada en español por la editorial Nuestra América en el ensayo La liberación nacional: imperativo categórico de Nuestra América, apareció en 1982 en inglés en la revista Tricontinental, con sede en La Habana, bajo el título National Liberation: Categorical Imperative for the Peoples of Our America.
El ensayo de Denis recogió el espíritu combativo del congreso de La Habana. El autor invoca la larga historia de resistencia indígena y africana en las Américas, y las luchas de las clases campesinas y trabajadoras por la libertad. También nos recuerda las principales tareas de la liberación nacional: “a) La lucha por la independencia nacional; b) La lucha contra otras formas sutiles, y no tan sutiles, de colonización que continúan incluso después de haber conquistado la independencia nacional; c) La lucha por la independencia económica, es decir, la lucha por recuperar para el uso y disfrute de la nación y de todos aquellos medios de producción que permanecen en manos privadas; y d) La socialización de estos medios de producción y el proceso de construcción del socialismo”.
Es importante destacar que, para Maldonado-Denis, la liberación nacional solo puede lograrse si se establece la unidad regional para la defensa. No sería extraño que Donald Trump, al igual que lo hizo antes Reagan, continúe con la violencia desenfrenada del imperialismo estadounidense en la región y haga todo lo que esté a su alcance para fomentar la división y la desconfianza entre las naciones y los pueblos de nuestras Américas; hace tiempo que deberían haberse dado cuenta de que tenían intereses mutuos para unirse y luchar contra el monstruo.
A continuación, reproducimos el ensayo de Manuel Maldonado-Denis, La liberación nacional: imperativo categórico para los pueblos de nuestras Américas.
Cuando Emmanuel Kant, el filósofo idealista, se propuso explicar la esencia de la obligación moral de cada persona hacia el resto de la humanidad, la definió de este modo: “Obra siempre de tal modo que el principio de tu conducta pueda convertirse en una regla universal”. Este imperativo categórico, como lo denomina el filósofo de Königsberg, se hizo eco en la célebre advertencia de José Martí en el siglo XIX: “Todo hombre verdadero debe sentir en su propia mejilla el golpe dado a la mejilla de cualquier otro hombre”. De esa idea surge una responsabilidad común: la solidaridad humana exige combatir la injusticia y la opresión dondequiera que surjan.
Esto es válido tanto para los individuos como para los pueblos. Por eso Martí nos dice en el Manifiesto de Montecristi: “Es conmovedor y un honor pensar que cuando un combatiente por la independencia cae en suelo cubano, tal vez abandonado por los incautos de las naciones indiferentes por las que se sacrificó, lo hace por el bien mayor de la humanidad, por la afirmación de la república moral en América y por la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetables puedan desplegar la riqueza que, al circular, debe recaer en la encrucijada del mundo”. ¿Se puede imaginar una expresión mejor o más completa de este espíritu internacionalista, que guio a Martí y sigue inspirando a quienes ven la gesta contra el imperialismo como algo que trasciende claramente las fronteras nacionales y se establece en el centro del combate contra la injusticia y la opresión, ya sea en Palestina o Sudáfrica, El Salvador o Puerto Rico? Un imperativo categórico es un mandato, una declaración específica que exige el cumplimiento del deber de solidaridad universal. Esta obligación, hoy en día, significa, a nivel colectivo, luchar por la independencia y la liberación nacional de las naciones del mundo.
Concretamente, en Nuestra América significa apoyar las luchas de todas las naciones contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo. O, siguiendo la línea de pensamiento del incomparable libertador cubano, consiste en luchar sin descanso, con todos los medios a nuestro alcance, por la primera y la segunda independencia de todos nuestros países, víctimas perennes de la dominación y la explotación imperialistas.
La historia de Nuestra América posee una riqueza singular en su lucha por la liberación. Afortunadamente, las nuevas generaciones de especialistas en historia y sociología de América Latina han asumido la labor de rescatar estas movilizaciones sociales del pasado sepultado al que fueron relegadas por versiones oficiales de la historia, moldeadas según las ideas de las clases dominantes latinoamericanas. Las contiendas contra la opresión, desde el levantamiento de las poblaciones indígenas originales hasta las de la esclavitud negra, desde Túpac Amaru hasta Macandál, son capítulos gloriosos en la historia de nuestra gente. Las masas populares, la clase trabajadora, esta población “sin historia”, están ahora al frente de los procesos históricos actuales. En este contexto podemos ver a quienes abrazaron la causa de estas personas, quienes lucharon contra la opresión y el saqueo. Podemos poner en el contexto adecuado acontecimientos como la Revolución Haitiana del siglo XIX y la Revolución Cubana del siglo XX, la reciente Revolución Sandinista y la gloriosa lucha que libra actualmente la nación salvadoreña. Nuestra juventud puede identificarse con figuras de la talla de Toussaint L’Ouverture, Simón Bolívar, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, José Martí, Augusto César Sandino, Agustín Farabundo Martí, Julio Antonio Mella y Pedro Albizu Campos, Ernesto Guevara o Salvador Allende; en definitiva, con todas las personas que encarnaron, de palabra y de obra, las esperanzas y deseos de las poblaciones de Nuestra América. Sin excluir, por supuesto, a quienes desde el anonimato resisten y batallan cada día, en todos los frentes, contra los intentos de negar a nuestras comunidades populares su derecho inalienable a una vida digna dentro de sus sociedades.
El concepto de liberación nacional requiere un estudio exhaustivo y minucioso que no podemos proporcionar en este breve artículo. Pero si tuviéramos que definir sus líneas generales, podríamos enumerar las siguientes: a) La lucha por la independencia nacional; b) La lucha contra otras formas sutiles, y no tan sutiles, de dominación que continúan incluso después de haber conquistado la independencia nacional; c) La lucha por la independencia económica, es decir, la lucha por recuperar para el uso y disfrute de la nación todos aquellos medios de producción que permanecen en manos privadas; d) La socialización de estos medios de producción y el proceso de construir el socialismo. Todos estos pasos deben darse para el pleno desarrollo del proceso de liberación nacional que, como se puede ver, debe culminar con el socialismo.
Si analizamos en detalle los altibajos de estos procesos, veremos que difícilmente han seguido una trayectoria lineal; más bien, cada proceso en sí mismo ha estado marcado por avances y retrocesos. Sin embargo, una cosa es evidente. La contienda del pueblo por la liberación se puede frenar de forma temporal; incluso se puede reprimir durante períodos relativamente largos mediante el uso de la represión sistemática contra los sectores populares, pero nunca la podrán destruir por completo. Como se ha demostrado ampliamente en los países del Cono Sur y América Central, se recurre a métodos fascistas cuando el sistema de dominación imperialista se ve amenazado.
Ahora examinaremos más detenidamente cada uno de los aspectos de la lucha de liberación nacional antes mencionados.
En primer lugar, es evidente que para que una nación ejerza su soberanía debe tener independencia nacional. Desde que Jean Bodin definió el concepto de soberanía en el siglo XVI, este ha significado el ejercicio de la autoridad suprema dentro de un territorio específico. Para que este concepto no sea solo jurídico, sino real, la población debe ser la fuente básica de esa soberanía. Por lo tanto, el colonialismo, al colocar la fuente del poder en manos de otro país, niega el principio de soberanía. La independencia nacional, por lo tanto, es la libertad básica del conjunto de la sociedad porque les otorga el poder de ejercer la soberanía sobre un territorio específico. Es sabido por todos que la autoridad suprema se puede vulnerar, incluso después de alcanzar la independencia nacional. Pero precisamente por eso la lucha de los países por la autonomía nacional debe ser un ataque frontal al imperialismo, enemigo mortal de la liberación de los territorios de la comunidad global. Quienes no perciben que el imperialismo es un sistema de hegemonía mundial; quienes no comprenden que este sistema, tal y como Lenin afirmó de forma acertada, constituye la etapa más alta del capitalismo en su fase monopolista; quienes no comprenden que los países socialistas no han participado en el saqueo de los recursos naturales y humanos de las naciones que han sido y siguen siendo víctimas del colonialismo y el neocolonialismo, sino que, por el contrario, han contribuido a su la lucha contra el subdesarrollo, se equivocan gravemente en su mirada histórica, como ha señalado Fidel Castro en numerosas ocasiones. Las luchas por la independencia nacional de los países de Nuestra América han sido al mismo tiempo luchas antiimperialistas, desde Túpac Amaru hasta nuestros días.
Pero la independencia nacional es solo un hito —muy importante, sin duda— en el proceso de liberación nacional. Una vez alcanzada, surge el problema de las relaciones de dependencia que se niegan a desaparecer y continúan reproduciéndose bajo la nueva condición soberana. Estos lazos de subordinación tienen profundas raíces económicas, sociales, políticas y culturales. Cuando los países alcanzan la autodeterminación bajo el sistema del capitalismo dependiente — como suele ser el caso —, la autonomía, que se ganó con tanto esfuerzo, parece prácticamente anulada, dados los factores persistentes que tienden a perpetuar el desarrollo desigual y el atraso económico. Como demuestran los infructuosos esfuerzos por crear un nuevo orden económico internacional y el fracaso del exagerado diálogo Norte-Sur, los países capitalistas no están dispuestos a renunciar a los privilegios y prerrogativas que obtienen del intercambio desigual entre recursos naturales y productos manufacturados. Los intentos de los países exportadores de materias primas por ejercer la soberanía sobre estos recursos se han topado con la hostilidad abierta de los importadores. A pesar de ello, no hay que olvidar que la exigencia del pleno ejercicio de la soberanía de los pueblos sobre sus recursos naturales la planteo el general Lázaro Cárdenas en México y que con sus acciones se puso en marcha un proceso irreversible, al refutar la ya desacreditada idea de que nuestros países son incapaces de administrar de forma eficiente lo que por derecho les pertenece.
Por lo tanto, si no hay lucha por la independencia económica, la autonomía nacional corre el riesgo de convertirse en un mero ejercicio nominal de la soberanía. Martí nos advirtió en el siglo XIX sobre el tigre que acecha a nuestros países incluso después de haber alcanzado la plena autoridad. Es necesario estar alerta contra ese tigre porque siempre regresa por la noche para poner en peligro los logros de la gente. Martí se refería, huelga decirlo, al imperialismo que tan bien conocía de primera mano; por ello advirtió a las poblaciones de Nuestra América que lucharan con determinación por la segunda independencia, que solo podría lograrse mediante un ataque frontal contra el “norte violento y brutal que nos desprecia”. La economía autosostenida es un requisito para el ejercicio real de la soberanía; es la exigencia ciudadana de no estar sujeta a las condiciones impuestas por las corporaciones transnacionales, de que sus recursos naturales y humanos no estén subordinados al capital industrial y financiero internacional, y de que sus territorios no se llenen de bases militares y navales que menoscaben la soberanía de la población local. En referencia a este último punto, tenemos la situación de la base de Guantánamo en Cuba, que sigue siendo un insulto flagrante a nuestros pueblos.
De lo dicho hasta ahora, deducimos que el conflicto entre naciones en defensa de la autodeterminación plena debe conducir con la socialización de los principales medios de producción y a un proceso hacia el socialismo. Por supuesto, esto no es tarea fácil. Las rotundas victorias de Cuba, Vietnam y Angola —por citar solo tres ejemplos— han provocado un mecanismo revanchista en los círculos gobernantes occidentales, una dinámica cuya expresión política actual es la llegada al poder de la administración Reagan.
En el contexto político vigente, la independencia y la soberanía nacionales de todos los países del mundo se ven amenazadas por el ascenso al poder del sector más recalcitrante y militarista de la clase dominante estadounidense. En el Caribe, Nicaragua y Granada se enfrentan a diario a las amenazas de intervención que forman parte desde hace tiempo de la historia de nuestra gente bajo la hegemonía estadounidense. La Cuba revolucionaria se enfrenta a nuevas agresiones del imperialismo estadounidense. Lo único que puede detener este poder, la única fuerza capaz de contrarrestar su desmesurada ambición de dominación mundial, es la existencia del mundo socialista, que se ha enfrentado a la arrogancia propia de la república imperial de los Estados Unidos desde sus inicios.
El imperialismo, como sistema mundial de dominación, solo puede convivir con la independencia nacional si esta no se utiliza para desafiar las relaciones de producción capitalistas. El proceso hacia la autosuficiencia económica ya es un motivo de irritación en los vínculos del imperialismo con los estados soberanos, pero siempre existe la posibilidad de crear nuevas relaciones comerciales e industriales que burlen o hagan inoperantes los procesos de socialización de la riqueza social. Sin embargo, el capitalismo no puede coexistir con la transición hacia el socialismo, que pone en peligro su dominación sobre las vidas y la riqueza de las formaciones sociales del “Tercer Mundo”. Ni siquiera la creación de estructuras como el poder popular es aceptable para las clases dominantes. No permitirán niños rebeldes: el imperio exige sumisión total y, de no obtenerla, recurre a la guerra; una contienda que comienza como una agresión económica pero que, con la amplia gama de recursos a su disposición, puede llegar incluso a la batalla química y biológica.
Es en este contexto en el que los países luchan por su soberanía, es decir, por el control total de las naciones, incluye el subsuelo y las aguas territoriales circundantes, la fauna y la flora, los recursos hídricos, etc. Un autogobierno que no puede ejercerse de forma plena a menos que el poder real esté en manos de la clase social que produce la riqueza social, la clase que, junto con los recursos naturales que son patrimonio de la humanidad, representa la más importante de las fuerzas productivas materiales: la clase trabajadora.
Es precisamente la clase obrera, junto con los campesinos y los demás sectores populares, la que está llamada a desempeñar el papel histórico de protagonista de la lucha por la liberación nacional y el socialismo, que es el único camino para conquistar la soberanía de nuestra población.
Cuando nuestras primeras figuras libertadoras lucharon contra el imperio español en desintegración, su principal preocupación era acabar con el horrible sistema de opresión que impedía, con su mecanismo de ralentización, el pleno desarrollo moral y material de nuestras poblaciones. En las Antillas, por ejemplo, esta gran lucha se libró no solo para alcanzar la independencia nacional, sino también para acabar con la esclavitud negra. En este sentido, las tres grandes figuras antillanas del siglo XIX —Hostos, Betances y Martí— no solo fueron agentes de la revolución, que lucharon por romper los lazos coloniales con España, sino que tampoco podían imaginar ni por un momento que la esclavitud negra fuera tolerada en las nuevas repúblicas. Lucharon por una revolución política y también social. Para entonces, Karl Marx ya había escrito el primer volumen de El capital y fundado la Asociación Internacional de Trabajadores. Pero el socialismo, como visión histórica válida para la Europa de la época, no aparecía, ni podía manifestarse, en la perspectiva política de estas grandes figuras revolucionarias antillanas.
La contienda por la liberación de las Antillas comenzó al mismo tiempo que la vertiginosa carrera imperialista por las colonias, en la que más de dos tercios de la población mundial cayeron víctimas de la expansión capitalista. Marx, que murió en 1883, ya había comenzado a analizar este proceso, pero habría que esperar a V.I. Lenin y su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo para obtener una descripción más completa. Aunque Martí, incluso antes que Lenin, había dado una brillante descripción de este fenómeno que no dudó en llamar imperialismo, fue sin duda Lenin quien basó su análisis en el materialismo histórico y delineó el papel histórico de los movimientos de liberación nacional en la resistencia contra el imperialismo. Así se sentaron las bases para que los anticolonialistas y antiimperialistas se sumaran al conflicto por la liberación nacional y el socialismo. ¡Qué mejor ejemplo de esto que la vida y obra de la gran figura revolucionaria y líder popular llamada Ho Chi Minh!
Por lo tanto, el espíritu revolucionario latinoamericano, en la medida en que ha sido consistentemente antiimperialista, va perfectamente de la mano con la lucha actual de los países por ejercer su soberanía y por su liberación nacional. En el centenario del Grito de Yara, Fidel Castro afirmó, refiriéndose a quienes lideraron las revueltas del siglo XIX, que si vivieran hoy serían como nosotros, y que si lo hubiésemos hecho entonces, habríamos sido como ellos. Debemos aceptar este reto si tenemos la determinación de enfrentarnos al enemigo más poderoso en la historia de la humanidad.
Una última reflexión. La liberación nacional de los países de lo que Martí llamó Nuestra América nunca podrá completarse hasta que todos las naciones que Bolívar incluyó en su visión liberadora se hayan independizado. Yo provengo de una colonia estadounidense que es uno de los eslabones más fuertes de la cadena de dominación en el Caribe. Nada menos que el comandante Ernesto Guevara afirmó que el antiimperialismo de cada uno se podía medir por el grado de solidaridad con Puerto Rico. Durante más de un siglo, nuestra gente ha librado una lucha por la soberanía y la liberación nacional. Diferentes razones históricas han impedido hasta ahora escribir este último verso del poema de Bolívar. Pero mientras Puerto Rico no haya alcanzado su pleno autogobierno e independencia, la soberanía de todas las naciones de Nuestra América estará en peligro. Por lo tanto, en conclusión, manifestamos que la liberación nacional de Puerto Rico es un imperativo categórico que exige la solidaridad militante de todas las personas del mundo.
Manuel Maldonado-Denis, «Liberación nacional: imperativo categórico para los pueblos de Nuestra América», Tricontinental 82 (1982), 8-15.
